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MOMENTOS DE EFERVESCENCIA Y CALOR

En Santafé de Bogotá, villorrio apacible por aburrido, remoto y casi inaccesible, frío, situado por poco en un páramo, lejos del mar y por ello mismo condenado a no participar del mundo cosmopolita; allí, el 20 de julio de 1810, ocurre una gresca callejera más bien bochornosa, más llena de patanería que de heroísmo. Evidencia de cuán singulares son los cursos de la historia, es el hecho de que, décadas después, esa refriega será celebrada en gloria cada año por toda una nación, la misma que hoy está celebrando el bicentenario de su ocurrencia.

Esa nación llegó a la mencionada fecha en un momento especial de su historia. 200 años de vida han sido testigos de la superación de infinidad de dificultades, y de la persistencia de un proyecto nacional que muchos encuentran inexplicable, por su presunta carrera de raíces históricas, por el carácter poco rutilante de su origen, y sobre todo, por el sinnúmero de factores que juegan en pos de la división: no en vano Colombia es un país cuya geografía, quebrada y atravesada por obstáculos, dificulta la comunicación entre poblaciones y entre regiones, y por lo tanto hace casi ilusoria la unidad; no en vano ha sufrido el país numerosos conflictos de armas; no en vano sus gentes han sucumbido de cuando en cuando al sectarismo y a la intransigencia. Todo parece hallarse en contra del propósito de vivir como nación. Y sin embargo el milagro, que tan sólo lo es en apariencia, se muestra en la realidad inobjetable de un país que supera las dificultades una tras otra, y que persiste en una marcha hacia el progreso que tal vez no sea uniforme, pero de cuya dirección es difícil tener dudas.

Y un proyecto nacional se consolida, se alimenta, se revitaliza y se reanima mediante la reflexión. Por eso, mal haría Colombia en dejar “escapar esta ocasión única y feliz”, palabras que se atribuyen a José Acevedo y Gómez, uno de los protagonistas de la jornada del 20 de julio. Es una “ocasión única y feliz” para reflexionar sobre el valor de la unión y los peligros de la división; para considerar lo que hemos aprendido en una historia que, en parte por dolorosa, es una fuente prolífera de enseñanzas.

Y aún cuando en principio estoy en contra de la glorificación artificial de los sucesos históricos, y de las tentativas de utilizarlos para infundir “orgullo nacional”, considero que en la celebración del bicentenario hay suficientes elementos objetivos que permiten fundamentar un sentimiento de regocijo: un orgullo sosegado, crítico y moderado. Y tal vez por ello más duradero. Veamos por qué esto es posible:

Ni glorificación artificial, ni crítica estéril

La valoración de los episodios históricos suele estar afectada por la tendencia a ir hacia los extremos. Tal cosa suele empezar con las versiones glorificadoras, generalmente motivadas por un propósito político. Así, de los sucesos, y en particular de los protagonistas, se erigen imágenes de perfección, de abnegado heroísmo patriótico, de dramatismo, e incluso de una pureza personal para nada propia de los seres humanos.

Los hechos, que normalmente no son más que sucesiones desordenadas de acontecimientos, asemejan entonces los momentos cumbres de un drama operático. Y los protagonistas, quienes no son más que seres de carne y hueso, son convertidos en arquetipos dignos de veneración. (…) Las epopeyas quedan reducidas a indecentes conjuras, y los héroes caen al nivel de malvados con suerte” (en palabras de Voltaire).

De este destino pendular no ha escapado el 20 de julio de 1810. No hace falta repetir cuán solemne fue su presentación como jornada de independencia y heroísmo. (….) La reacción no fue menos vigorosa (..), españoles peninsulares y españoles criollos, y en manera alguna serían luchas liberadoras de una nueva nación. ¿Y qué de los próceres, los “héroes” del 20 de julio?: criollos mezquinos y codiciosos, esclavistas, arribistas, racistas, prestos a presumir de un supuesto origen noble, que no tenían en mente ideales de libertad e igualdad, y solo aspiraban a que se les dejase participar del sistema de privilegios de los peninsulares. Además tramposos, tanto como para timar al inofensivo Llorente (dueño del florero) y valerse de su engaño para propiciar un tumulto, en el cual el inocente peninsular salió bien magullado.

(…..) Buena parte de los críticos de nuestra era de emancipación, cuando quieren resaltar sus carencias y sus defectos, la comparan con un proceso más o menos contemporáneo, en el cual aparentemente ven excelencia: la independencia de EE.UU y la promulgación de su sublime carta constitucional. Pero estúdiese ese proceso un poco más allá de la superficie, y lo que se hallará dista mucho de la virtud pura: próceres envidiosos, que tramitaban sus rivalidades mediante el engaño, la infama y la mentira; legisladores y constituyentes poseídos por la codicia, y concentrados sólo en sus intereses personales; advenedizos, jugadores, seductores, aventureros; el gran Thomas Jefferson, esa luminaria del liberalismo y de la revolución, fue un hacendado esclavista que hacia aprovechamiento sexual de su señorío.

La unión norteamericana se logró tras grandes luchas contra fuerzas que apuntaban hacia la división, y en virtud de aquel logro se aplazó deliberadamente la cuestión de la esclavitud, institución totalmente incompatible con los principios liberales. Y nada de esto… obsta para reconocer a la revolución norteamericana como uno de los momentos cruciales de la evolución humana, y a su Constitución como una obra magistral del arte jurídico.

Del mismo modo, ninguno de los innumerables defectos e imperfecciones que se aprecian en la jornada del 20 de julio, ni en los momentos posteriores, algunos fascinantes, otros vergonzantes al extremo, obstan para reconocer en este momento el primer ímpetu constituyente de nuestra nación. Se puso la primera piedra de nuestra tradición constitucional y civilista, a la cual considero como el más valioso elemento de la historia política colombiana. A partir de allí vino un proceso vigoroso y tentativo de formación de Estado, proceso que aún se halla inconcluso. Vinieron varias constituciones, en las cuales hay elementos para destacar y otros que son dignos de rechazo. Y vendría luego una historia donde nuestra mayor contrariedad será la división. Y así, hasta hoy, nuestro país ha luchado contra la desintegración, y lo ha hecho con éxito, aferrado a su tradición de gobierno constitucional y civil.

Pedir más al 20 de julio seria como pedir al niño que empieza a caminar que marche a paso de ganso. No nos desgastemos en la crítica improductiva: seamos conscientes de cuán imperfecta es la realidad humana, pero aprovechemos este momento para reflexionar sobre cuánto nos ha costado permanecer unidos, pero cuan provechosa nos ha sido la unidad.

(Andrés Mejía Vergnaud, Ámbito Jurídico)