ALFONSO EMILIO DUARTE NOGUERA - Quito (ECUADOR)
El día que María José nació, en verdad no sentí gran alegría porque yo quería un varón.
La decepción ante el hecho que no lo fuera, parecía ser más grande que el gran acontecimiento que representa tener un hijo.
A los dos días de haber nacido, fui a buscar a mis dos mujeres, una lucía pálida y la otra radiante y dormilona. En pocos meses me dejé cautivar por la sonrisa de María José y por el brillo negro de sus ojos vivos y penetrantes y empecé a amarla con locura; su carita, su sonrisa y su mirada no se apartaban ni un instante de mi pensamiento; todo se lo quería comprar, la veía en cada niño o niña con que me cruzaba por la calle, hacía planes, todo era poco para mi María José".
Este
relato era contado a menudo por Randolf, el padre de María José.
Mi familia y la suya manteníamos una estrecha amistad y yo sentía
un especial afecto por esa niña que era la razón más
grande para vivir de
Randolf, según decía él mismo.
Una tarde estábamos ambas familias de picnic a la orilla de una laguna
cercana a nuestra casa y la niña entabló una conversación
con su papá que todos escuchamos.
—Papi, cuando cumpla quince años ¿cuál será mi regalo?
—Pero mi amor, ¡si apenas tienes diez añitos! ¿No te parece que falta mucho para esa fecha?
—Bueno papi, tú siempre dices que el tiempo pasa volando, aunque yo nunca lo he visto por aquí.
Todos reímos ante su comentario y seguimos conversando animadamente.
En aquellos momentos no podíamos sospechar cómo recordaríamos
esa conversación años más tarde...
Al caer el sol regresamos a nuestras casas.
Una mañana me encontré con Randolf frente al colegio donde
estudiaba su hija, habían pasado 4 años desde aquella conversación
y María José ya había cumplido catorce hacía
meses.
El hombre parecía muy contento y la sonrisa no se apartaba de su rostro. Con gran orgullo me mostró las calificaciones que había obtenido María José, eran unas notas impresionantes, ninguna bajaba de sobresaliente y los comentarios que habían escrito sus profesores eran realmente conmovedores. Felicité al dichoso padre y le invité a un café.
Un domingo, muy temprano, estábamos preparando los bártulos para ir de excursión cuando sucedió algo inesperado. María José tropezó con algo, eso creímos todos, porque dio un traspiés; su padre evitó que cayera, agarrándola de inmediato. No dimos mayor importancia, pero cuando nos instalamos en el coche, nos dimos cuenta que la niña no estaba bien, se sentía mareada y casi perdió el conocimiento.
Rápidamente, la llevamos
al hospital. Permaneció allí por diez días y el primer
diagnóstico fue que padecía una grave enfermedad que afectaba
seriamente su corazón, pero debían practicarle otras pruebas
para confirmarlo.
Los días iban transcurriendo, Randolf renunció a su trabajo para dedicarse a su cuidado. Su esposa seguiría trabajando,
pues sus ingresos eran superiores a los de él.
Una mañana Randolf se encontraba al lado de su hija cuando ella le preguntó:
—Papá, voy a morir ¿no es cierto? te lo dijeron los médicos...
—No mi amor, no vas a morir, Dios es grande, no permitirá que pierda lo que más he amado en el mundo. -le respondió su padre.
—¿Van a algún lugar los que se mueren? ¿Pueden ver desde lo alto a las personas queridas? ¿Sabes si pueden volver?
—Bueno, hija -respondió- en verdad nadie ha regresado de allí a contarnos cosas sobre eso, pero si yo muriera, no te dejaría sola. Estando en el más allá buscaría la manera de comunicarme contigo, en última instancia utilizaría el viento para venir a verte.
—¿El viento? ¿Y como lo harías?
—No
tengo la menor idea, hija, pero sentirás que estoy contigo cuando
un suave viento roce tu cara y una brisa fresca bese tus mejillas.
Ese mismo día por la tarde, llamaron a Randolf desde el hospital,
el asunto era grave, su hija se estaba muriendo; su corazón no resistiría
más de quince o veinte
días; necesitaban con mucha urgencia un corazón.
¡Un corazón! ¿dónde hallar un corazón? ¿acaso los vendían en la farmacia o en elsupermercado? ¡Dios mío!...
Increíblemente, a los pocos días se consiguió un corazón y la operaron urgentemente. Todo salió como los médicos habían planeado. La operación fue un éxito total.
María José extrañaba muchísimo a su padre,
no comprendía como no había ido a verla. Su mamá le
decía que no podía acudir porque estaba trabajando, que ahora
que ella estaba mucho mejor, sería él quien trabajara
para sostener la familia.
Pasaron los días suficientes como para darle el alta médica
y Maria José salió del hospital.
Al llegar a casa, todos nos sentamos en los sofás de la salita y su mamá, con los ojos llenos de lágrimas, le entregó una carta de su padre:
"María José, mi amor: En el momento de leer esta carta, habrás cumplido ya tus esperados quince años y sentirás un corazón fuerte latiendo en tu pecho, esa fue la promesa que me hicieron los médicos que te operaron.
No puedes imaginar ni remotamente cuánto lamento no estar a tu lado en este instante. Cuando supe que ibas a morir, decidí dar respuesta a una pregunta que me hiciste cuando tenías diez años.
Decidí hacerte el regalo más hermoso que jamás nadie ha hecho. Te regalo mi corazón, mi vida a cambio de la tuya, sin condición alguna, para que hagas con ella lo que quieras, ¡vive hija! Te Amo."
A medida que iba leyendo, María José no podía reprimir su llanto y costó mucho que se calmara.
En cuanto pudo, visitó la tumba de su papá en el cementerio y susurró serenamente:
"Papi, ¡cuánto me amabas!, yo también te he amado mucho y lo que siento es habértelo dicho muy pocas veces. Te pido perdón por ello. Papá, ¡TE AMO!"
En ese instante las copas de los árboles se movieron suavemente y una dulce brisa rozó las mejillas de María José.
Recordó la conversación sostenida con su querido padre y se estremeció de pies a cabeza, alzó su mirada al cielo, agradecida, respiró profundamente y repitió: "Si, papá, ¡TE AMO!".
Con lágrimas en los ojos y mucho Amor en su corazón, inició el camino de regreso a casa mientras la brisa seguía acariciando su rostro.
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