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Diurna: Salsa, Vallenatos, Baladas...
Nocturna: Rancheras, Boleros, Carrilera...
Cuatro escasas leguas del norte de Piedecuesta queda Bucaramanga, pasando por Florida, pueblo pequeño fundado a la sombra de árboles corpulentos, refrescado por multitud de arroyuelos y empellido con la corriente del cristalino Riofrío, en cuyas márgenes se respira un ambiente embalsamado por la rica vegetación que las ameniza.
En 1778 comenzó a figurar Bucaramanga como parroquia; veintitrés años antes era un sitio miserable compuesto de cuatro ranchos de indios alrededor de una laguna, cuya cuenca existe sembrada de guinea; hoy es una hermosa villa con más de 600 casas, dos iglesias y 4.200 moradores; ningún elogio sería excesivo al hablar del aseo de sus calles y casas, no por esfuerzos de la policía oficial sino por virtud de los naturales, en quienes la limpieza de los trajes compite con el despejo y vivacidad de las personas.
A 930 metros de altura sobre el nivel del mar queda el asiento de esta villa en un llano seco, desprovisto de aguas corrientes, por absorberlas todas el terreno poroso descansando inmediatamente sobre las capas de piedras rodadas y arenas auríferas que forman el valle. El termómetro centígrado marca 24· en su mínimo, subiendo hasta 26· a la mitad de los días mas calurosos.
La mayoría de la población es blanca y el resto de raza africana más o menos cruzada con la europea y la índica, ya extinguida por aquí. Gentes de inmejorable carácter, laboriosas y de una sencillez tal, que frecuentemente han sido explotadas por charlatanes aparecidos bajo títulos pomposos. Por los años de 1820, el presbítero Felipe Salgar, virtuoso cura de Girón, detuvo a un pastuso que acaso pasaba de viaje y supo de él que en las cercanías había innumerables palmas, llamadas nacuma, cuyos cogollos preparados convenientemente suministraba el material para tejer sus afamados sombreros jipijapas.
El buen sacerdote concibió al punto la idea de proporcionar a las mujeres de su feligresía este nuevo medio de ganar la subsistencia, porque decía “donde vive el trabajo no entra el demonio”, y en efecto, logró que el pastuso permaneciera en Girón hasta dejar enseñadas algunas jovencitas. De éstas pasó la ciencia a otras y a otras, salvando en breve los límites de la parroquia y extendiéndose a las demás.
Cerca de 3.000 de ellas emplean sus manos en tejer anualmente cerca de 83.000 sombreros de calidades diversas en un solo cantón, Bucaramanga, los cuales, vendidos, les dejan una utilidad de 59.000 pesos neto, deducidos 20.000 pesos, valor de los cogollos de la nacuma y palma ordinaria. La mayor parte de esta cantidad la ganan las tejedoras de la villa, habiendo mujer que realiza una renta de 200 pesos anuales, suficiente para cubrir los gastos de la familia, en un país en que la manutención abundante no cuesta más de 92 pesos al año. Así es que en este gremio se hacen notables el esmero en el vestir de telas finas, cierta dignidad en el porte y modales, sugerida por el sentimiento de la independencia y el laudable orgullo del mérito propio.
Llega el sábado: el sombrero se ha terminado en mitad de la noche anterior a la luz de un candil; la joven tejedora peina desde temprano su cabellera de ébano, dividiéndola en dos trenzas magníficas que deja caer a la espalda; ciñese a la cintura las enaguas de muselina o zaraza fina, no tan largas que al andar no descubran el arqueado pié metido al descuido en una alpargata blanca y diminuta; cúbrele el firme busto una camisa en tela blanca, ribeteada con flores y calados, obra de sus incansables dedos completando el atuendo un pañolón bien matizado, sale despejada y risueña, ladeando en la cabeza el sombrero con una brillante cinta que lo adorna y que para sí ha tejido poco a poco los domingos.
El sábado es día de pocas ventas porque las tejedoras van, más bien que a negociar, a explorar el campo del mercado, calcular la extensión de la demanda para no pasar de cierto precio mínimo. La tejedora no se deja engañar por la indiferencia postiza de sus contrarios, sabe que ellos deben completar las partidas de sombreros exigidos por los comerciantes de Cúcuta y opone los incalculables ardides mujeriles al cómico estoicismo de los mochileros.
Dos solemnidades, a cual más dignas de nuestro siglo (XIX), tuve el placer de presenciar: la manumisión de 40 esclavos, y la instalación del Colegio de Floridablanca, entrambas promovida y encabezada por el Gobernador de la provincia. La primera se verificó en las plazas de Bucaramanga y Piedecuesta, concurriendo gran número de vecinos a la festividad, pues tal era para sus corazones el reconocimiento civil de unos seres que, sin embargo el crisma con que la Iglesia cristiana marca a los hijos del Padre Universal, las leyes españolas no los habían inscrito en el censo de los hombres, sino en el inventario de las cosas, junto con los animales domésticos.
