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Continuando con las deliciosas historias de la Revista Selecciones de 1940, ahora transcribo un capítulo especial sobre curiosidades:
Morgan y el jefe de la estación.-
Morgan, el poderoso magnate de las finanzas pasaba una temporada de descanso en cierto apartado lugar del montañoso Adirondack, cuando tuvo urgente necesidad de trasladarse sin pérdida de minuto a sus oficinas de Nueva York. Hizo telegrafiar al Presidente de la Compañía de Ferrocarriles para que ordenase que el tren de las 10 y 24 parase en la terminal de Paul Smith. Cuando el potentado llegó a la estación, se encontraba el jefe de ésta, un rudo y genuino hijo de aquellas agrestes tierras, inclinado sobre unas hojas en que trazaba y compulsaba cachazudamente números y más números.
- “¿Ha recibido usted ya la orden de hacer la señal de parada al tren de las 10 y 24?-, inquirió el multimillonario.
- “No señor, no he recibido ninguna- respondió el jefe de la estación sin dignarse levantar la vista de sus guarismos.
- “¿Quiere usted decir que no va a hacer la señal de parada de ese tren?”
- “He dicho que no, a no ser que reciba la orden de hacerlo, ¿le quedó claro?”
Morgan se precipitó al andén y, ni corto ni perezoso, echó mano de una banderola roja y la empuñó dando muestras de gran irritación. En esto oyó el silbato de una locomotora, el banquero tremoló su trapo escarlata y el tren se detuvo.
- “Ya sabrá usted de mi, señor mío”, -bramó furioso Morgan al subir al tren.
- “No se dispare de ese modo, -continuó con tranquila sorna el jefecillo imperturbable-, el tren de las 10 y 24 para aquí siempre”
¡Qué tal este empleado!
Cierto neoyorquino que, en unión de otros turistas, recorría los talleras de la fábrica de la Ford se quedó algo rezagado y se encontró de frente con el propio Henry Ford, quien apuntando con el dedo a un automóvil ya terminado, le dijo:
- “Joven, ¿ve usted ese coche? Pues consta exactamente de 4819 piezas”
Maravillado de la capacidad del detalle y la competencia que las palabras del gran industrial revelaban, el neoyorquino, como quien no quiere la cosa, le preguntó a uno de los ingenieros de la fábrica si era cierto que los coches del modelo tal se componían exactamente de 4819 piezas.
- “No lo sé, y me felicito de no saberlo –respondió el empleado-. Mi tiempo es demasiado valioso para malgastarlo en averiguar cosas tan estúpidas copo esa”. ¡Qué tal!
Un espartano moderno.-
Siendo estudiante de medicina y me encontraba en un hospital, la hija única del Dr. Walker, profesor de nuestra Facultad de Medicina, sufrió un violento ataque de apendicitis. El Dr. Manifestó el propósito de operar a su propia hija en presencia de sus alumnos. Me tocó actuar de anestesista y, cuando la intervención iba tocando a su fin, tuve que inclinarme al oído del cirujano para advertirle que el corazón de la paciente empezaba a dar alarmantes señales de debilidad.
El Dr. Walker me dijo que aplicara los medios que la ciencia prescribe en tales casos, y me apresuré a hacerlo, pero sin resultado: la pobre muchacha pasó dulcemente del sueño de la anestesia, al sueño de la muerte. Se lo participé al Doctor que se limitó a mover la cabeza en señal del que había comprendido y sin inmutarse prosiguió la operación, completándola hasta el último detalle: Saturó la incisión, la cubrió con un apósito y aplicó el vendaje correspondiente. Luego se volvió hacia los estudiantes que llenaban las gradas del anfiteatro y les dijo con voz grave y reposada que un ligero temblor de emoción alteraba a veces:
“Jóvenes, hace acaso diez minutos que la paciente, mi propia única hija, está muerta. Tenía yo muy pocas esperanzas de salvarla, pero decidí operarla de todos modos. Al continuar la operación hasta su último detalle, me he propuesto solamente llevar al ánimo de ustedes la convicción de que es absolutamente necesario proceder así, si no quieren ustedes exponerse a arruinar su porvenir dando pábulo a la opinión de que les ha faltado valor o pericia para terminar una operación. No lo olviden: acábenla siempre, aunque el paciente esté muerto en la mesa”.
