Cultura Masma: el legado de la raza madre
Alex Chionetti - Madrid, España
En 1952, el investigador peruano Daniel Ruzo alcanzó la altiplanicie de Marcahuasi, una árida meseta situada al oeste de la cordillera de los Andes. En ella descubrió animales y rostros humanos tallados en la roca. ¿Se trataba de formaciones geológicas de origen natural? Ruzo, convencido de lo contrario, pasó el resto de su vida investigando la identidad de aquellos escultores. Su búsqueda le condujo hasta una remota civilización a la que llamó Cultura Masma.
A lo largo de los últimos veinte años, el misterio de la Cultura Masma se ha convertido en una obsesión para mí. Todo comenzó con una ascensión a Marcahuasi , altiplanicie peruana descubierta por el investigador y filósofo Daniel Ruzo en la década de los cincuenta.
Pero, ¿qué tiene de extraño ese lugar? En apariencia, se trata de una especie de cementerio de piedras, pero éstas poseen formas insólitas. En ellas se pueden adivinar, esculpidas, las siluetas de numerosos animales y misteriosos humanoides.
¿Quiénes fueron sus escultores? Ruzo descartó el factor erosivo como explicación plausible y dirigió sus investigaciones hacia una civilización protohistórica que quiso dejarnos tan particular legado.
Mi escepticismo inicial desapareció al descender de la montaña.
Había comprobado por mí mismo que la arriesgada hipótesis
de Ruzo podía ser cierta.
Hacia 1952, este investigador, en compañía de uno de sus hijos, llegó hasta las inmediaciones de un valle conocido como Santa Eulalia. En una de las colinas que lo rodeaban se detuvo en San Pedro de Casta, un pueblecito congelado en el tiempo. Más arriba le aguardaba una extraña formación geológica de tres kilómetros cuadrados: Marcahuasi.
En una escenografía rocosa propia de las sagas de J. R. R. Tolkien, Ruzo advirtió que muchas de las piedras no eran simples caprichos de la naturaleza , sino esculturas realizadas por una raza desconocida cuyo origen se perdía en la más remota noche de los tiempos.
La bautizó «Masma» , denominación que conectaba con el concepto que El retorno de los brujos dio a conocer en todo el mundo, acerca de civilizaciones desaparecidas técnicamente muy avanzadas.
Mundos subterráneos
Sin la presencia de Pedro Astete (1871-1940) el descubrimiento de Marcahuasi y de la Cultura Masma hubiera quedado inconcluso. Revisar la vida de este escritor y ensayista es tan fascinante como reconstruir la compleja existencia de su mejor amigo y discípulo, Daniel Ruzo.
En los años veinte, Astete era un maduro intelectual inclinado hacia los temas esotéricos. Sus investigaciones atrajeron la atención de Daniel Ruzo, un joven y galardonado poeta interesado en los círculos herméticos del nuevo y del viejo continente, así como en la búsqueda de una conciencia superior y de la transmutación alquímica del ser.
En sus asiduas visitas al domicilio de Astete, en pleno centro de Lima, Ruzo era invitado a dirigir su mirada hacia el Cerro San Cristóbal, una formación con la apariencia de un «perro tumbado» que incitaba la curiosidad de ambos investigadores. Por aquel entonces, Pedro Astete había tenido una serie de sueños reveladores.
En uno de ellos penetraba en un recinto subterráneo de muros ciclópeos. Esta visión le impulsó a buscar una especie de «Biblioteca de Oro» donde se encontrarían los tesoros espirituales de una raza superior.
Influidos por leyendas y mitos locales y, en especial, por la lectura de un relato de Edgar Allan Poe, ambos amigos concluyeron que aquel cerro que les intrigaba era la representación del Perro de los Huancas, figura canina asociada con el cancerbero, custodio de los mundos subterráneos y de un posible tesoro legado por una raza asentada en lo que hoy en día es el Valle del Rimac.
Para ellos, estas misteriosas formaciones eran las primeras pistas conducentes a desvelar el misterio de la civilización Masma. Pero, ¿qué o quiénes eran los masmas?
