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SANTOS Y URIBE…

Sorprende a propios y a extraños lo que ha sucedido en el país con la elección y posesión de Juan Manuel Santos. Quizás nunca se había experimentado un cambio tan rápido en la percepción con respecto a un candidato y primer mandatario en casi todas las capas sociales en los últimos tiempos. Santos pasó de ser el candidato indeseable del uribismo (entre amplios círculos del arco iris de la centro-izquierda) a convertirse en un líder con mucho poder que resquebrajó el régimen autoritario, vocinglero y buscapleitos de su antecesor. Recuerden: ni los propios furibistas confiaban en él y los demás aspirantes lo convirtieron en blanco de sus filosos dardos.

El presidenciable del oficialismo ganó las elecciones (lejos, pero bien lejos) gracias a la madre de todas las maquinarias montada por Uribe y sus congéneres, y a los apoyos cosechados de la mano del jefe de gobierno y de la derecha y la ultraderecha, haciendo uso, además, de estrategias oscuras (por otorgarles un nombre noble) como el entrismo en otros partidos, el divisionismo y los estímulos al voltearepismo.

El triunfo de Santos no fue para nada limpio; esto hay que decirlo con claridad. A las malas mañas de la politiquería tradicional (siempre aliadas suyas) cabe agregar la propaganda turbia propiciada por su equipo, a cuya cabeza estaba el señor J.J Rendón, un experto en fabricar chismes y calumnias (en su portal de Internet ofrece los servicios de una “Clínica del rumor”).

La falta de pulcritud en los procedimientos iba mezclada, a veces, con el empleo de publicidad engañosa, utilizando un imitador de la voz del ex-Príncipe para sembrar en el público la idea de que él sí era el genuino continuador de sus principales estrategias de gobierno.

Pero la política es tan volátil (y la habilidad de Santos tan impredecible) que después de unos cuantos días ya estamos frente a otro político, por obra y gracia de unos fuertes timonazos. Con algunos certeros golpes, el Presidente le está vendiendo al país otra cara, muy distinta a la que exhibía cuando requirió de Uribe y los suyos.

De hecho, ya supo demolerle el espinazo al régimen autoritario y excluyente de su antecesor. Con su famosa “unidad nacional” integró al sanedrín a varios enemigos declarados del ex-Príncipe, caso Vargas Lleras, Juan Camilo y otras gentes que se mueven detrás del poder, como los ex-gobernantes Pastrana, Samper y Belisario (quien iba feliz moviendo el bastón al lado de su risueña esposa el día que asumió Juan Manuel).

También le dio un tatequieto a la política pendenciera del ex-mandatario antioqueño, quien peleaba hasta con la pared en el frente interno y en el externo organizó un polvorín al acecho de un fosforito para explotar en forma de guerra. El botinazo fue tan duro que a Uribe le produjo una alergia en la cara provocada por el estrés. ¿Cómo tragarse el sapo de Correa sentado en puesto de honor y de Maduro, el Canciller venezolano, expectante por ahí en un lugar visible en la posesión del siete de agosto?

Además, ya Ecuador tiene en su poder gran parte de la información de los famosos computadores de Raúl Reyes. Para completar, le otorgó libertad a la Canciller para trabajar con sus homólogos de las fronteras del sur y del oriente en la búsqueda de restablecer las relaciones rotas, luego de conflictos quizá innecesarios.

Contra la voluntad de una porción mayoritaria de la derecha y la ultraderecha nacional, estuvo sentado a manteles con los dos presidentes que casi se dan muñeca con Uribe para arreglar las cargas en tiempo récord, si los enemigos de la paz y de las relaciones internacionales pacíficas no lo sabotean.

Mucha gente opina que es un gran alivio haber salido ya de Álvaro Uribe. Tal vez, piensan, si este individuo hubiese durado cuatro años más en el poder se habría tirado definitivamente a la patria. Por lo menos estaríamos echándonos bala con los venezolanos, si la furia de Chávez dejara a un lado lo de las bases gringas.

No se puede negar que el hombre apaleó a una parte de los violentos, incrementó la sensación de seguridad, mostró liderazgo y trabajó como un burro. Este esfuerzo está en la base de la aceptación popular y del efecto teflón que lo cubría hasta los últimos momentos en el primer cargo del país.