Desde el estrado en que estaban el gobernador, el cura y algunos empleados municipales, se iban leyendo una por una las cartas de libertad que recibían los manumitidos puestos al frente y vestidos de fiesta, como si hubiesen querido dejar atrás las ropas que les cubrían la servidumbre. ¡Cuántos pensamientos vagarían por sus frentes, ahora erguidas, antes humilladas!.
Oyeron con recogimiento la breve felicitación acompañada de sanos consejos que les dirigió el cura, y mientras el pueblo los vitoreaba con estrépito, ellos permanecían silenciosos; algunas lágrimas rodaron por las mejillas de los ya entrados en años, a quienes la libertad, su caro ensueño de muchos años, les venía de improviso al fin de su camino. Después de esto fueron llevados con música y gran acompañamiento a una comida campestre, terminada con bailes populares.
Miraban las mujeres la diversión sin atreverse a participar de ella, por respeto y aún temor a los que fueron sus amos, allí presentes o por indecisión de su espíritu acostumbrado a no tener voluntad propia. Se dio cuenta el Gobernador, y a impulso de uno de aquellos pensamientos generosos difíciles de explicar, se dirigió a la más tímida y la sacó a bailar. La explosión de aplausos le manifestó que todos habían comprendido su idea y demostró que a todos eran comunes los mismos sentimientos e igual generosidad de ánimo.
El 9 de febrero fue instalado el Colegio Provincial con 16 jóvenes que tuvieron el honor de comenzar las matrículas. El bondadoso cura, presbítero Mantilla, los vecinos del lugar y varias personas de fuera, concurrieron a solemnizar el primer paso de la provincia de Soto en la carrera de la instrucción superior.
Por la época de 1553 se hablaba de un caserío de indios que bajo el nombre de Bucaram pertenecía al dominio de Ortún Velasco; nombre que debió pertenecer al lengua de los chitareros, pues las raíces de su lengua ya habían bautizado a otras regiones con nombres semejantes. Por ejemplo, los Chitareros que llegaron de Guaca, llamaron Bucarica al sitio donde hoy se encuentra Floridablanca y las vegas del Río Frio.
Además, su misma tribu denomina Bucarasica a un lugar cercano a la actual población de Chinácota. Siete años después, en 1560, a ese caserío le agregaron la terminación GA, de origen Chibcha o Muisca, utilizada mucho en su lenguaje; por esos mismos años Ortún Velasco fundó la hacienda Bucarica y se apoderó de los valles de los ríos Frío y Hato (en la actualidad Floridablanca y Piedecuesta).
Esta gran hacienda contenía, fuera de su casa e iglesia particular, un pueblo de indios a quienes se les había asignado parcelas propias que cultivaban para su manutención. Ortún Velasco, como buen español, reservó las mejores tierras para su ganadería, sus siembras a gran escala y para las plantaciones de caña para sus trapiches. Los indígenas, a cambio de pago, por dejarlos vivir allí, debían trasladarse una vez al año, con mujeres e hijos, para atender su ganadería y sus inmensos cultivos. Velasco se había constituido en el principal comerciante de la Cuadrilla de Ranchería o lavador de oro. A su muerte, su hijo, Juan Velasco de Velásquez, continuó con la hacienda, siendo, a su vez, el mayor receptor de oro que provenía de las minas.
Corría el año de 1622, cuando arribó a esta región el Oidor Juan de Villabona Zubiaurre. Su misión consistía en hacer una inspección, a nombre de la Real Audiencia, de las minas de Vetas, Suratá y Río de Oro. En su recorrido, encuentra ilegal el hecho de que los indígenas estuvieran siendo explotados por Juan Velasco de Velásquez, en su hacienda de Bucarica; por tal motivo, ordena trasladarlos a un sitio que bajo el nombre de Resguardo de Bucaramanga, debía poseer su propia demarcación geográfica. Para que se cumpliera la ordenado, comisionó al padre Miguel Trujillo y al encargado y veedor de las minas, el señor Andrés Páez de Sotomayor, quienes demarcarían el resguardo y certificarían si lo ordenado se había cumplido.
Trochas, caminos, carreteras y vías urbanas han marcado desde siempre el destino de los pueblos, convirtiéndose en testigos de su esplendor o decadencia. ¿Cómo se hizo el trazado de las calles por todos conocidas en Bucaramanga? ¿A qué obedeció? ¿Cuáles desaparecieron? ¿Cuáles se mantienen?.
El trazado urbano de Bucaramanga tuvo su origen en las disposiciones dictadas por el Visitador Francisco Moreno y Escandón, en 1778. Las manzanas y calles rectilíneas que dieron forma a la cuadrícula urbana, ocuparon desde mediados de ese año los sitios donde estuvieron erigidas desde 1622 las chozas del “Pueblo de Indios de Bucaramanga”.
