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RESEÑA SOBRE LA REVISTA RANCHERÍA

La Guajira es la cara linda de la patria colombiana, esbelta, con curvas que emocionan a cualquier hombre. La Guajira es mágica: con el solo hecho de llegar a ella experimentamos un alto grado de magnetismo (…) La Guajira es única, hermosa, acogedora (…) Y con el embrujo del Cabo de La Vela y de la Sierra Nevada conforma (n) un crisol particular en el que se destaca su gente (…) …todo un pueblo poseído por un sentimiento (y), una ingenuidad y una nobleza que permiten que los que lleguen se enamoren, al igual que estamos enamorados nosotros de esta gran patria chica.

Jorge Pérez Bernier, Gobernador del Departamento de La Guajira, en entrevista concedida a la Revista Ranchería, No 12, julio de 2010, Edición Conmemorativa, p. 70.

Baile GuajiroRanchería es un nombre mágico, relacionado con el río que arroja sus aguas sobre el Mar Caribe, bañando primero a la ciudad de Riohacha. Es también una denominación para los poblados de la etnia wayúu, los cuales irrigan de cultura a gran parte del Departamento.

Ranchería es, además, el nombre de la revista que publica periódicamente el Fondo Mixto para la Promoción de la Cultura y de las Artes de La Guajira, la cual llega este año a su feliz número doce. Tres significados distintos para una palabra tan sonora y tan llena de contenido.

Como dijera el señor Gobernador, en La Guajira casi todo es mágico y por demás misterioso: la magia y el misterio se revelan en sus múltiples caras, en los tesoros escondidos detrás de los bellos ojos de una Princesa wayúu, de sus etnias ancestrales o de su gente acogedora.Tierra de amistad, de variadísimos climas y de contrastes impresionantes.

Eso es lo que intenta mostrar, parcialmente, este número Conmemorativo de la Revista Ranchería, dirigida por el Doctor Álvaro Escorcia Arrieta (Gerente del Fondo Mixto) y editada por el reconocido periodista caribeño Jaime de la Hoz Simanca.

Este número fue un batazo de cuatro bases, como se estila en el beisbol. Papel de la más alta calidad, diagramación espléndida, fotografías a todo color (y tan nutridas que aligeran la lectura), publicidad austera y un contenido diverso y de alta calidad hacen de Ranchería, la doce, un material de colección, capaz de competir con cualquier medio de su clase a nivel nacional.

Para superar a la doce los líderes que la comandan deberán emplearse otra vez a fondo y encontrar los suficientes pretextos (o mejor: motivos) para organizar los contenidos como lo hicieron ahora. Porque no pueden inventarse otros cuarenta y cinco años del Departamento u otro Bicentenario de las Independencias.

Este número conmemora, como ya se dijo, los cuarenta y cinco años del Departamento de la Guajira y los doscientos años de los levantamientos que originaron el surgimiento de nuestra República. Sobre todo alrededor de esta última celebración se estructuró el magnífico material contenido en la doce, en cinco secciones básicas: Crónicas de tiempo vivo, Mundo Caribe, Miradas al Bicentenario, 45 años de La Guajira y Especial Vallenato.

La primera sección empieza con un trabajo muy bien hilvanado de Alberto Salcedo Ramos, que es una crónica sobre el soldado guajiro William Pérez Medina (El enfermero de los secuestrados), donde el autor juega con el tiempo para destacar el contraste entre los momentos del secuestro y su rol en la libertad de un soldado solidario que hizo honor a su tierra al atender y sanar a sus compañeros de cautiverio y hasta a los propios carceleros.

Luego siguen en esta misma sección dos escritos afincados en la tradición de la tierra: El chivo guajiro: un balido literario (de Víctor Bravo Mendoza) y Agüeros milenarios se niegan a morir (de Vicenta María Siosi). Detrás de la metáfora imposible del primer trabajo se esconde la importancia del chivo en la cultura departamental y en la obra de nuestro nobel Gabriel García Márquez; en el segundo artículo la autora resalta la importancia de los agüeros en el imaginario colectivo de la etnia wayúu.

Mundo Caribe arranca con un material que destroza, a manduco limpio, la imagen del pobre Nicolás de Federmán, considerado en otros tiempos y por otros historiadores el fundador de Riohacha. Benjamín Ezpeleta Ariza es el responsable directo del federmanicidio. Apoyado en sólidas fuentes primarias revela los orígenes menos rimbombantes (pero igualmente heroicos) de este asentamiento caribeño que comparte sus amores con el río Ranchería y con el Mar Caribe.

