ES PROBABLE QUE Thomas A. Shannon, encargado de asuntos latinoamericanos del Departamento de Estado de Estados Unidos, haya tratado de transmitir sutilmente, en su reciente viaje por China, un mensaje: no socaven el consenso democrático de América Latina. ¿Le harán caso los chinos? Veamos los hechos.
Es la primera vez que un alto funcionario del Departamento de Estado viaja a Pekín exclusivamente para discutir asuntos de América Latina. Su viaje se produce tras críticas conservadoras en Washington de que el gobierno del presidente Bush se habría quedado durmiendo mientras China está aumentando rápidamente sus lazos económicos, militares y políticos con América Latina.
El gobierno de Bush está dividido sobre cómo reaccionar ante el nuevo papel de China en la región. El Departamento de Estado no ve a China como una amenaza en América Latina, sino como un país en crecimiento que necesita materias primas para poder mantener sus tasas de crecimiento. Según esta línea de pensamiento, China está tan absorbida por sus necesidades internas que no tiene energías para lanzarse a aventuras políticas en otros rincones del planeta.
El Departamento de Defensa, en cambio, teme que China se convierta en la principal fuente de entrenamiento militar en la región, en parte debido a una reciente ley norteamericana que prohíbe la ayuda militar a países que permitan arrestar a ciudadanos estadounidenses para ser procesados por la Corte Criminal Internacional. Washington debería también preocuparse sobre las actividades de China en inteligencia y guerra cibernética en la región, dicen los funcionarios del Pentágono. El gobierno de Bush está dividido sobre cómo reaccionar ante el papel de China
En una entrevista antes de partir, Shannon me dijo que su visita de tres días a Pekín sería "para hacer consultas". Según dijo, China juega un papel "cada vez más importante" en América Latina, y por lo tanto es importante "asegurarse de que entendamos bien lo que cada uno está haciendo (en la región), para estar seguros de que no haya cables cruzados".
¿Cuál sería un posible cable cruzado? le pregunté. Shannon me contestó que aunque no cree que China quiera involucrase en la política interna de la región, "nosotros vemos que la región ha alcanzado un consenso generalizado sobre la democracia, el libre mercado y la protección a la seguridad del estado democrático, y nuestro interés es estar seguros de que China respete ese consenso".
Mi conclusión: el gobierno de Bush ve que, además de incrementar sus importaciones de América Latina en un 600% en los últimos cinco años, invertir unos $1.000 millones al año en la región, y enviar docenas de misiones de entrenamiento militar a países latinoamericanos, China ganó el estatus de observador en la Organización de Estados Americanos, y está buscando un papel similar en el Banco Interamericano de Desarrollo.
No me sorprendería que el gobierno de Bush quiera trazar una raya en la arena, y asegurarse de que China no se convertirá en una fuente de apoyo militar extra regional para gobiernos radicales antiamericanos en la región, como Venezuela, como en su momento lo fue la ex Unión Soviética con Cuba.
Lo más probable es que los chinos van a tranquilizar a Shannon. A juzgar por lo que yo escuché en entrevistas con funcionarios chinos el año pasado en Pekín, el principal interés político de China en América Latina es preservar la estabilidad, cosa de que no haya disrupciones en sus suministros de materias primas.
Y en su calidad de segundo socio comercial de Estados Unidos después de Canadá, China no tiene mucho que ganar provocando un enfrentamiento con Washington en Amérisca Latina. Estados Unidos no debería alarmarse, al menos por ahora.
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