Dadas las condiciones topográficas de la meseta sobre la cual se levanta desde entonces la ciudad, y las circunstancias que enmarcaron aquellas disposiciones reales, los vecinos de San Juan de Girón, que habían invadido el resguardo de Bucaramanga, decidieron, no sólo trazar su “Parroquia de Real de Chiquinquirá y San Laureano de Bucaramanga” en el mismo sitio donde estaba el poblado indio, sino también aprovechar una parte de su infraestructura.
El recinto del pueblo era en su forma original un pequeño espacio circular, equidistante entre los extremos norte y sur de la planicie. El cuadrado de la parroquia que lo reemplazó era un poco más amplio, pero igual se hallaba demarcado al norte y sur por las quebradas Seca y Bucaramanga (La Rosita), al oriente por la Laguna de San Mateo y al otro lado por la escarpa de occidente.
La nomenclatura de finales del siglo XIX identificaba los límites de la figura como las calles primera y novena, y carreras primera y décima. Actualmente esas vías son conocidas como las calles 31 y 45, y las carreras 6 y 15. Hasta la construcción del acueducto en la segunda década del siglo XX, el poblado dependió para su aprovisionamiento de las cercanas aguas de las Chorreras de don Juan en el Barrio el Avispero y de Los Escalones en la cercanía del de “Payacuá”. En sus inicios como núcleo urbano, Bucaramanga utilizó como iglesia y casa cural la capilla y una edificación contigua heredadas del pueblo indio.
La plaza pública, como se le denominó hasta que se formó en ella el parque García Rovira, era el centro de la población. En su costado norte estaba el edificio del cabildo con su cárcel; en el costado oriental, la iglesia, cementerio y casa cural; en el occidental, capilla y casa del cura, y al sur, se edificó la gobernación, tiempo después de que El Socorro dejó de ser la capital.
Todos los domingos, la plaza cumplía función de mercado público. Esa actividad dio con el tiempo vida a hileras de tiendas y almacenes en las calles circundantes. Dos de ellas tomaron su nombre de la principal actividad económica que las caracterizaba. Así surgieron desde las esquinas de la plaza hacia el oriente, las calles “Primera y Segunda del comercio”, conocidas entonces también como “Calle Real” y “del Chorro de la Iglesia”, (hoy, calle 35 y 37).
Por la primera de ellas partían los caminos de Lebrija, Pamplona, Rionegro, Puerto Santos y La Matanza. El camino de Lebrija doblaba hacia el norte una cuadra arriba de la plaza y buscaba el paso de la hondonada de la Quebrada Seca por el puente de La Payacuá. Luego tomaba rumbo al occidente por donde estaba el Barrio Nuevo y seguía por el brazo de la meseta donde tiempo después edificaron la Plaza de Ferias.
Después de bajar a las planicies del Río de Oro, iniciaba el ascenso hacia las de Palonegro. Tres cuadras arriba de donde se apartaba el camino de Lebrija en la Calle del Comercio, aparecía otra bifurcación. Por una de ellas, en línea recta hacia el oriente, continuaba el camino de Pamplona. Dejaba a su lado izquierdo el Barrio de Quebrada Seca, y contiguo a él la cuadra de la ya extinta Laguna de San Mateo, donde entonces (1895), el urbanista Reyes González levantara la primera plaza de mercado cubierta.
El urbanizador planeaba construir un barrio para ricos en terrenos de su propiedad adyacentes a la Plazuela de Santa Rosa, ubicada dos cuadras arriba de la esquina nororiental de la cuadra de la Laguna de San Mateo. El conjunto de las pocas casas que entonces existían allí, se denominaba Barrio Santa Rosa. Para Bucaramanga fue tiempo de bonanza. La ciudad generaba riquezas, por su función de centro de comercio del café. Una cuadra arriba del Barrio Santa Rosa el camino de Pamplona dejaba a mano derecha la Plazuela de Belén, donde se proyectaba edificar otra iglesia. La obra debería ser el núcleo de una nueva parroquia para uso de los futuros habitantes del Barrio Santa Rosa y sus alrededores. Se le denominaría de la “Sagrada Familia” y sería designada Catedral. Cerca de ella, hacia el oriente y el sur, estaban los extramuros de la ciudad, lindando con los predios de la hacienda Cabecera del Llano, de don David Puyana.
La otra dirección de la segunda bifurcación del camino que subía desde la plaza por la Calle Primera del Comercio, conducía a las poblaciones de La Matanza, Rionegro y Puerto Santos. A partir de allí el camino se apartaba del que continuaba hacia el norte, para atravesar en diagonal al “Llano de Don Andrés”, en dirección nororiente, hasta la venta de chicha de la casona de La Perla, luego descendía hacia el Río Suratá por Chitota. Por su parte, la ruta del norte que llevaba a Rionegro y continuaba por la meseta hasta más allá de las casas que formaban entonces “Chapinero”.
