Augusto Gómez Serrano Bogotá, Colombia
—Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿ Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro sin mirarlo, le dijo:
—Cuanto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después....... -y haciendo una pausa agregó:
—Si quisieras ayudarme, yo podría resolver este problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
—Encantado, maestro – titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.
—Bien, asintió el maestro.
Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño y dándoselo al muchacho agregó:
—Toma
el caballo que está allá afuera y cabalga hasta el mercado.
Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda.
Es
necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes
menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo mas rápido
que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo.
Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos se reían, otros le daban la vuelta la cara y solo un viejito fue tan amable de tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo.
En el afán de ayudar
alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero
el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de
oro y rechazó la oferta.
Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado,
más de cien personas, abatido por su fracaso montó su caballo
y regresó.
¡Cuánto hubiera deseado ese joven tener esa moneda de oro! Podría entonces habérsela entregado él mismo al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.
Entró en la habitación diciendo:
—Maestro lo siento, no pude conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera obtener dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
—Qué importante lo que dijiste joven amigo -contestó sonriente el maestro- Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
—Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle mas de 58 monedas de oro por su anillo.
—¡58 MONEDAS! -exclamó el joven-
—Sí, -replicó el joyero- Yo sé que con el tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas. Pero no sé...si la venta es urgente...
El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido.
—Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como ese anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño.
—Todos somos como esta joya, valiosos y únicos y andamos por los mercados de la vida pretendiendo que gente inexperta nos valore.
SIEMPRE RECUERDA LO MUCHO QUE TU VALES, AUNQUE QUIZAS, ALGUNAS PERSONAS A TU ALREDEDOR NO TE LO DEMUESTREN
“Nadie te puede hacer sentir inferior sin tu consentimiento”
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