"No hay nada nuevo bajo el sol, pero cuántas cosas viejas hay que no conocemos" Ambrose Bierce
La gran miseria humana

ERNESTO McCAUSLAND SOJO

Ernesto McCausland Sojo, Periodista - Desde Barranquilla, Colombia

Director: La Esquina del Cine

CalaveraUna noche de misterio
estando el mundo dormido
buscando un amor perdido
pasé por el cementerio(...)
¿Estaba allí de perverso
entre seres no ofensivos?
¿Fui a perturbar los cautivos
de los sepulcros desiertos?
­¡No! Fui a buscar a los muertos
por tener miedo a los vivos.
 
En la biblioteca del Instituto Oficial de Bachillerato Masculino de Soledad cuelga un retrato con un fino marco dorado. Dibujado rudimentariamente con lápices de colores, el retrato corresponde a un hombre apuesto, de mentón fuerte y ojos azules. Una placa en el marco anuncia que se trata del poeta Gabriel Escorcia Gravini, quien jamás permitió que le tomaran una foto. Pero don Efraín Morales, de casi noventa años, asegura que ese personaje con pinta de galán de cine que está en el cuadro no se parece en nada al poeta enjuto, huraño y melancólico que él conoció en vida en 1918, dos años antes de que muriera de lepra.


De cualquier modo, la idealización del retrato tiene su explicación en Soledad, donde Gabriel Escorcia Gravini es un mito. Setenta años después de su muerte, el poeta lugareño es capítulo especial en las clases de literatura básica de los colegios, al lado de Cervantes y García Márquez; su tumba permanece impecable, siempre con flores frescas y la lápida lustrada; los más viejos del pueblo, como don Efraín Morales, se enorgullecen de decir que lo conocieron, y hasta se saben sus versos de memoria; su obra máxima, La Gran Miseria Humana, aún se edita en viejas imprentas soledeñas y se vende cerca a los puestos de verduras en el mercado municipal.

De tantos personajes que le han dado gloria a Soledad —el creador del merecumbé Pacho Galán, el bolerista Alci Acosta—, ninguno ha guardado tanta armonía en su vida con el nombre del pueblo como Gabriel Escorcia Gravini, poeta de soledades oriundo de Soledad.

Bajo de un ciprés sombrío
y verde cual la esperanza,
con su fúnebre acechanza
estaba un cráneo vacío;
y sentí pavor y frío
al mirar la calavera
pareciéndome en su esfera
como que se reía de mí
y yo de ella me reí
viéndola calva y tan fiera.
 
Todas las noches, a la hora en que Soledad se disponía a apagar los mechones y los vendedores de butifarra recogían sus aperos en la plaza principal, el poeta hacía su entrada en el cementerio Central, vestido de blanco de pies a cabeza, para internarse entre sombras y tumbas.

En los alrededores del campo santo se tejían toda clase de conjeturas, aun las más perversas y macabras. José Dolores Pacheco, hoy con ochenta y siete años de edad y quien ha vivido desde niño frente al cementerio, recuerda las preguntas que se hacían entre los vecinos: «¿Qué hará ese hombre solo en el cementerio?».

Escribía.

Al poeta Gabriel Escorcia Gravini lo inspiraba el cementerio. Y de aquellas misteriosas incursiones nocturnas surgió La Gran Miseria Humana, la crónica poética, escrita en treinta estrofas de rigurosas décimas, sobre el hombre que llegaba al cementerio y protagonizaba el mordaz encuentro con la calavera de la mujer que lo despreció en vida.

Dime humana calavera,
¿qué se hizo la carne aquella
que te dio hermosura bella
cual lirio de primavera?
¿Qué se hizo tu cabellera
tan frágil y tan liviana
dorada cual la mañana
de la aurora en nacimiento?
¿Qué se hizo tu pensamiento?
¡Responde, Miseria Humana!


La amplia casa de esquina, con su inmenso patio lleno de árboles frutales, ocupaba a principios de siglo toda la manzana. Hoy el terreno del patio está ocupado por pequeñas casas que se apretujan a lo largo de la cuadra. Una placa en su fachada revela que allí nació y murió Gabriel Escorcia Gravini, autor de La Gran Miseria Humana.

«Creció siendo un muchacho normal», dice Rafael Urbano Lafaurie, presidente de la Academia de Historia de Soledad. «Pero cuando estaba a punto de graduarse sus manos comenzaron a deformarse, su cara a arrugarse y sus dedos a caerse».

CementerioEn ese entonces el destino oficial de los leprosos era la pintoresca población pesquera de Caño de Loro, en la isla de Tierrabomba, frente a Cartagena. Se creía que la lepra era contagiosa y el gobierno obligaba a las familias de los enfermos a confinarlos allí. Pero las hermanas del poeta, María Concepción y Salvadora, prefirieron esconderlo antes que enviarlo al leprocomio público. Al fondo del inmenso patio de la casa le construyeron una pequeña habitación, donde el poeta pasaba encerrado todo el día, corrigiendo lo que escribía la noche anterior en el cementerio.