«Se trata de una cultura humana prehistórica, anterior a los sumerios y a todas las esculturas de tres dimensiones que llenan los museos de Europa». Así solía definir Ruzo el concepto de Civilización Masma.
Aunque, gracias al descubrimiento de Marcahuasi, en 1952, Ruzo comprueba la verosimilitud de las teorías de su maestro, éstas se sostenían por sí solas.
Astete trataba de probar en sus estudios que los dioses o semidioses -de igual forma que los héroes mitológicos o legendarios- representan a los cuerpos químicos, a los elementos de la tabla periódica: eran las claves de una alquimia verdadera.
Los tesoros ocultos, las cavernas, las ciudades subterráneas, los templos enterrados, las criptografías perdidas y las señales o indicios que se nos muestran para descubrirlos, poseen un denominador común: la presencia de monumentos que nos ayudan a que los tesoros culturales de la humanidad no se desvanezcan.
«Arcas de piedra»
En el interior del Cerro San Cristóbal podía hallarse el tesoro perdido de las razas que se salvaron del diluvio, los descendientes de Noé o de sus equivalentes en las diversas tradiciones americanas. «Siempre creímos que Noé se refugió en una caverna, en una verdadera arca de piedra -escribía Ruzo en los setenta-.
Las esculturas protohistóricas están hechas para ser apreciadas desde una determinada perspectiva y cuando el sol se encuentra en un lugar exacto del cielo; se trata de 'cuadros' en dos dimensiones en los que las luces y las sombras completan las figuras . Esa técnica y estilo no han sido empleados en la prehistoria.
Por
ello, tienen que ser trabajos protohistóricos anteriores al diluvio.
El sueño Masma llevo a Astete a la prehistoria. Aceptando esa antigüedad
remota en 1959 y estudiando durante diez años la cronología
mística de Trithemius y la tradicional de Nostradamus, llegamos a
descubrir la identidad de las cronologías secretas de hebreos e egipcios,
indostanos y caldeos, corroboradas por la Piedra del Sol del calendario azteca
de México, por los muros de Babilonia y por una frase del griego Hesiodo»,
argumenta el explorador y filósofo peruano.
Pero, ¿cuál es la razón de que encontremos vestigios de la presencia de esas razas en Perú? Más allá de la teoría de Gondwana o la deriva continental, deberíamos inclinarnos a pensar en una especie de «Raza Matrix», generadora o heredera de la Cultura Masma.
La figura que más llamo la atención de Ruzo en la meseta de Marcahuasi fue una formación conocida como Cabeza del Inca o «Peca Gasha» y rebautizada como Monumento a la Humanidad.
Sobre su flanco derecho (orientado hacia el sureste) se perciben una serie de rostros que desafían la casualidad erosiva. Una de las caras parece representar a un negroide y otra muestra a un extraño ser macrocéfalo de apariencia simiesca.
La meseta de los dioses
Observado desde el noroeste, el Monumento a la Humanidad presenta facciones que oscilan entre la raza indo-americana y la semítica. Visto desde el sur, la cabeza adquiere rasgos caucásicos. La cabellera, formada por la aglomeración de cascotes pétreos de burbujas volcánicas, otorga a la imagen cierta similitud con la célebre Dama de Elche.
Hacia el poniente, como custodiando la entrada suroeste a la meseta, descubrimos un león africano, tumbado, dándonos la espalda. Ésta es otra de las esculturas que resiste el análisis de los escépticos. En mi opinión, todas estas figuras están diseñadas mediante concepciones ópticas diferentes a las nuestras.
Otro de los grupos escultóricos mas importantes, que Ruzo no descubriría hasta los setenta, es el llamado conjunto de la Diosa Thueris . Con forma de hipopótamo, parece tratarse de un símbolo de la fecundidad. Lo que resulta revelador en este monumento, de cincuenta metros de altura, es que, al igual que en algunos grabados egipcios, la diosa aparece acompañada por un cocodrilo.
La «Foresta Mágica»
A menos de cuarenta kilómetros al sur de París, en Francia, se encuentra el bosque de Fontainebleau . El visitante puede hallar en este enclave dos elementos de lo místico.