También desde la plaza, por la Segunda Calle del Comercio, subía el camino de Floridablanca. Debía pasar la Quebrada La Rosita, debajo de Charcolargo o El Volante, y seguir por las callejuelas de El Caimán, Siglo XX y Honduras para tomar la dirección de La Puerta del Sol, en las inmediaciones de la hacienda Los Conucos. Del costado suroccidental de la plaza pública salía además el camino de Girón. De alejaba de ella dejando a su derecha el Barrio Piñitas, hasta llegar a la calle donde estaban el hospital y el cementerio. Desde allí desviaba en dirección occidental para evitar la depresión de la Quebrada Bucaramanga, y continuaba por la Quinta Estrella hacia Chimitá
Quienes venían hacia Bucaramanga desde las localidades vecinas, tomaban las mismas rutas anteriores, pero en sentido contrario. Por sus destinos, no les interesaba entrar a la ciudad. Eran, por ejemplo, los que iban desde El Socorro, San Gil, Piedecuesta y Floridablanca hacia La Matanza, Ocaña, Cúcuta y Maracaibo; o quienes, desde las primeras ciudades mencionadas se dirigían a Rionegro, o Puerto Santos en el Río Lebrija, al Magdalena y Barranquilla.
Del respeto que existió por parte de los propietarios de suelo sobre la servidumbre o derecho de la utilización de estos caminos, surgieron con el tiempo las vías principales de Bucaramanga. Con la introducción del automotor se dieron cambios de importancia: las rutas de Girón y Lebrija (calles 45 y 28), se abandonaron para unificarlas con la salida de Floridablanca hasta la cercanía de la Plazuela de La Concordia, desde donde continuaban hacia Girón y Lebrija por la hoy carrera 17 y el filo de la escarpa de la meseta, donde ahora está el Barrio San Gerardo. El camino de La Matanza y Cúcuta sucumbió ante la decisión estatal de construir la carretera a Pamplona por “El Picacho”, y el de Puerto Santos se olvidaría ante el desarrollo de las obras del “Ferrocarril de Puerto Wilches” y la construcción por Rionegro de la “Vía al Mar”.
La unificación y el cambio de trazado para las rutas de Girón y Lebrija, fueron decisiones explicables en las condiciones de la época. La primera conversión de un camino en carretera se hizo sobre el trazado del de Floridablanca. Quizá se quería aprovechar parte de su estructura, en el propósito menos costoso de unificar los dos primeros caminos; pero se duplicó la distancia entre Girón y sin saber se congeló el desarrollo urbano en esas direcciones.
En el aparente desprecio, en todos estos casos, del factor distancia al escoger los nuevos trazados, debió pesar el sentido de rapidez que caracterizaba los conceptos en el momento del paso de la mula al automotor. Si bien es cierto que la construcción de la carretera a Pamplona impulsó rápidamente la ocupación del oriente de la meseta, costó también a Bucaramanga uno o dos puestos en el orden de importancia de las ciudades de Colombia. Fue un error histórico, en materia de vías, duplicar deliberadamente la distancia a Cúcuta y su frontera con Venezuela.
Ahora, al finalizar el siglo XX, la necesidad obliga a replantear de nuevo algunas decisiones. Los cambios son la nueva ruta a Cúcuta por Matanza y el Alto del Escorial; la “Supervía” por el trazado del ferrocarril y parte del camino de Puerto Santos, y la carretera a Girón por la calle 45 y Chimitá. Faltaría incluir la opción de la calle 28, el viejo camino de Lebrija, para bajar por La Feria y Nápoles al cordón Café Madrid-Chimitá. Hasta esta planicie del Río de Oro se orientará en el siglo XXI la principal tendencia del desarrollo urbano del Área Metropolitana de Bucaramanga, en razón de la apertura de la Supervía y el desarrollo de los valles del Río Lebrija y el Medio Magdalena.
Sobre el 9 de abril de 1948 se han escrito ciento de libros, desde todas las perspectivas y con todos los enfoques, tratando de auscultar tanto sus causas, como sus consecuencias. La guerra fratricida a que dio lugar el asesinato de Gaitán aún pesa sobre la conciencia de muchos colombianos que ven en aquel hecho el origen de nuestros males modernos. Algunos llegan a pensar inclusive, que si no hubieran matado a Gaitán, la suerte de este país sería muy diferente.
“Mataron a Gaitán”, “Viva la revolución”, “Empezó la guerra”, fueron los gritos que se confundieron y retumbaron por todo el territorio de la República, una vez se supo del asesinato del líder liberal. Unos lo lloraron, otros lo cantaron y lo vivaron, muchos hicieron un brindis con los licores de los estancos, algunos hicieron mercado en un día que no era de mercado, y otros ajustaron viejas cuentas.
El pueblo liberal se levantó y se lanzo a las calles, carreteras y caminos de ciudades, pueblos y villorrios, provistos de todo tipo de armas: palos, machetes, cuchillos, piedras, en tumulto clamaron venganza de la sangre de su líder, comandante, jefe o capitán, en unos cuantos minutos puso en evidencia de una manera abierta, el estado de intranquilidad y violencia política reinante años atrás.
