DICCIONARIO FILOSÓFICO DE VOLTAIRE

ALBERTO SOLÓRZANO NÍGER - Valparaíso, Chile
Francisco María Arouet, universalmente conocido bajo el anagrama de VOLTAIRE, nació el 21 de noviembre de 1694, en París. Su padre había sido notario de Chátelet y gozaba de una posición económica muy holgada. Margarita d·Aumard, su madre, fue una mujer distinguida, de carácter vivaz e ingenioso, aunque de costumbres bastante ligeras, como se estilaba en la sociedad de su tiempo.
La infancia y la juventud de Voltaire se desarrollaron bajo el patrocinio y la protección de su padrino, Francisco de Castagner, abate de Cháteauneuf, quien, no obstante su condición eclesiástica, pertenecía la renombrada sociedad de ingeniosos, escépticos y libertinos, que tenían como centro a la famosa cortesana Nipón de Lenclos. Bajo tan esenciales influjos se fue formando el espíritu del joven Voltaire. Su natural satírico recibió en ese medio tal estímulo, que al poco tiempo era un dechado de mordacidad y desenfado, de ingenio maligno y falto de escrúpulos.
A los diez años ingresó en el Colegio de San Luis el Grande, dirigido por los jesuitas, donde cursó con notable provecho las humanidades de su tiempo. Reveló condiciones literarias tan brillantes que sus profesores, a despecho de su carácter rebelde e irreligioso, vigilaron por espacio de siete años su formación intelectual, augurándole un brillante porvenir en las letras. En el colegio trabó amistades muy sólidas con hijos de poderosas familias de la nobleza, que luego le fueron útiles en sus múltiples cuestiones con las autoridades.
Los años que siguieron a su salida del colegio jesuítico fueron particularmente turbulentos. Su padre intentó hacerlo seguir la carrera de leyes, y como Voltaire perdiera el tiempo en salones y teatros, lo puso bajo el látigo del embajador francés en La Haya, en calidad de paje. Cometió allí tales calaveradas que fue devuelto a su padre, quien, desesperado, pensó en medidas extremas y terminó poniéndolo de amanuense en un despacho del Procurador.

Mientras tanto, el abate de Cháteauneuf, su padrino, lo guiaba por otras sendas más gratas a su temperamento y a su ingenio. Lo introdujo decididamente en la Sociedad del Temple, especie de mentidero literario y político de alto vuelo, donde todos tenían a gala ser escépticos, ingeniosos, sin escrúpulos morales, ni religiosos y, sobretodo, mordaces. Voltaire pudo desplegar allí toda la fuerza de su desenvuelto carácter, cultivando la poesía dramática e iniciándose con más éxito.
En efecto, como resultado de un concurso poético en el que no fue favorecido, comenzó a escribir composiciones de aquel carácter, contra colegas al principio, luego contra personajes de la Corte, finalmente contra el propio regente del reino. A los 20 años, luego de muchas reprimendas y de un destierro de París, Voltaire ingresaba en la Bastilla, donde estuvo encerrado por espacio de once meses. Allí escribió otras obras de menor vuelo, su famoso poema La Henriada. Reconciliado con las autoridades, aunque no muy seguro de caer nuevamente bajo sanciones penales, viaje durante tres años por diversos castillos de Francia, donde es recibido como el señor de las letras que es, y luego por Bélgica y Holanda, donde advierte y reflexiona seriamente, por primera vez, sobre los beneficios del comercio.
De vuelta a su país en 1722, se dedica por entero al teatro y a las musas con éxito, aunque con beneficio económico. Hereda de su padre mil doscientas libras de renta, goza de dos pensiones de la corte, es tan estimado, como temido. La gloria y la fortuna parecen reconciliadas con él para siempre. Entonces se produce el desgraciado incidente con el caballero de Rohán, del cual sale Voltaire apaleado, humillado, encarcelado y finalmente desterrado a Inglaterra.
Este viaje es capital en la historia de las ideas de Voltaire; mediaba el año de 1716. En Inglaterra el poeta es recibido con todos los honores por la intelectualidad insular. Cultiva las letras y la sociedad, pero estudia y se adhiere al empirismo de Locke, al deísmo de los librepensadores y a la física de Newton. Fueron tres años de intenso y fecundo aprendizaje que maduraron el pensamiento de Voltaire, dándole una firmeza doctrinaria y una orientación filosófica de que hasta entonces carecía. Producto de estos estudios y de tales relaciones, fueron las Cartas Filosóficas, una de las obras capitales, en su género, escritas en francés. También escribió allí, aunque publicó en Francia, su tragedia Brutus y su conocida Historia de Carlos XII.