De ahora en adelante varias cosas en Riohacha corren mucho peligro: las inquietudes alemanas (y de algunos encopetados raizales) por seguir contando con Don Nicolás como fundador de la antigua población; los ensayos y libros de autores del patio y de otros sitios del país que tomaron por cierta una infeliz mentira; y la estatua del falso fundador, que será desmontada más temprano que tarde.

El historiador Ezpeleta Ariza es el causante de la rebelión que ensangrentó la figura del señor Federmán y acabó con la vida del mito fundacional defendido por ciertos riohacheros. Debido a él ahora sabemos que los orígenes de esta bella ciudad están asociados a la economía perlífera y a gentes anónimas que se merecen su propio monumento: Riohacha está en mora de ofrecer un reconocimiento explícito a su origen colectivo ligado al trabajo duro de las gentes del mar. Por eso su paseo marino debería estar presidido por un gran recordatorio múltiple en que se resalten las perlas, sus aborígenes y los líderes misteriosos del pasado.

Después de la tempestad viene la calma. La turbamulta originada por el ensayo de Don Benjamín queda un poco atrás cuando abordamos la lectura del perfil intelectual escrito por Weildler Guerra Curvelo (El Caribe en la obra de Michel-Rolph Trouillot/strong>). Este intelectual haitiano (Michel-Rolph) hijo de su tiempo y de la tradición acrisolada que caracteriza al Gran Caribe, es un ejemplo típico de lo que se debe hacer para entender nuestra abigarrada textura.

Porque de nada sirven aquí los moldes teóricos rígidos construidos para interpretar otros universos. El Caribe es un mundo único donde coexisten lo híbrido y lo diverso; Europa, África y América; la mezcla y lo que ha resultado de la mezcla; lo local y lo global, lo “occidental” con lo terrígeno, en un equilibrio inestable que asusta a los racionalistas europeizantes.

Esa magia, ese misterio del Caribe, ha sido mejor retratado con la cámara de los literatos. Por eso es muy loable el ejercicio que desde las ciencias humanas realicen los intelectuales de la cuenca y de fuera de ella para reestructurar o crear modelos teóricos que faciliten un acercamiento más adecuado a la compleja realidad caribeña. Para confluir, por otras vías, con todas las gentes que saben mirar nuestra peculiaridad. El perfil sobre Trouillot va en esta ruta y nos ayuda a comprender que el Caribe somos nosotros, aunque bobaliconamente le demos la espalda.

Esta parte se cierra con una nota de Amylcar Acosta M. (El proceso autonómico de las regiones) que empalma bien con el resto del material, pues el epicentro del escrito no sólo es la autonomía regional sino el reciente proceso que empezó con la Consulta Caribe, el cual busca la creación (dentro del Estado Nacional) de una sólida Región Caribe.

Miradas al Bicentenario es una sección extraña porque parece que los cuatro autores se hubieran puesto de acuerdo para coordinar sus estilos y lo que dirían. La exposición de algunos de ellos tiende a flotar sobre el papel, debido a su liviandad y hermosura, a pesar de que escriben historia. Uno de los autores elaboró casi un poema en prosa y lo hizo pasar de contrabando como si fuera historia, aunque es literatura con ropaje histórico que rescata la necesidad de la visión del otro y de la óptica aborigen (Miguel Ángel López-Hernández: El Bicentenario: la cita de todas las edades de Colombia).

Ninguno de los cuatro se apoltronó en los patrones tradicionales apañados en la escritura de la historia. Nada de pesadas notas al calce ni de citas de fuentes que dificultaran la lectura. Se hermanaron con el periodismo y volvieron a la literatura su alcahueta para producir sus trabajos.

Pero las apariencias casi siempre son engañosas. No se crea que aquí todo queda reducido a escribir bien y con fundamento. Porque en esta sección también se reparte bate a tutiplén. Siguiendo los pasos de Don Benjamín (como si fuera el heredero natural de su nutrida biblioteca) Álvaro Cuello Blanchar hace una defensa lúcida del prócer guajiro José Prudencio Padilla (El viaje del Almirante), resaltando la injusticia de su prematura muerte a manos de un pelotón de fusilamiento.

Cuello desliza algunas hipótesis irreverentes y fuera de lo común, según las cuales a Padilla lo matan no porque conspirara contra Bolívar sino por ser un promiscuo impenitente, por quitarle protagonismo a Montilla en las artes amatorias y por carecer de orígenes dentro de las élites bizarras y de color desteñido.