Se vivía un clima de total inestabilidad política de la Nación y el Departamento. Porque, si se tiene en cuenta, una vez ascendió Ospina Pérez al poder en 1946, se desató la más enconada disputa partidista y se desencadenó un proceso de conservatización en todas las esferas de la administración pública y de los cuerpos de seguridad del Estado. Cabalmente ese día se reprodujo el enfrentamiento partidista de una forma más fuerte de lo que hasta esa fecha se venía registrando.
Bucaramanga, reconocida en el gobierno de Ospina por sus constantes alteraciones del orden público, conoció la noticia de “mataron a Gaitán”, simultáneamente a como se iban relatando los hechos desde la capital. En la ciudad, negocios como el “Café Victoria” y la cantina “La Perla”, amplificaron la señal de radio, contribuyendo de una manera irresponsable a difundir la noticia. Otros lugares de reunión, como el “Café Centenario”, el periódico “El Demócrata”, el parque Centenario y el parque Santander, se constituyeron en los sitios donde preferencialmente el liberalismo bumangués se congregó para oír las transmisiones radiales a la expectativa de los rumores que tomaba el llamado “Movimiento Revolucionario”.
El control de los medios de comunicación fue un propósito inmediato y “Radio Santander”, al igual que centenares de emisoras del país, fue el primer medio en caer en manos de uno de los tantos grupos que a esa hora empezaban a deambular por las calles de la ciudad. Líderes improvisados en la actividad política se apoderaron de los micrófonos y de la radio, controlando las transmisiones locales y aprovechando los intervalos del programa fúnebre que se transmitía en honor de Gaitán, para arengar al liberalismo bumangués a salir a las calles en protesta por la muerte del caudillo.
Las transmisiones de Radio Santander se vieron suspendidas transitoriamente, cuando un grupo mayor de manifestantes irrumpió en sus instalaciones, armado de cuchillos, palos, hachas, machetes, desplazando al reducido número de personas que hasta las tres de la tarde la habían controlado. Restablecidas las transmisiones varias personas retomaron el control sobre los micrófonos, destacándose entre otros, Jorge Arenas Buenahora, Mario Galán Gómez, Augusto Espinosa Valderrama, todos personajes influyentes en la actividad política santandereana, miembros de la Asamblea y representantes por el Departamento en altos cargos públicos.
La posición asumida por los políticos liberales santandereanos, a diferencia de los agitadores, estuvo encaminada a pedir al pueblo “calma y serenidad”. Para hacer más extensivo su mensaje, el grupo de políticos solicitó al dueño de la emisora, Francisco A. Bueno, la instalación de un altoparlante en una ventana sobre la carrera 17, para persuadir a la gran multitud aglomerada a lo largo de las carreras 16 y 17, con la calle 35 para que se dispersara y no se acercara al parque García Rovira, por ser un “sacrificio inútil”.
También les pedían que no se embriagaran y que no fueran a atentar contra la propiedad de nadie, más bien les reiteraban que estuvieran en pie de alerta a ver qué iba a suceder, y qué órdenes se tenían desde Bogotá. Pero las transmisiones muy pronto fueron cortadas por falta de fluido eléctrico, quedando suspendido cualquier intento de información. En esas condiciones, la gran multitud que se congregó en el centro de la ciudad, empezó a recorrer las calles en distintas direcciones.
Unos se dirigieron a la cárcel de la Concordia para intentar liberar a los presos, otros al parque “Benjamín Herrera” donde se encontraban los servicios telegráficos y telefónicos; otros marcharon en dirección a la zona de la plaza de mercado, de los grandes estancos y las ferreterías, y el grupo más numeroso se dirigió y se congregó en el parque García Rovira, frente a la Gobernación.
En todos los grupos que recorrían las calles céntricas de la ciudad, brillaba por su ausencia cualquier tipo de información por parte de los líderes políticos tradicionales de la ciudad. Los líderes de los barrios se convirtieron en los conductores de la muchedumbre, que directamente inculpaban al gobierno de Ospina Pérez del asesinato de Gaitán, razón por la cual su actitud primordial fue la de atacar todo aquello que representara los centros del poder, o la vida y bienes de sus tradicionales enemigos, los conservadores.
El parque García Rovira se colmó de gente que brazos en alto vociferaban vivas al partido liberal y mueras al conservatismo. Tras un disparo salido de la muchedumbre y ante el intento de numerosas personas de abalanzarse sobre las puertas de la Gobernación, los policías que prestaban el servicio de seguridad repelieron esta acción a tiros de fusil, quedando cinco personas muertas, entre ellas un miembro del gremio de carniceros, y una mujer. Igualmente resultaron heridas 14 personas y dos policías. Los resultados concretos de esta acción demostraron que las Fuerzas Armadas estaban en capacidad de defender algunos centros neurálgicos del poder, a la vez que se evidenció la falta de organización de la muchedumbre.