(Dr. William E. Aughinbaugh)
Fanatismo musulmán.-
Cuando en el palacio de Ibn Saud, rey de Arabia, se instaló la primera línea telefónica, los santones musulmanes pusieron el grito en el cielo y protestaron airadamente contra tal innovación que no podía ser sino obra del demonio para perder a los hombres en tierras de infieles. El rey escuchó pacientemente las quejas de los santones y pronunció después estas sabias palabras:
- “Señores, si el teléfono es, en realdad un artificio diabólico, las sagradas palabras del Corán no pasarán por él; ahora bien, si las palabras de nuestro amado Profeta pasan a través de sus hilos, el teléfono no puede ser un engendro del infierno. Nombremos pues, dos muecines para que, instalado el uno junto al teléfono del palacio y el otro en la oficina de la Compañía, lean alternativamente pasajes del Sagrado Libro, y veamos el resultado”
Esta sencilla prueba bastó para persuadir a los santones fanáticos de que el teléfono no era obra nefanda del tentador.
Engañando a los animales
* Por espacio de muchos años, millones de voraces gaviotas han venido invadiendo las regiones interiores de Suecia y causando crecidos daños a los plantíos y huertos. Se trató de reducir el número de gaviotas destruyendo los huevos que ponían; pero pronto se cayó en la cuenta de que el remedio era inútil, pues las prolíficas aves marinas ponían más y más huevos. Ahora se emplea un procedimiento más eficaz: una asociación de expertos, armados de sartenes y cocinillas, recorre campos y sembrados, cocinan todos los huevos de gaviotas que encuentran y nuevamente los colocan en los nidos. Las gaviotas, ignorantes de la operación que ha hecho estériles los huevos, continúan empollándolos hasta que descubren la inutilidad de su esfuerzo, demasiado tarde.
* Los empleados del Acuario de Nueva York se sirven, con pedagógica habilidad, de las anguilas eléctricas para reformar las costumbres rapaces de los gatos que olvidan su misión natural de perseguir ratones para intentar la captura de uno que otro pez. El frustrado malhechor recibe autorización para “jugar” con una anguila eléctrica. Un ligero contacto con el escurridizo y fulminante animal le basta para corregirlo de sus mañas.
* En la colonia agrícola penitenciaria de Essex, Estado de Nueva Jersey, se puede contemplar un curioso espectáculo que ofrecen tres mil pollos blancos de raza Leghorn armados con espejuelos rojos. El alcaide Floyd Hamma os dirá gustoso que esos espejuelos han puesto fin a las peleas sangrientas de los belicosos plumíferos. Los guardas de la prisión habían observado que de un ligero picotazo que apenas si producía en el adversario un leve rasguño, con súbita fiereza se pasaba a un encarnizado duelo a muerte; y descubrieron que la simple vista de la sangre engendraba esa ferocidad.
Pensaron que si los pollos tenían de continuo ante sus ojos el color encarnado, desaparecía aquella tendencia al asesinato y disminuiría la mortandad entre los pollos. Y de ahí nació la idea de ponerles unos espejuelos que consiste en una pequeña correa que sostiene unos cristales rojos y que se fija al pico con alambre. Desde que se puso en práctica el procedimiento, no ha habido una sola pelea mortal.
Desmemoriado.- No hay noticia de suceso más lamentable que el que le ocurrió a un joven periodista norteamericano que embarcó para Moscú en los primeros días de la revolución rusa. Antes de salir de Nueva York convino con el director del periódico en que si durante su estancia en Rusia, Lenin llegara a morir y el gobierno soviético no dejaba cursar la noticia al extranjero, burlaría la censura con un cable concebido en los siguientes términos: “Necesito más dinero para gastos; mande en seguida cien dólares”.
