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QUIEN VACILA, PIERDE LA OPORTUNIDAD

* “Todo hombre es capaz de hacerle frente a sus enemigos; dadme a mí el que sea capaz de enfrentarse a todo por un amigo”. (William Gladstone)

Entre mis compañeros de colegio en Viena, el más aventajado en los estudios era un joven de dieciséis años, dotado de una inteligencia excepcional, industrioso, y lleno de aspiraciones; lo llamábamos “el diputado”, sobrenombre que le pusimos por hallarnos persuadidos de que su gran talento le auguraba un brillante porvenir como hombre público. La única tacha que hallábamos en nuestro “diputado”, era su elegancia, porque la creíamos como algo de fantoche.

Todos los días se presentaba en el colegio elegantemente vestido, como si siempre viniera de una fiesta elegante. Si hacia mal tiempo llegaba en el lujoso automóvil de su padre, quien volvía por él a la hora de salida para llevarlo a su casa. No obstante esta demostración de poderío, era cortés, afable y gozaba de generales simpatías entre nosotros.

Una mañana el puesto de nuestro “Diputado” quedó vacío; a la hora del almuerzo supimos por qué: la noche anterior habían puesto preso a su padre, cuyas vastas empresas resultaron una colosal estafa que acababa de dejar en la calle a miles de personas que habían invertido en ellas sus ahorros. Con grandes titulares, los diarios publicaron los informes detallando el escándalo, los cuales lo acompañaban con grandes fotografías del culpado, como igual de su familia.

Al enterarnos de todo esto nos explicábamos perfectamente el por qué nuestro compañero no hubiera ido al colegio: se sentía avergonzado. Por espacio de quince días los diarios no dejaban de publicar y escandalizar a la opinión sobre el suceso, mientras el puesto del “diputado” continuaba vacio.

Pasaron cuatro semanas y un día nuestro compañero se presentó en el salón de estudio: saludó con un leve movimiento de cabeza y sin decir nada, fue directamente a sentarse a su pupitre, sacó un libro, clavó los ojos en una de sus páginas y no los levantó de allí; cuando sonó la campana que indicaba los diez minutos de descanso, todos salimos, como de costumbre al corredor; “diputado” se acomodó en una de las ventanas que daba al pórtico, allí vuelto de espaldas a nosotros, parecía absorto en algo que estuviera ocurriendo en la calle, que no sucedía absolutamente nada; nos dimos cuenta que nuestro amigo esquivaba nuestras miradas.

Al pensar en lo cruel que tenía que ser su aislamiento cesaron nuestras risas y languideció nuestra conversación; nos dábamos cuenta de que el infeliz ansiaba que le hiciéramos alguna manifestación amistosa; pero, no sabiendo cómo empezar, sin que él creyera que tal vez nos burlábamos o lo ofendiéramos, ninguno se atrevió a hablarle. Después de unos minutos que nos parecieron siglos, la campana sonó de nuevo invitándonos al salón; nuestro “diputado”, retirándose bruscamente de la ventana, dio media vuelta y se unió a nosotros, pero sin mirar a nadie; apretaba los labios como conteniendo un rictus amargo; volvió a su pupitre, tomó su libro y se hundió nuevamente en sus meditaciones. A la hora de la salida, se retiró prontamente como si estuviera huyendo.

Como todos nos sentíamos culpables hasta cierto punto de lo ocurrido, empezamos a discutir la mejor forma de remediarlo; lamentablemente ¡ya era muy tarde!, no volvería a presentarse la ocasión. A la mañana siguiente, el puesto del “diputado” se halló nuevamente vacio. Telefoneamos a su casa, pero, al preguntar por él, nos dijeron, que, el día anterior, al volver del colegio, había tomado sus cosas y se había marchado para siempre, nunca volvimos a saber de él.

Los que nos creíamos sus amigos y a los que él apreciaba, le habíamos fallado en momentos tan críticos; pero el haberlo abandonado no se debió a que no cayésemos en la cuenta, ni que él nos fuese indiferente, en su estado de perplejidad; sólo se debió a esa falta de coraje, de resolución, que, en muchas ocasiones nos deja mudos, precisamente cuando mas es necesario decir una palabra oportuna.

Aunque sabemos que es difícil acercarse a una persona cuyo espíritu se halla atormentado por la vergüenza de la derrota o la humillación, este episodio de mis años juveniles me enseñó a no vacilar jamás, me enseñó a obedecer inmediatamente el primer impulso compasivo que nos mueve a socorrer a alguien, porque una palabra o una obra misericordiosa, para que den fruto, ha de pronunciarse o ejecutarse en el momento preciso en que son necesarios.

Siempre que veo a alguno de mis prójimos agobiado por humillación o la desesperanza, acude a mi memoria el recuerdo del “diputado”, cuando en aquella mañana lastimosa, reclinado en la ventana, aguardaba en vano que alguien de sus compañeros, de sus amigos, le diésemos alguna muestra de amistad. Y ese recuerdo, triste experiencia, me ayuda a desechar cualquier vacilación que pueda sentir para consolar al afligido, antes que sea demasiado tarde.

(Stefan Zweig, Revista Selecciones)