Bajo estas circunstancias y ante la imposibilidad de deponer de su cargo al Gobernador encargado, García Valderrama, fueron escogidos otros sitios que de una u otra forma simbolizaban la presencia del Estado. Uno de éstos fue la Cárcel de la Concordia, hasta donde llegó una gran muchedumbre con el ánimo de liberar a los presos, pero la reacción de los guardianes del panóptico imposibilitó tal propósito: la consigna era que si empezaban a entrar, dispararan a lo que hubiera en frente”, relataba un carcelero.
También la empresa telefónica fue tomada por centenares de personas, quienes irrumpieron violentamente rompiendo los cristales, con el ánimo de controlar las comunicaciones; pero ante la defensa que presentaron varias personas, las instalaciones de la empresa no sufrieron mayores daños. A las cuatro de la tarde, varias volquetas repletas de gente gritando diversas arengas, recorrieron el aeródromo incitando a sus trabajadores a que se armaran para la defensa, dándoles para ello gran cantidad de machetes.
Ante los fallidos intentos por controlar la gobernación, los servicios públicos, la cárcel, las radiodifusoras de la ciudad y otros centros, la multitud continuó su recorrido por otras calles del centro de la ciudad a los gritos de “arriba la revolución, abajo el gobierno y los godos asesinos …”, arremetiendo a su vez de una forma agresiva contra el comercio y contra algunas propiedades que pertenecían a miembros del partido conservador. Apenas conocida la noticia de la muerte de Gaitán, varios negocios comerciales fueron objeto del saqueo y la destrucción. Ya bien entrada la tarde, fueron saqueadas todas las ferreterías, como una forma de armarse de todo lo que tuviera peso; también los estancos, de donde se llevaron todo el aguardiente con quina, ron blanco costeño, para con el licor los enardecidos manifestantes, sin otro objeto que la venganza pretendían protestar contra el Gobierno y el Partido Conservador.
Además del saqueo al comercio y los intentos de toma de algunas oficinas públicas, se atentó contra la vida y bienes de varias familias de filiación conservadora, hechos que reafirmaron aún más el carácter anticonservador de la protesta, develando a su vez cómo, mientras una gran mayoría salió en protesta por la muerte de Gaitán, otros aprovechándose de la situación de desorden reinante y valiéndose de cierto liderazgo dentro de la muchedumbre, la indujeron contra enemigos personales como una forma de ajuste de cuentas.
Fue así como en las horas de la noche se causaron destrozos materiales en la residencia de algunos conservadores arrojando tacos de dinamita que causaron heridas a algunos moradores. En situaciones confusas varias personas resultaron muertas, entre ellas el cantinero del bar “Miramar” y un pesero llamado Agustín Plata. A ello se sumaron los numerosos heridos que se presentaron por diversas circunstancias, como riñas, o los que quedaron de los dispararon provenientes de varios vehículos a gran velocidad, como la llamada “camioneta fantasma” que disparaba a diestra y siniestra. Varios heridos más quedaron tendidos a lo largo de la carrera 15, desde el Teatro Colombia hasta la plaza del mercado, sin contar con los muchas más que quedaron en otros sitios de la ciudad.
La cabeza de Higinio Bretón, con su barba rubia y simpática fisonomía, estuvo más de un año pudriéndose expuesta en lo alto de un palo enterrado en el centro de la plaza central de Bucaramanga. En los primeros días de noviembre de 1834, el parque García Rovira era un terreno amplio (sin hoy sus imponentes palmas), donde en los días de mercado se extendían numerosas carpas.
En el espacio que ocupa en la actualidad la estatua de Custodio García Rovira, fue clavada una vara con la cabeza del último hombre condenado a muerte en Bucaramanga. “La ejecución de don Higinio fue un acontecimiento que dejó envuelta a la población en completo pavor por muchos días; pocos se atrevían a cruzar la plaza después de cerrada la noche…”, describió José Joaquín García, el primer cronista bumangués, en su libro de relatos, publicado en 1896.
La decapitación de Higinio Bretón fue el episodio final de una larga ceremonia para ejecutar la sentencia de pena de muerte por hechos que se iniciaron a la una de la mañana del 31 de octubre de 1834: a esa hora, en la casa contigua a la Capilla de los Dolores, (hoy calle 10 No. 35-30) donde residía el párroco de Bucaramanga, Eloy Valenzuela Mantilla, se escucharon ruidos extraños, sonidos que llevaron a que Higinio Bretón perdiera literalmente su cabeza; el Dr. Valenzuela era una hombre muy querido por la sociedad, tanto, que hasta Simón Bolívar lo buscaba para dialogar con él al calor de un espumeante chocolate santandereano; “en octubre de 1834, el cura Valenzuela firmó su testamento y repartió sus bienes.
No obstante, se creía que los baúles de su casa estaban llenos de dinero, explica Armando Martínez.