Uno lo constituye la propiedad abandonada de Le Prieure de G. I. Gurdjieff , donde entrenara a sus discípulos en el arte del «Cuarto Camino», así como su tumba, sólo demarcada por una piedra dolménica. Otro es la foresta y los roquedales de Fontainebleau , que ya hace miles de años era lugar de concentración de celtas y druidas y, con posterioridad, sirvió de refugio a algunos templarios, perseguidos por Felipe IV el hermoso.
Asiduo visitante de la «ciudad de la luz» durante los años veinte, donde llegaría a conocer a Gurdjieff y, más tarde, a figuras claves en su vida como el egiptólogo y hermetista Schwaller de Lubicz, Daniel Ruzo peregrinaría a Fontainebleau fotografiándola in extenso.
Muchas de las imágenes captadas por Ruzo nos sumergen en un mundo de retorcidas formas pétreas. Fue así como, siguiendo las indicaciones del maestro, comencé a intuir que éste se hallaba en lo cierto. Había similitudes y coincidencias que desafiaban la casualidad. Estaba ante obras que emparentaban a los masmas con los orígenes de los pueblos europeos.
Recorriendo los aproximadamente 20 kilómetros cuadrados por los que se extiende la foresta, busqué alguna figura que corroborara mis sospechas. Finalmente descubrí una escultura -que representaba una especie de jabalí- y comencé a convencerme de que la llamada Cultura Masma se había extendido sobre el planeta en tiempos remotísimos, probablemente antes del 12000 a. C.
La otra figura, a la entrada del parque principal, sugiere a simple vista un monolito de piedra rectangular. Sin embargo, en uno de sus lados observé una depresión, una marca que me dejó anonadado hasta el día de hoy.
Tenía la forma de las «clavas» típicas utilizadas en los Andes, en particular en los bloques monolíticos como los de Tiahuanaco y Puma Punku . Este sello no era natural, sino que evidenciaba la puesta en práctica de conocimientos tecnológicos que desconocemos en su mayor parte.
Otro detalle que llamó mi atención fue la presencia de representaciones de carneros y corderos en mesas pétreas utilizadas para sacrificios . Sobre estas superficies, al igual que sucede en Marcahuasi, encontramos las canaletas que servían para eliminar la sangre de los animales.
Las esculturas de Fontainebleau son tanto antropomorfas como zoomorfas. Entre las primeras encontramos figuras con rasgos euroasiáticos y negroides; entre las segundas hay elefantes, caballos, cetáceos, leones, osos, caracoles y es notoria la prevalencia de simios. La recurrencia a las representaciones de homínidos o «eslabones perdidos» es común a los sitios donde parece haberse extendido la Cultura Masma.
Esto último nos hace meditar en relación a si los últimos representantes de esta «raza madre» -o los herederos de saber- tuvieron algún contacto con nuestra humanidad en los albores de ésta. ¿Acaso pudo influir dicha cultura en el salto en la escala evolutiva de hace medio millón de años, el que nos diferenció de los primates inferiores?
Quizá el origen de la Humanidad no estuvo en África , sino que haya que buscarlo en algún lugar de América, tal y como sugería el paleoantropólogo Florentino Ameghino al situarlo en un periodo diferente al cuaternario y en los Andes patagónicos, en cuanto al ámbito geográfico.
Pero continuemos nuestro itinerario, que nos conduce nuevamente hasta el continente americano. En los años setenta, Ruzo se instala definitivamente en México, concretamente en la localidad de Tepoztlán, donde fallecería, casi centenario, en septiembre de 1991.
Lo que le atrajo de este enclave, situado en el valle de Cuernavaca -el de la Eterna Primavera-, fue una serie de formaciones rocoso-escultóricas a las que bautizó como «pozos sagrados». En él descubrió figuras similares a las de Marcahuasi, símbolos que interpretó como indicios para acceder a los mundos interiores y a un tesoro representado por el dualismo entre el oro y el conocimiento.
