Se encuentra usted aquí

ROMA Y LA GUERRA DE LOS ESCLAVOS

Después de la época de las grandes conquistas, en los años en que se consolidaron las últimas provincias, gobernadas directamente por Roma mediante un procónsul o un propretor, precisamente la provincia que se había creado primero, Sicilia, vivió un levantamiento masivo de esclavos. En los inmensos latifundios milicianos, esos desheredados de la fortuna, comandados por uno de ellos, Euno, que tenía fama de profeta, se rebelaron y trataron de crear un estado independiente.

En el año 137 a.C., esos rebeldes fundaron la ciudad de Enna y lograron granjearse la simpatía de la población, aplicando una política de tolerancia para con los pequeños propietarios. Fueron necesarios cinco años de lucha para que el ejército romano pudiera sofocar la rebelión. Se dice que más de cinco mil esclavos terminaron crucificados en el lugar de la revuelta, pero el miedo a perder la vida no apagó su libertad, y entre el 103 y 100 a.C., también en Sicilia, volvieron a rebelarse contra el yugo romano; encabezados primero por Salvio y, cuando éste murió, Atenión, hombre de cultura y capacidad poco comunes, combatieron valerosamente, pero su cometido terminó concluido el de Euno.

Seis años después del retiro de Sila, Roma vivió una nueva revuelta de esclavos. En realidad, las condiciones de los esclavos romanos eran peores que las de los griegos. Si en Grecia se alquilaban esclavos, o sea que, formados en escuadras, debían trabajar por cuenta de un tercero dando parte del salario a su amo, en Roma, esos infelices eran comprados por compañías especuladoras, establecidas para ese fin, y luego cedidos a haciendas que los necesitaban, donde eran alojados y alimentados miserablemente.

Encerrados en lo que se llamaba ergástulos (casas de trabajo), los esclavos romanos eran tratados y considerados como cosas; de hecho, el teórico Varrón, hablando del campo y de su aprovechamiento, dice que para un buen manejo de los terrenos son necesarias tres clases de instrumentos: los mudos, los semimudos y los que hablan: los primeros, son las herramientas empleadas en la agricultura, los segundos, los animales de tiro y los terceros, los esclavos.

La rebelión frente a un estado de cosas tan inhumano, no se originó en los campos y ergástulos, sino mediante la acción de esclavos más inteligentes y conscientes: los que eran adiestrados en las escuelas de gladiadores para los juegos sangrientos del circo. Espartaco, un esclavo que estaba aprendiendo el peligroso oficio de gladiador en la palestra de Capua, instigó a unas cuantas docenas de compañeros, y con ellos pasó a la clandestinidad, decidido a rescatar su libertad. En menos de un año, en el 73 a.C., los seguidores de Espartaco, dada la bondad del mensaje que éste difundía, se contaban por millares.

En realidad, Espartaco y sus compañeros no pretendían trastornar a Roma, ni ofender al Senado, sino solamente franquear los Andes y establecerse entre los pueblos libres del norte. Sin embargo, las primeras victorias logradas sobre las huestes romanas les hicieron cambiar de parecer. Cuando el camino de la salvación se abría libre hacia los Alpes, prefirieron hacer marcha atrás y atacar a Roma.

Todavía obtuvieron unos triunfos más, pero las fuerzas del Senado hicieron un último esfuerzo y Espartaco fue derrotado. Los esclavos que no perecieron en el campo de batalla, fueron crucificados, como los seguidores de Euno, a lo largo de las vías consulares. Su sacrificio no fue en vano, porque señaló uno de los primeros y más gloriosos momentos de la lucha de los oprimidos contra los opresores.

LA REFORMA PROTESTANTE

Los orígenes del poder temporal:

En sus comienzos, el cristianismo obedeció a una exigencia precisa de las gentes que buscaban, no una religión que estuviera al servicio del Estado, sino una que prometiera la salvación. Al permitir que se condenara a Jesús, Poncio Pilato consintió, en último término, que se aplastara una vez más el mundo de los humildes, de las víctimas, de los que sufren. Sin embargo, Jesús no había predicado una revolución social cuando había dicho que su reino no era de este mundo.

Solamente había proclamado la igualdad de todos los hombres. Los cristianos rechazaron tributar al emperador un culto religioso; esto les acarreó la reputación de ciudadanos peligrosos para el Estado. Tal es la causa de las persecuciones, de la vida en las catacumbas, de los símbolos, de los mártires. Finalmente, el emperador Constantino se dio cuenta de que persiguiendo a los cristianos no lograría apartarlos de su fe. Así que nombró cristianos para ocupar puestos del Estado, con la esperanza de que apoyarían las iniciativas del gobierno. En el año 312, con el edicto de Milán, les acordó plena libertad del culto.

Los cristianos salieron de las catacumbas y entraron, por decirlo así, a las basílicas. De diferenció entre clerecía y laicado y se puso a los obispos como cabeza de las comunidades, las “iglesias”; sin embargo, fue únicamente en el año 450, cuando se le reconoció al obispo de Roma la supremacía sobre los demás. Siguieron los hechos contra las diversas herejías y la definición de la verdadera fe. La herejía de Arrio, “Jesús es sólo semejante a Dios, no igual a Él”, fue condenada en el Concilio de Nicea, celebrado en el año 325. No fue por casualidad que el Concilio lo hubiera presidido Constantino, que quiso reafirmar en esa forma, su verdadero propósito: sujetar la Iglesia al Estado. En el año 380, Teodosio declaró que la única religión admitida en el Estado, era el cristianismo.

Al analizar el éxito de los cristianos se debe dar mucha importancia a su concepto de vida activa, al servicio del prójimo. Ninguna abstención del mundo, aceptado también con todos sus defectos; uno de ellos era la esclavitud, que sólo estructuras económicas distintas habrían podido erradicar. Dejando de lado algunas cuestiones, llegamos al rey Liutprando, el cual se mezcló en el tremendo problema de los iconoclastas –la destrucción de las imágenes sagradas, ordenada por el emperador de Oriente, León III, el Isáurico (717-741)- y por las profundas diferencias que existían al respecto, dividió a Roma y Bizancio, todo con el fin de lograr la unificación de la península, bajo su cetro.

En el año 728, Liutprando, alegando que luchaba en defensa del pontífice, ocupó algunos territorios, entre otros, Sutri, en el Lacio. El papa Gregorio II, alarmado por el rumbo que estaban tomando los acontecimientos, se alió con los duques de Espoleto y Benevento, pero éstos fueron derrotados y tuvo que pactar directamente. Liutprando, hombre religioso y en fondo conciliador, facilitó la situación donando a la Iglesia el territorio de Sutri, donde Roma tenía ya vastas posesiones.

La donación de Sutri, en el año 728, marca una fecha decisiva porque el Pontífice se apoderó de un territorio con todos los atributos de la soberanía. Nacía, de ese acto temporal, que sólo terminaría en el año 1870, al menos en su acepción más amplia, ya que todavía existe el Estado del Vaticano.