“Los hermanos Higinio y José Ignacio Bretón, creyeron tales habladurías, y armados de una lanza y un cuchillo saltaron la pared del solar de la casa cural; el sacerdote dormía en una hamaca en la pieza derecha de la sala de la vivienda; los asaltantes esculcaron algunos muebles y recogieron algunos objetos de valor, pero con la mala fortuna que el cura se despertó; aquellos hombres, al ser reconocidos por el Párroco y cegados por la pasión, temiendo ser descubiertos, sin detenerse ante la presencia de aquel anciano que les rogaba que no lo asesinaran, hundieron sus armas en el cuerpo de la inocente víctima y huyeron…”.
Herido de muerte, el cura, Eloy Valenzuela Mantilla, de 78 años, apenas tuvo aliento para llamar a Ambrosio García, un niño que dormía en la pieza contigua. Y éste alertó a los vecinos. “El cura falleció a las tres de la mañana, sobrevivió unas horas desangrándose, recibió los santos sacramentos; prefirió no delatar a los criminales, y expiró”. La muerte del cura llenó de consternación, no sólo a Bucaramanga, sino a las poblaciones vecinas, la confusión fue total. Las autoridades ofrecieron la suma de $200 por información sobre los autores del crimen, y $100 adicionales si al mismo tiempo eran capturados, el dinero se pagó.
El Presidente de la Academia de Historia de Santander, Armando Martínez, manifiesta que, en el sitio conocido hoy como “La Perla” de la UIS, se levantaba una fonda de arrieros. Cerca de este lugar un hombre vio a Matías Bretón esculcando un hoy, donde después se encontraron algunas alhajas del Cura Valenzuela. Con esta pista, a los dos días de la muerte del párroco, las autoridades determinaron que Higinio y José Ignacio Bretón eran los autores materiales del homicidio.
El proceso judicial lo asumió el Juzgado Superior, localizado para entonces, en Girón. El defensor de los hermanos fue claro y directo con ellos, les dijo que, la sentencia sería la muerte para los tres. No obstante, una artimaña jurídica hizo que solamente Higinio pagara con su vida el crimen del cura; José Ignacio fue sentenciado a diez años de prisión en Cartagena, allí murió de una puñalada. Higinio fue condenado a morir frente al pelotón de fusilamiento, porque se cree que la falta de un verdugo hizo que no se utilizara el método del garrote. La víspera de la ejecución, Higinio hizo llamar a la casa municipal a los parientes del fallecido cura Valenzuela.
“Arrodillado les pidió perdón, Fray Nepomuceno Ordóñez lloró conmovido ante este espectáculo desgarrador; Higinio murió a escasos 20 metros de la habitación donde dio muerte al cura (en ese cuarto funcional hoy el Centro de Servicios de los Juzgados Administrativos de Bucaramanga). Los relatos de la época advierten que Higinio pidió un vaso de vino, luego de darle una vuelta al entorno del parque. Con paso firme se dirigió al banquillo, al sentarse palideció un poco; los encargados de la ejecución le vendaron los ojos, unos instantes después sonó la descarga y las campanas de San Laureano anunciaron que el fallo de la justicia se había cumplido.
El cadáver de Bretón fue entregado a un hombre llamado Juan Galán para decapitarlo y cortarle la mano derecha, que fue clavada en la puerta de la casa del padre Valenzuela, mientras su cabeza fue colocada en una jaula amarrada a lo alto de un palo enterrado en el centro de la plaza central de Bucaramanga, (hoy, parque García Rovira), donde permaneció por espacio de un año, de vez en cuando caían mechones de su cabello, hasta que un día desapareció sin saberse quién retiró la horrenda calavera.
La aplicación de la pena de muerte es tan antigua, como la misma civilización. Convertida en la sanción más grave y antigua de la historia, es aún hoy objeto de debates y discusiones. Mientras unos aseguran que es un mecanismo para disuadir a los criminales potenciales y mejorar la moral de una población, otros advierten que es un atentado a los principios fundamentales de los derechos humanos. Una investigación del historiador y abogado de la UIS, Héctor Hernández Velasco, determinó que en el país fueron ejecutadas cerca de 123 personas, hasta 1910, cuando se eliminó este castigo de la Constitución Política.
(Juan Carlos Gutiérrez, Vanguardia Liberal)
Amnistía Internacional denunció que en el año 2005, 2.148 hombres fueron ejecutados en 22 países en aplicación de la pena capital. China lidera la lista de naciones (1770), seguida por Irán (94), Arabia Saudita (86) y Estados Unidos (60). Las muertes en China (de las que se presume superan las 8 mil), se han llevado a cabo por fusilamiento o inyección letal; en Arabia Saudita, con la decapitación; en Irán, mediante el ahorcamiento o lapidación, y, en Estados Unidos, con la electrocución o inyección letal.
Pero, en 1834, según el historiador, Héctor Hernández Velasco, se utilizaba el método del garrote: “Se trataba de un torniquete de hierro que se colocaba en el cuello, se apretaba dándole vueltas; el condenado fallecía por asfixia mecánica. Generalmente se utilizaba el fusilamiento cuando faltaba el verdugo”. La pena de muerte se aplicaba esencialmente para delitos como traición a la patria en guerra extranjera, parricidio (muerte dada a un pariente próximo, especialmente al padre, la madre o hermanos), asesinato, incendio, asalto en cuadrilla de malhechores (concierto para delinquir), piratería (asalto a los bancos) y algunos delitos militares.