A principios del año 1729 en que Voltaire se reincorpora a la sociedad parisiense, comienza la época de madurez intelectual del publicista. Reconciliado con la corte, metido en negocios, no del todo recomendables, aplaudido y temido, escribe y representa varias tragedias e innumerables epístolas y madrigales.
La publicación clandestina de sus Cartas Filosóficas lo pone una vez más en entredicho y se refugia en el castillo y en los brazos de la marquesa de Chátelet, mujer ingeniosa, culta y apasionada, que será su amante y su ángel tutelar por espacio de trece años.
Para ella escribe varias obras de filosofía y numerosos ensayos literarios, especialmente el Ensayo sobre las costumbres, con que se inicia la filosofía de la historia. Pero, ni las empeñosas gestiones de madame Chátelet, ni las obras escritas en desagravio del monarca, ni el favor de la Pompadour, lograron inclinar el ánimo de la corte hacia él; y Voltaire debió partir de Francia hacia Prusia, el 18 de junio de 1750, sino desterrado, tampoco retenido, lo que lastimó más su vanidad. En Potsdam fue recibido, como si fuera un semidiós, por el ilustrado y liberal Federico el Grande; lo colmó de honores y de dinero a manos llenas, lo convirtió en el centro de una sociedad de literatos, hombres de ciencia y estadistas y lo trató de igual a igual. Pero Voltaire tiene un carácter incorregible y se querella con todos los que forman el círculo áulico.
El monarca prusiano se hastía de tanta mezquindad, y cuando Voltaire extrema sus sátiras y sus injurias contra Maupertuis, presidente de la Academia de Ciencias de Berlín y uno de los sabios, más considerados de su tiempo, recibe una desdeñosa autorización para que abandone la corte alemana.
Tres años pasó Voltaire en Berlín, donde su prestigio se hizo universal. No escribió allí ninguna obra de importancia, aunque hizo imprimir todas las anteriores, incluso las prohibidas en Francia y especialmente su Siglo de Luís XIV. Pero su experiencia del mundo y sus conocimientos científicos se ampliaron enormemente al contacto con los sabios y los literatos que se sentaban a la mesa del gran Federico. Su convicción antirreligiosa se afianzó y se precisó. A los sesenta años era un patriarca escéptico y mordaz que tenia a la Europa culta pendiente de su pluma, pero a cuyo lado nadie se sentía seguro.
Cerradas para él las puertas de las dos únicas cortes donde podía vivir, Voltaire decide instalarse en Suiza. Compra las tierras de Ferney, fronterizas con Ginebra, aunque francesas, y en ellas se instala para siempre. Este ocurre en 1755, y durante veintitrés años el glorioso anciano trabaja en su retiro, goza en él y en él reina. Mientras atiende sus intereses y se ocupa del pequeño mundo que bulle a su alrededor, escribe sin descanso: tragedias, poemas, ensayos, páginas polémicas y de crítica literaria. Rehabilita la memoria de Calas, protesta contra el suplicio aplicado al caballero de Le Barre, aboga por la liberación de los siervos del Jura, combate la brutal legislación penal de su tiempo y los continuos abusos de las autoridades. Y por encima de todo mantiene una correspondencia epistolar sin ejemplo, quizás lo más fino, personal y valioso de la obra escrita de Voltaire.
Cargado de gloria y de achaques, Voltaire se dejó convencer y el 10 de febrero de 1778, entraba en París tras 27 años de ausencia; el recibimiento que le hizo la capital de Francia fue superlativo: una apoteosis, un frenesí; nobles y plebeyos, instituciones oficiales y círculos privados, rivalizaron en rendirle honores. La Academia lo nombró su director, en la Comedia fue coronado. Para cerrar este arco triunfal se encontraron un día Franklin y Voltaire, los padres de la revolución americana y francesa. Pero la muerte asechaba en medio de tantos aplausos y ceremonias. Tras dos meses de dolorosa enfermedad, Voltaire fallece el 30 de mayo de 1778.
Trascendencia de las ideas de Voltaire
Ya hemos apuntado que Voltaire no fue un pensador sistemático. Su pasión por las letras y su vena satírica le impidieron ceñirse al campo de la especulación abstracta y fijar su reflexión en un aspecto del conocimiento. Y si este representante típico de una época que gustaba denominarse a sí misma “de la filosofía”, no fue filósofo, ¿qué fue entonces?; su debilidad fue la poesía épica y el teatro dramático; su genio se manifestó en las poesías ligeras, el epigrama y el género epistolar; su verdadera trascendencia intelectual, por lo que pesa en la historia de las ideas, es por su novedosa concepción de la historia.
