Stefan Zweig, uno de los biógrafos más notables del siglo veinte escribió en su libro “Curaciones por el Espíritu” una trilogía muy documentada sobre Mary Baker Eddy, Sigmund Freud y Franz Antón Mesmer, personajes que en el siglo pasado se distinguieron por sus curaciones mediante la fe. El libro de Zweig se destaca entre los miles que se han escrito sobre ese tema.
Nuestra vida no tendría significado sin la fe. La palabra “agnóstico,” equivocadamente la referimos a una persona carente de creencias religiosas. Agnósticos no existen; aunque el agnóstico no crea en un dios providente, que la razón le dice que no puede existir, pero la fe nos dice lo contrario, el agnóstico, de cuando en cuando se hace la señal de la cruz por atavismo, tiene fe en un jabón que lo libra de microbios o en una medicina que mejora su salud, y sabe que una microscópica semilla, al introducirla en la tierra junto con unas gotas de agua, puede producir una gigantesca Ceiba, y que en esa maravillosa metamorfosis está presente un poder divino, un dios aún desconocido, que nos llega desde los principios del Big Bang.
El dios de los cristianos, si consideramos la edad que le calculan a nuestro planeta, es un recién nacido. Sin embargo, en su corta existencia ha producido millones de curaciones a través de sus emisarios en Fátima o Chiquinquirá, o con el innumerable santoral que el vaticano ha elevado a los altares. Aunque los beneficiados con el milagro se niegan a aceptarlo, no es el santo invocado quien lo produjo, sino la fe con que el peticionario imploró su ayuda.
Sin la fe, el mundo económico sería el caos. El antiguo sistema del trueque, mediante el cual se cambiaban corderos por mujeres, granos de cacao por aguacates y posteriormente por discos de oro, plata o cobre, hoy se reemplaza por unos papeles llamados billetes con los cuales solucionamos nuestras necesidades de comida, vivienda, vestuario y sexo, pues tenemos fe en el valor de los números impresos en ellos, la mayor demostración de fe o ingenuidad del ser humano.
Los publicistas, unos profesionales que han existido desde que el mundo es mundo, como Pablo de Tarso, Jesús o Mahoma, y que la modernidad se ha encargado de perfeccionar, son los apóstoles de la fe, al hacernos creer que lo que anuncian es lo que más nos conviene, pero el colmo de la fe es creer que en una oblea fabricada con trigo candeal, nos estamos comiendo el cuerpo y la sangre de un señor que murió crucificado hace dos mil años. Eso sí es fe.