Pero Uribe también hizo mucho daño, aunque sus áulicos no acepten esto y, por el contrario, lo perciban casi como un santurrón traído al Palacio de Gobierno por la Divina Providencia. Igual que otros jefes de Estado implementó medidas buenas, otras regulares y muchas malas.

Hay que empezar diciendo que casi descuartiza la institucionalidad en el más alto nivel. Hizo de los ministros unos simples secretarios cargadores de ladrillos, con contadísimas excepciones. Envileció con órdenes inadecuadas a la gente del DAS y de otros organismos nacionales.

Corrompió aún más a nuestro maltrecho Congreso. Persiguió a la justicia, a la que casi obliga a salir hacia el exilio. Maltrató al periodismo independiente. Chuzó a tutiplén. Alimentó como el que más a la politiquería y al clientelismo, a pesar de lo que decía su florido programa.

Como cualquier reyezuelo francés de otros tiempos creía que el Estado era él, buscando perpetuarse en su puesto mediante procedimientos turbios. Pero los anticuerpos democráticos de la sociedad colombiana supieron combatir eficientemente la infección totalitaria. Porque el hombre pretendía convertirse en otro Franco, auspiciado por los colombo-fachos que blandieron el embeleco del Estado de Opinión.

Dicho ex-Presidente polarizó a la nación como casi nadie lo hizo en el siglo XX. Tal vez sólo se le igualen Rojas Pinilla o Laureano Gómez, aunque superó a ambos en peloteras escandalosas. En las cuales no faltaron las mentiras, los gritos y regaños contra los oponentes de ocasión.

Un solo ejemplo: en un debate televisado tuvo la desfachatez de sostener que el angelito Jorge Noguera era un ser impoluto (limpio), ante medio país que lo veía regañar y manotear al director de la revista Semana (y a la élite coctelera de Bogotá). “Es un hombre de la provincia que subió con mucho esfuerzo desde abajo”, dijo aquella vez. En poco tiempo el periodismo y la justicia demostraron que este individuo había puesto al DAS al servicio de los paramilitares.

El segundo período gubernamental de Uribe fue una colcha de repetidos escándalos: la yidispolítica, los falsos positivos, los AIS, el carcelazo a su primo Mario por los supuestos nexos con los paramilitares, la encanada del hermano de Valencia Cossio por sus enredos con los narcos, la visita de delincuentes y matones al Palacio de Nariño, las chuzadas a la oposición, al periodismo independiente y a la justicia, entre otras linduras de un gobierno que, afortunadamente, ya murió.

La política que adelanta ahora su reemplazo despierta las esperanzas de la gente pensante de este país y de un grueso sector de la población. Porque esta lanza señales muy claras de que va en contravía de las máximas totalitarias y guerreristas de un mandatario que quiso hacer lo que le vino en gana volándose en rojo casi todos los semáforos.

La angustia que sufrimos ante la posibilidad de que la llamada “unidad nacional” fuera la raíz de un nuevo Frente Nacional (o de otro P.R.I.) ha ido desapareciendo, por cuanto Santos entrega evidencias inequívocas de que le está apostando al pluripartidismo y a un régimen que se apoye no en individuos sino en partidos sólidos y en instituciones democráticas fuertes e independientes.

Juan Manuel supo engañar a Uribe, para el bien de la nación. Tal vez esta haya sido la mejor manera de salir de él por la vía pacífica. Está liquidando muy rápidamente casi todos los entuertos que erosionaban el funcionamiento estatal, los cuales quizás eran una especie de globos para ocultar las trapisondas que montaron los roedores del Palacio de Nariño (denuncias chimbas a magistrados, peleas continuas con las altas Cortes, mentiras y calumnias en todas las direcciones…).

Ojalá este arranque feliz (coronado por la casi normalización de relaciones con Venezuela y Ecuador) se continúe, consolidando una política conciliatoria que, sin abandonar el orden y la autoridad, nos saque del hoyo negro en que nos había metido el furibato. Es casi seguro que ni las bombas podrán retrasar la aplicación de unas políticas que pueden transformar positivamente a Colombia, después de la hecatombe que heredamos de Uribe.

Porque a la caverna colombiana ya le pasó su cuarto de hora.