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LA LECCIÓN DE UN ESQUIMAL

Llevaba yo treinta días en marcha sobre el hielo, en compañía de una pequeña familia de esquimales; la prolongada marcha, el viento y un frio de 20º bajo cero y la primitiva mentalidad esquinal habían hecho aquel viaje el más penoso de mi vida. A veces me parecía que el destino colaboraba maliciosamente en nuestra lentitud: hoy era la tormenta de nieve que nos forzaba a permanecer encerrados en el iglú; mañana era el extraño capricho de mis compañeros que, desdeñando la invitación del buen tiempo, propicio a la continuidad del viaje, se dedicaban parsimoniosamente a construir un nuevo iglú.

En repetidas ocasiones había preguntado al jefe de la familia: “Cuántos días nos faltan para llegar a la Tierra del Rey Guillermo?”; nunca me contestaba en forma directa. A los esquimales no les gustan las preguntas, les parecen faltas de educación. “Solamente a hombre de la raza blanca se les ocurre preguntar esas cosas”, me respondió un día en forma irónica; además, el esquimal es enemigo de comprometerse. Si, por ejemplo, se le pregunta, “¿qué tal día hará mañana?”, responde cortésmente, “Mauna”, (no lo sé), aún cuando pueda pareceder con relativa certeza el tiempo que hará el día siguiente; su razonamiento íntimo parece ser el siguiente: “Qué voy a contestar?; si acierto, nada gano; en cambio si yerro, paso por un tonto”.

Aquel día seguimos avanzando mañana y tarde sobre el helado mar, deteniéndonos únicamente para desenredar los tirantes de los perros o encender una pipa. Vimos tierra y pensamos que tal vez íbamos a alcanzarla. Pero, cuando ya aleteaba en nosotros la esperanza, se levantó el viento y la tierra desapareció, tras fantásticos remolinos de nieve, en la desesperante negrura de la nada.

Volvimos a detenernos; tranquilamente, sin apresuramiento, con esa especie de mundana cortesía que tiene el esquimal cuando se enfrenta con la vida y el destino. Ohudlerk, el padre de familia, charló con su esposa y con su hijo. Incapaz de soportar mi desaliento y mi cansancio, volví a preguntar: “Y ahora, ¿cuándo cree usted que llegaremos a los dominios del Rey Guillermo?”. Nunca sabré si fue porque se le acabó la paciencia o porque se consideró irremediablemente aludido: se volvió a la mujer y los ojos de ambos se consultaron silenciosamente. Tras aquella muda consulta me miró y con el tono leve e indiferente que usan los esquimales, cuando la prudencia corre en ellos pareja con el miedo, respondió: “¡No andan los perros tan bien como usted quisiera!”.

El silencio reinó entre nosotros; los perros habían vuelto la cabeza y me miraban, como si hubieran entendido la lección. La mujer y el hijo fingían estar atareados, pero yo sabía que su atención estaba fija en mí. En aquel instante todo parecía haberse detenido. Los esquimales saben dar esa sensación en los momentos de intensidad, tienen un método para hacer pesar el silencio. ¿Quedaría la cosa así?: No, yo había ido demasiado lejos. Como si no acertara a deshacerse de sus dudas, el esquimal, mirándome fijamente, dijo por fin: “¿No es bastante bueno nuestro trineo?; ¿acaso no se alegra usted de que la nieve siga cubriendo el mar mientras continuamos nuestro viaje?; no corra tras la vida, que ésta nunca se detiene entre mas corra usted, ella mas avanza“; ¿Para qué apresurarse?, ¿dónde está ese lugar al que siempre está usted queriendo llegar?, ¿por qué le inquieta a usted el futuro, si el presente es maravilloso?”.

Se me quedó mirando fijamente; en los ojos se le leía una profunda turbación. La sencillez de la edad de piedra y la sabiduría del Oriente me miraban, tratando de entenderme…, o mejor tratando de hacerse entender. Súbitamente comprendí lo que aquellos ojos me trataban de decir: ¿Para qué correr tras el destino, si podremos no llegar jamás?

Aquel día, Ohudlerk me dio una lección que nunca he olvidado: en mi febril preocupación por el mañana, había desestimado el hoy. Su presencia me trajo a la memoria estas palabras que alguien me había dicho: “Pensar en lo pasado es lamentarlo; pensar en lo futuro, es temerlo”; “No incurras en la locura de sacrificar el presente al porvenir, porque ello equivaldrá con frecuencia a trocar lo que es, por lo que no ha de ser; ¿acaso no es lo presente la única realidad inteligible?

Corremos los caminos de la vida sin enterarnos del paisaje. Alguien ha dicho: “El lujo consiste en tener tiempo para detenerse a meditar”. Los esquimales se paran cuando les place, aunque su mañana esté tan preñado de amenazas de hambre y muerte como el nuestro. Cuando llega la última hora los encuentran felices, en lo presente, y se van con ella sin pesar.

En aquel viaje por el Ártico, los ojos de Ohudlerk me hicieron comprender toda mi pobreza de espíritu. Desde entonces he aprendido a enriquecer cada uno de mis días, como si no existiera el de mañana. Nada de lo que me traiga lo futuro, puede trocarse por lo que tengo hoy.

Una vez en Vancouver, ya terminada mi aventura, me sorprendí caminando apresuradamente hacia el hotel, como si no tuviera tiempo para perder. Repentinamente me detuve en medio de la calle; las bocinas sonaban a diestra y siniestra, los coches avanzaban en todas direcciones, corrían los transeúntes como si escapasen de un incendio, pero yo me había liberado de ese mal moderno de la prisa. Era algo así como si Ohudlerk, parado frente a mí, en la mitad de la calle, me mirase con aquella mirada sabía y antigua, curiosa y asombrada, preguntándome si los perros no andaban bien y si la nieve no era un don de los cielos. Y me eché a reír. “¡Qué tontos somos!”, pensé, y lo sigo pensando.

(Gontran de Poncins, Revista Selecciones)