Ascenso al Tepozteco
Cuando visité a Ruzo, éste me insistió en que observase la presencia de dos esculturas, que representaban a dos perros cancerberos, situadas en los accesos a Tepoztlán . Estuve varias veces en el lugar y ascendí al Tepozteco, la estatua que preside todo el complejo. Desde la lejanía puede percibirse la figura de un personaje entronado. Hasta se aprecian detalles en su rostro, como los ojos o la boca. Ya en la cúspide descubrimos una pirámide, con características que escapan a una interpretación arquitectónica regional.
Otra de las figuras que llamaban la atención de Ruzo era la del «platillo volante» . Una formación rocosa donde también destacaba la presencia de humanoides, a los que el investigador bautizó como «los escafandristas». ¿Se trataba de remotos visitantes extraterrestres? Ruzo no compartía esta explicación.
A diferencia de las esculturas peruanas, la presencia Masma en los valles mexicanos se ha ido desdibujando. En contraposición a Marcahuasi, las figuras tepoztecas están mucho más erosionadas. Es tentador pensar que tal vez formasen parte de un complejo escultórico extremadamente primitivo, donde los antiguos dejaron su impronta antes que en otros lugares.
Más al norte, en el estado de Querétaro, nos tropezamos con otro yacimiento, dominado por la Piedra de Bernal. En opinión del profesor Sánchez Briones, este conjunto escultórico, así como el cercano a la vecina San Juan del Río, formarían parte de una proyección de la geometría sagrada que se extiende hacia Tepoztlán y Marcahuasi.
Lo más fascinante de este enclave es poder contemplar la aparición de una especie de flecha en la cúspide de la piedra . Ésta se manifiesta durante el solsticio de invierno, mediante un fascinante juego de luces y sombras.
En conjunto, la cima ofrece varias imágenes sorprendentes, aunque las más repetidas se asemejan a cóndores. En la ladera izquierda (hacia el sur) descubrimos imágenes de félidos y dos leones.
Ya en San Juan del Río nos topamos con lo que Ruzo llamaba «puertas falsas», semejantes a entradas que fueron tapiadas por la misma constitución geológica de la montaña. En una de las paredes, Briones halló un jinete que parecía cambiar de posición gracias a determinados efectos solares.
Siguiendo con nuestro itinerario ascendente, llegamos hasta California, centrándonos en un área considerada como «lemuriana» por astroarqueólogos y ufólogos locales. Sin embargo, esta zona, ubicada en las crestas de las montañas de Santa Mónica, donde residían los indios gabrielinos, no mostraba las marcadas características anómalas de los otros complejos escultóricos que visité.
Así, llegué a la conclusión de que la particular configuración de algunas de las rocas en las «Murallas Lemurianas» se debía a factores casuales o a la erosión .
Altares solsticiales
Realizando investigaciones en relación con las salidas y puestas del sol, y a la búsqueda de observatorios astronómicos o altares solsticiales, pude descubrir un interesante enclave más allá de las denominadas «Murallas Lemurianas».
En una zona rural llamada el Cañón de las Vírgenes encontré una figura con apariencia leonina acompañada de otras misteriosas esculturas. Una de ellas era una formación con forma triangular, quizá una diosa Thueris. Para acceder hasta las mismas había que pasar por una abertura bajo un gigantesco peñón que estaba incrustado entre dos paredes.
Como en el valle de Marcahuasi, junto a dicha figura descubrí otras muy significativas. Dos de ellas parecían ser símbolos de la fertilidad, como un falo y una vulva pétreos. Frente a estas formaciones una escultura leonina que miraba hacia el poniente. Sin embargo, vista desde el lado opuesto adquiría el aspecto de un felino -tal vez un jaguar-, y se orientaba hacia la salida del sol.
Aunque volvían a repetirse algunos de los motivos característicos de la altiplanicie de Marcahuasi, tuve la misma sensación que me asaltó en México: conforme me dirigía hacia el norte, las esculturas perdían contornos y definición. Parecían más erosionadas, quizá por estar cercanas al nivel del mar. He regresado a este lugar varias veces con otros estudiosos de lo insólito. Todos ellos se mostraron convencidos de que la particular morfología de estas piedras no podía atribuirse a una simple casualidad.
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