Una tarde de domingo, Escorcia Gravini escuchó a un trovador decimero que pasaba cantando por su ventana. Lo llamó y le entregó el manuscrito de La Gran Miseria Humana.

— Délo a conocer —le dijo.

Fue como publicar el poema. Por aquella época, los decimeros andantes cumplían el papel de periódicos y noticieros. En un santiamén, la obra se hizo conocida a lo largo y ancho de la región del Caribe.

A mis interrogaciones
el cráneo blanco callaba
mientras la luna alumbraba
sarcófagos y panteones...
Y dije sin aflicciones:
—Si eres el cráneo de aquella
que en la vida, sin querella,
me despreció con desdén,
¡despréciame ahora también!
¡Eclipsa otra vez mi estrella!

Aunque se había resignado a su ostracismo obligatorio, existía una fuerza que el poeta no podía dominar: el amor. Se enamoró de Zoila Moreno, una hermosa chica del vecindario, y se dedicó a enviarle poemas. La muchacha los recibía con guantes puestos, los leía de prisa y luego los quemaba. A veces se presentaba a visitarla y ella se escondía. El único poema que quedó de aquel fracaso sentimental aún se conserva fresco en la memoria de los viejos del pueblo:

Nunca podrás ser mía, aunque lo quieras
porque lo exige así la suerte impía
y si esa misma suerte nos uniera
tu serías desgraciada siendo mía.

Hoy día sólo quedan fragmentos de poemas almacenados en la memoria de los viejos, a diferencia de La Gran Miseria Humana,  cuyas estrofas necrológicas se perpetuaron en los cantos de los decimeros.

Precisamente a través de ellos el famoso músico de acordeón Lisandro Meza habría de conocer el poema cincuenta y cinco años después, para convertirlo en una fenómeno de popularidad en 1975. Cuenta Lisandro que estaba durmiendo una noche en su casa de Los Palmitos, Sucre, cuando fue despertado por un decimero que cantaba La Gran Miseria Humana, interrumpiendo el silencio de las tres de la mañana.

— Mija óyele la letra a ese canto —le dijo Lisandro a Luz, su mujer.

— Es la voz de Chichiolo — le respondió ella.

Lisandro se levantó muy temprano y se fue para la casa del decimero. «Lo encontré con la misma borrachera«, cuenta. Le llevó de regalo una botella de ron y le pidió que repitiera el canto que había llamado su atención. De esa manera el poema dio un salto audaz a través de medio siglo, desde el confinamiento del poeta hasta la grabadora de Lisandro Meza, quien lo montó con melodía y ritmo de son cubano. El fúnebre canto ingresó así en las parrandas y en los bailes de carnaval, donde las parejas disfrutan apretadas los diez minutos de su ritmo cadencioso.

Yo soy el cráneo de aquella
a quien le cantaste un día
poemas que no merecía
porque no era así tan bella
como la primera estrella
del Oriente o el tulipán
a quien las auroras dan
el rocío que se deslíe;
aquí el que de mi se ríe
de él mañana se reirán.

Lisandro MezaHoy los académicos de Soledad aventuran en la teoría de que el poeta escribió La Gran Miseria Humana para burlarse de todas las mujeres que lo despreciaron en vida; que es una especie de diatriba generalizada contra aquellas que salieron corriendo al verlo llegar y quemaron sus versos para no contagiarse. 

Ya muy desfigurado por la lepra, el poeta murió en 1920, después de haber vivido apenas veintiocho años. Tres días después de la muerte, las hermanas entraron en la habitación, sacaron los poemas que él guardaba en una canasta de mimbre, e hicieron una hoguera en el patio. Creyendo que la lepra era contagiosa, dejaron que el recuerdo de Escorcia Gravini se perpetuara solamente con la obra que andaba en boca de los decimeros, y que años después, como una recompensa a la corta vida de su obra literaria, se convertiría en una de las piezas populares más vendidas de todos los tiempos en Colombia.

«Era el disco que los controles de la radio hacían sonar cuando necesitaban tiempo para hablar con la novia por teléfono», cuenta Lisandro.

Yo escuchando aquella cosa
tan llena de horrible espanto
salí de aquel campo santo
como veloz mariposa. 
La luna pura y radiosa
vertía su lumbre fugaz
y la calavera audaz
dijo al mirarme correr:
¡aquí tienes que volver
y calavera serás!

Convertido en canción, en folletín popular, en clase de literatura elemental y en orgullo de un pueblo, Gabriel Escorcia Gravini está enterrado en el mismo cementerio que tanto visitó y que le sirvió como insólito escenario de su inspiración.

Su tumba es visitada con frecuencia por extrañas criaturas de la noche, gente que lleva calaveras en la mano y practica extraños ritos. A la luz de las velas, el epitafio de letras negras descuella sobre la superficie blanca caliza de la tumba:

En el jardín de la melancolía
donde es mi corazón un libro abierto
yo cultivé la flor de la poesía
para poder vivir después de muerto.

 

 

 

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