El condenado llevaba un vestido especial, de acuerdo al delito: si se trataba de un asesino, debía portar una túnica blanca ensangrentada. Si era un parricida, la túnica, además de contener manchas rojas, estaba pintada con un gallo y una víbora... “Se trataba de un ritual copiado del imperio romano. A los parricidas los envolvían en un costal, les echaban una serpiente y un gallo y los lanzaban al río”, precisó Hernández Velasco.
Si le correspondía a un incendiario, la persona iba con una cadena al cuello, descalza, con las manos atadas a la espalda y una túnica pintada con llamas. En el lugar de la sentencia se colocaba un cartelón con letras grandes y legibles, donde se leía el nombre del condenado, la patria, su vecindad, el delito cometido y la pena que se imponía. Se le nombraba un capellán para que le administrara los Santos Óleos, era una especie de curador del alma, la Iglesia buscaba el perdón del crimen cometido.
(Juan Carlos Gutiérrez, Vanguardia Liberal)
La percepción generalizada de los bumangueses es que las fortunas alcanzadas con esfuerzo y trabajo están hoy presentes en algunas empresas tradicionales y otras surgidas a pulso en los últimos años por la dedicación de algunos empresarios e industriales; pero, paralelas a ellas ingresó a la economía local una generación de fortunas, cuyo origen es ilícito. La tranquilidad de la ciudad para vivir, su ubicación estratégica como ciudad fronteriza y el fuerte comercio, favorecen el ocultamiento de esos dineros.
Aunque las autoridades locales se nieguen a admitirlo de manera abierta y pública, es un hecho que en Bucaramanga la cultura mafiosa, comúnmente conocida como “traqueta”, penetra cada vez más a la comunidad. Así lo confirman la transformación y cambios de hábitos de consumo sufridos por sus habitantes en los últimos años, en sectores que van desde la construcción, hasta el turismo, el comercio y en manifestaciones de poder protagonizadas a diario por hombres y mujeres jóvenes de poco reconocimiento social.
Son los nuevos “ricos” de Bucaramanga, en cuyo seno se abriga un círculo de personas, algunas con estrechos nexos con el paramilitarismo, pero en su gran mayoría vinculados al comercio y el contrabando, en estrecha relación con las esferas del Gobierno
El primer campanazo de esta situación la dio la Fiscalía General al comenzar el más agresivo proceso de extinción de dominio que se conozca en la capital de Santander, dirigido contra 35 predios de propiedad de presuntos narcos bumangueses; el primer nombre pronunciado fue el de Jhon Horacio Rueda, conocido hasta ese momento en la ciudad como un comerciante en joyas y empresario de espectáculos , como uno de los presuntos responsables de la sospechosa maquinaria “traqueta”, pues varios de los inmuebles procesados eran suyos. Un año mas tarde, la Dijín, en asocio con la Policía le confiscó a Rueda cinco bienes inmuebles en sectores exclusivos del Área Metropolitana. Ese hecho, es el punto de partida para despejar varias dudas sobre la real presencia de bandas de traquetos y narcos en Bucaramanga.
El nombre de “traquetos” proviene de la onomatopeya o sonido del “tra” “tra” “tra” producido por las armas automáticas al disparar, como las ametralladoras. En Bucaramanga asegura inteligencia de la Policía, el lavado de activos se da también en gran medida por grupos paramilitares, que tratan de legalizar su dinero en el mercado local, sobre inversiones en negocios, joyerías y boutiques, finca raíz, ganadería y construcción; el dinero que se lava corresponde a actividades del narcotráfico, en el sur de Bolívar, y al robo y venta de gasolina en el Magdalena Medio y Norte de Santander.
Las características de los “traquetos” son: Trafican con drogas y gastan considerables sumas de dinero para comprar bienes o inyectar capital a determinadas empresas; sus medios de transporte son lujosas camionetas y carros; la gran mayoría de los “traquetos” de hoy son jóvenes a quienes les gusta la buena vida y estar en compañía de mujeres bellas, aunque tratan de mantener un bajo perfil para dificultar la identificación de su identidad.
La última generación de narcos, la de los “traquetos”, presentes hoy en B/manga y el departamento, utilizan nuevas formas de legalizar sus capitales:
1) Se valen de testaferros, y en algunos casos de determinados empresarios que ya tienen negocios legalizados, pero con grandes deudas, para inyectarles considerables capitales.
2) Su fin es vivir bien, con un perfil bajo. Por esta razón en ocasiones pasan desapercibidos entre la sociedad;
3) Contratan asesores y se apoyan en profesionales de diferentes áreas para orientar mejor sus negocios.
(Carlos Ibarra, Vanguardia Liberal)

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Escritor y Catedrático - Bucaramanga, Colombia
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