El historiador no se contenta con aupar a su héroe sino que, de paso, se lleva por delante una porción del prestigio de Bolívar. En esto sigue la línea trazada por Carrera Damas, en Venezuela, y por el magnífico historiador inglés John Lynch, quienes en sus profundos estudios no le comen cuento a los mitos bolivarianos construidos por los conservadores, por los liberales o por la izquierda marxista.

En su último libro (Simón Bolívar. A life, publicado por Editorial Crítica sólo como Simón Bolívar, en una buena traducción al español), el profesor emérito de la Universidad de Londres (J. Lynch) nos muestra a un prócer de “carne y hueso”, con sus virtudes y defectos y con unas debilidades tan mayúsculas que harían morir del corazón a muchos de sus perniciosos seguidores bolivarianos de todo el espectro político.

Bolívar fue lo que fue y nadie puede quitarle lo suyo como el gran jefe de la insurrección anti-colonial que liberó a las naciones de la parte norte y del centro de Suramérica. Pero de que el hombre la embarró, la embarró. Uno de sus grandes yerros fue mandar a matar, en su desesperación dictatorial, al Almirante Padilla. Eso es lo que Cuello Blanchar le está cobrando ahora con más de un argumento de peso.

Si La Guajira tiene a un prócer independentista de tantos quilates y si este héroe reconocido está siendo rescatado por sus descendientes raizales en el ahora, resulta difícil entender por qué el gobierno central llamó a su principal sitio de exportación carbonífera Puerto Bolívar. Más que nada por tener tanto uso el nombre del Libertador en todos los rincones del país.

Los guajiros y los costeños deberíamos liderar una campaña para que ese importante lugar se llame Puerto Padilla y no, como hasta ahora, Puerto Bolívar. Es lo menos que se puede hacer con la memoria histórica del león de los mares y por la justicia y la corrección historiográfica. Con eso no le quitaríamos nada a nuestro Libertador y sí le agregaríamos mucho al talante del General guajiro injustamente fusilado.

Alejandro Rutto Martínez prosigue la línea crítica inaugurada por Don Benjamín al resaltar en su ensayo el papel de los aborígenes en la Revolución de Independencia (Luces y sombras del Bicentenario) y al mostrarse en desacuerdo con las exageraciones de los historiadores en su mirada a las Independencias. En esta ruta le acompaña el autor de este artículo (Milton Zambrano Pérez), para quien la fecha referente principal de la celebración de los doscientos años está mal escogida (20 de julio de 1810: ¿otro mito insostenible).

45 años de La Guajira es una sección integrada por una entrevista concedida por el primer mandatario departamental al editor Jaime de la Hoz Simanca, en la que el gobernante pone a contraluz las potencialidades y problemas del Departamento y deja bien clara su posición a favor de seguir mejorando las condiciones de vida de la mayoría de sus coterráneos (“No es utopía; nuestros sueños se harán realidad”).

Daniel Pedrozo Payares cierra la conmemoración de los 45 años con una nota en que destaca la creación del Departamento y donde reflexiona sobre el futuro de esta entidad territorial (La Guajira en tres tiempos).

Ranchería completa sus páginas con un ensayo sobre la música vallenata (Paratextos y metatextos en la canción vallenata), de Abel Medina Sierra, y con un artículo en que Ángel Acosta Medina presenta su obra literario-pictórica (Memorias gráficas y literarias, 200 años de soledad).

El doce ha puesto un mástil muy alto en el barco de la cultura literaria departamental. No es imposible superarlo, pero quienes logren la proeza deberán antes trabajar tan fuerte y parejo como lo hicieron los actuales líderes de este proceso. Acumular semanas y semanas de trasnocho y cansancio para luego darse el lujo de celebrar la hazaña al calor de un wiskicito o de una fría cerveza.

Sólo así podrá perdonárseles que se duerman en plena fiesta donde celebremos el logro, que debido al alcohol y al sufrimiento pierdan la noción del tiempo y hasta la memoria inmediata y sufran arrebatos frenéticos (y peligrosos) por subirse a una mesa de Café Bar a bailar Waca-Waca.

Después de un trabajo tan elegante y bien logrado sólo resta agradecer a los gobernantes y líderes culturales del Departamento su preocupación genuina por la memoria, la historia y las artes de su tierra mágica. Estas son las realizaciones que le despiertan a cualquiera la esperanza de que desde la región y la localidad también es posible construir patria. Porque un país verdaderamente sólido se confecciona mejor desde sus florecientes periferias.