Algunos meses después murió Lenin y el periodista puso el cable convenido. El mismo día recibió nuestro desconcertado reportero otro despacho en que su jefe lo reprendía con mal disimulada aspereza por el despilfarro; el bendito del Director no recordaba lo que había convenido con su ausente subordinado. Pocas semanas después se filtró de Rusia por misteriosos conductos la noticia del fallecimiento de Lenin y el desmemoriado Director se mesó los cabellos al darse cuenta del triunfo profesional sin paralelo que se les había escurridor por entre los dedos.
Cría de murciélagos.-
* Hace unos 35 años cuando la malaria era endémica en San Antonio (Tejas), el Dr. Carlos A. R. Campbell concibió la idea de utilizar legiones de murciélagos para librar a la ciudad de esa enfermedad producida por los mosquitos. Los funcionarios de sanidad motejaron de ridículo el plan; pero el Dr. Campbell estableció, de su propio peculio, un criadero de murciélagos junto a uno de los mayores cenegales que rodeaban la ciudad infestada, y al poco tiempo se redujo de tal manera el número de mosquitos que las gentes pudieron frecuentar aquellos antes insalubres parajes sin sentir el escorzo de las picadas.
De inmediato los concejales votaron un acuerdo en el que se penaba con multa de cinco a trescientos dólares a todo el que diera muerte a un murciélago. Los avisados ediles establecieron más criaderos de murciélagos.
A consecuencia de su previsión, hoy (1940) no se registra en San Antonio un solo caso de paludismo.
Ardides del oficio.- Cierto artista francés pintó el retrato de una señora de Boston, retrato que la señora se negó a aceptar, porque, según aseguraba con visible irritación, se le parecía tan poco que sin su propio compañero la reconocería.
El pintor no quiso correr los riesgos y la desfavorable publicidad de un pleito y, después de hondas cavilaciones, le escribió una carta a la descontenta señora comunicándole que había hecho ciertos ligeros retoques en el retrato que, de seguro, la dejarían satisfecha.
Momentos antes que la señora hiciera su aparición, el pintor pasó repetidas veces un pedazo de tocino por el rostro del retrato. La señora miró y remiró el lienzo con escrutadora atención, mientras sujetaba la cuerda de su perrito.
- “Vea usted, ni siquiera el perro me reconoce”-, comenta la señora.
- “Pero señora, por el amor de Dios-, le responde el pintor-, no olvide usted que los perros son terriblemente miopes; acércalo más al retrato”.
La dama se inclinó hacia el animal, lo cargó en brazos y lo acercó al cuadro. Tan pronto como el perro sintió el olorcillo empezó hacer frenéticos esfuerzos por “besar” la foto de su dueña.
Castigo adecuado al crimen.- Un piloto nazi llevado al hospital después de haberse salvado en paracaídas en un combate aéreo, aunque gravemente herido, se comportaba con arrogancia. Hablaba bien el inglés, y mientras que estaban cosiéndole las heridas y vendándoselas, lanzaba de continuo insultos contra Inglaterra, las enfermeras y los médicos.
Terminada la labor con una transfusión de sangre, lo acostaron en una cama limpia y bien mullida y lo dejaron allí, despidiéndose de él con estas palabras: “Ahora, muchacho, tienes dentro un litro de buena sangre judía; confiamos en que eso le mejore los modales”.
El Escultor Mata.- Siendo Azaña, Presidente del Consejo de Ministros, uno de sus secretarios, político bisoño, recibió varias confidencias en relación con la posibilidad de un atentado que “podría realizarse” en una de las audiencias concedidas aquella mañana.
El Director General de Seguridad recomendó por teléfono al poco avezado político que tomara todas las precauciones posibles. El Subsecretario de la Presidencia le recomendó valor y desconfianza. El Presidente del Consejo le dijo con risueño escepticismo:
- “¿Sabe usted que me van a asesinar hoy en la mañana?
El atribulado secretario, lleno de zozobra, pasó a la sala de visitas. Allí un personaje de estrafalario indumento le abordó diciendo:
- “Perdone usted, soy el conocido escultor catalán Mata…
- ¡¿Mata!?-, interrumpió entre consternado y colérico, el joven funcionario.
- Si, deseo ver al señor Azaña. Soy, todo el mundo lo dice, un escultor muy hábil. Y pretendo que el señor Presidente me honre “posando” para mí. Siempre he acertado con los políticos; mis dos obras maestras fueron José Canalejas y Eduardo Dato.
Recordando que Dato y Canalejas habían muerto asesinados, el joven secretario cogió por las solapas al envalentonado artista, y ante el asombro y el desconcierto de los asistentes, le gritó:
- “Con que Mata, eh?,¡pues esta vez no mata usted a nadie!.
* Los diez mandamientos de las casadas:
Dicen que los mandamientos de la mujer casada son diez, como los de la Ley de Dios:
El primero:- Amar a su marido sobre todas las cosas
El segundo:- No jurarle amor en vano.
El tercero:- Hacerle fiestas.
El cuarto:- Quererle más que a padre y madre y aceptar con amor la suegra.
El quinto:- No atormentarlo con celos y refunfuños.
El sexto:- No traicionarlo-.
El séptimo:- No gastarle la plata en menjurgues para usted, sino para él.
El octavo:- No fingir ataque de nervios cuando llegue con sus amigos.
El noveno:- No desear más prójimo que su marido.
El décimo:-. No codiciar el lujo.
* Los amigos que Paderewski echaba de menos:
Paderewski había terminado uno de sus conciertos en cierta villa norteamericana y se quedó detrás del bastidor muy taciturno y con aire de honda preocupación; uno de sus acompañantes se acercó a preguntarle si se sentía indispuesto.
- “No, no –repuso el genial pianista-, es que echo de menos a unos buenos amigos…, aquella pareja de viejitos, ¿sabe usted?, que acostumbraban sentarse siempre en la cuarta fila de las butacas; no los vi hoy”.
El acompañante se sintió sorprendido y le manifestó:
- “No sabía que tuviera usted amigos en esta villa, ¿los conocía usted mucho?
- “Si, -replicó el pianista-, los conocía perfectamente, aunque nunca tuve el gusto de platicar con ellos; me agradaban y me conmovía el modo que tenían de escucharme. Todas las veces que he tocado aquí, hace mas de 20 años, he tocado casi exclusivamente para ellos”. Y después de mover gravemente la cabeza, formuló este voto:
- “¡Quiera Dios que no les haya ocurrido algo de lamentar!”.
Decoro.- Una damisela muy a la moderna fue a pasar unos días en casa de una encopetada familia inglesa notable por la rigidez y severidad de sus principios. Temerosa de que el piyama que se ponía de un más decoroso ropón de dormir provocara el escándalo de aquellas gentes orgullosas y prepotentes, tenía buen cuidado de ocultar todas las mañanas la vaporosa prenda de vestir. Mas una mañana a la hora del desayuno, se dio cuenta, con enorme sobresalto, que había olvidado el piyama sobre el lecho. Se levantó apresuradamente de la mesa y corrió a esconder la prenda. Esta, sin embargo, había desaparecido.
Cuando la buscaba con febril ansiedad, revolviendo en vano gavetas y armarios, llegó una doncella de aspecto adusto que, al contemplar a la angustiada dama, le dijo: -“Si busca usted el piyama, no se moleste, porque acabo de colocarlo de nuevo en el cuarto del señorito”.

Antonio Acevedo Linares
Escritor y Catedrático - Bucaramanga, Colombia
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Carmen R. Pinilla Díaz
Academia Historia Zapatoca - Bucaramanga, Colombia
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Alejandro Duarte Rueda
Dirigente Gremial - Barranquilla, Colombia
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Denilce Flórez Cardona
Asesora Negocios - Barranquilla, Colombia
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Mariano Cabrero Bárcenas
Escritor - La Coruña, España
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