La popularidad de que gozó en su tiempo como literato no guarda relación con el olvido casi absoluto en que han caído sus producciones; el fenómeno tiene su explicación: no fue un creador de caracteres, ni un renovador de métodos literarios, se ciñó a los géneros en boga y respetó escrupulosamente los cánones vigentes en su época; interpretó el gusto de sus contemporáneos, que se inclinaban por lo pomposo, lo retórico, lo pseudo-clásico. Por eso, los personajes de sus dramas y tragedias carecen de calor humano, de verdadera resonancia vital.
Como poeta fue elegante, frío, calculador y académico; volvió su vista a los autores antiguos, porque la desarreglada genialidad de Shakespeare le desagradaba. Él está en la línea de Corneille y de Racine sin llegar a su altura. Sin embargo, sus poemas y tragedias gustaban decididamente a sus contemporáneos, a causa de que su espíritu satírico se infiltraba en ellas dándoles un interés circunstancial, que ya no resuena en nosotros. Si Voltaire hubiera vivido en nuestro tiempo hubiera sido un periodista genial.
Si su influencia en las letras ha declinado, si apenas cuenta en la historia de la filosofía como un divulgador apasionado y polémico del deísmo, en cambio, su contribución al pensamiento histórico es capital. El renacimiento había actualizado las formas historiográficas de los antiguos. Los anales, inventados por Tucídides y elevados a género clásico por Tito Livio, habían sido adoptados por los humanistas y regían aún en la juventud de Voltaire. Se buscaba en el relato histórico nada más que composición y arquitectura, cuando más emoción estética.
La corriente erudita que se inicia con los benedictinos de San Mauro y con los bolandistas estaba demasiado pegada al dato menudo, a la minucia documental. Ninguna de estas actitudes satisfizo a Voltaire. El no quería una historia puramente externa, ni un montón de datos inconexos; veía la historia de un estado, como un conjunto orgánico cuyas relaciones íntimas había qué mostrar. Por eso dejó la historia de las guerras, el relato de los sucesos cortesanos y de los conflictos diplomáticos, para investigar la marcha de las finanzas, del comercio, de la religión, del arte, etc, en una palabra, de la civilización.
Otra aportación seria, en el campo histórico, su imparcialidad política y nacional. No se cree obligado a ver en la Francia un dechado de virtudes y en lo demás pueblos, un hatajo de bribones. Todo lo que está de acuerdo con su ideal político, lo aplaude donde quiera se advierte. Su absoluta falta de respeto por todas las autoridades, lo hace un crítico ideal. El Diccionario Filosófico es una prueba patente de que no lo cohíben, ni los padres de la Iglesia, ni los reyes, ni los autores más reverenciados, ni los libros sagrados; al contrario, se complace en señalar los absurdos, las torpezas y las ridiculeces de que está plagada la historia sagrada.
Siente verdadera voluptuosidad en demostrar que “dos y dos son cuatro”, aunque otra cosa digan los exegetas y teólogos más autorizados. Por último Voltaire necesita comparar los distintos pueblos y las diferentes épocas, obteniendo con ello efectos realmente gráficos y atinados. Su Ensayo sobre las costumbres abunda en esta clase de aciertos. De la situación de los judíos en Roma, dice: “Se los miraba con los mismos ojos con que nosotros vemos a los negros”.
A las asambleas de los cristianos primitivos, los compara con las que realizaban en su tiempo los cuáqueros. Y frente a las descripciones desmesuradas que de los hechos del pueblo elegido hace la Biblia, pone la reducida extensión de la Palestina y la pobreza de recursos de sus escasos habitantes.
La historia para Voltaire no es únicamente descripción o comprobación de los hechos, sino interpretación y enseñanza. A esta posición él le dio el nombre de filosofía de la historia, que aún perdura.
EL DICCIONARIO FILOSÓFICO DE VOLTAIRE.
El libro que se da a todos ustedes, apareció por primera vez en Ginebra a mediados de 1764 y en forma anónima. Su publicación desencadenó una verdadera tormenta de odios…, y de intereses. Se sucedieron las reediciones, y aunque Voltaire negó reiteradamente su paternidad, nadie se llamó a engaño. El Diccionario Filosófico es imagen intelectual de su autor.
Sin arquitectura definida, se van tomando en él los tópicos más a propósito para demostrar los errores y el fanatismo de la iglesia, constituyendo el conjunto un breviario erudito y amable destinado a limpiar el cerebro de los hombres de las telarañas teológicas. Una idea central va hilvanando los distintos asuntos: la de que hay un Dios ordenador y una virtud natural: la Razón, que, convertida en Diosa, reverenciarán y agasajarán durante la revolución francesa.
La idea de una obra como la que se ofrece aquí al público nació en la tertulia de Federico el Grande en 1752, recibió su primera forma en 1764, como ya se ha dicho, y fue aumentándose en las ediciones sucesivas, hasta adquirir su definitiva expresión en 1770. A esta edición corresponde la versión que daremos a continuación.
ABAD:- Abad significa padre. Si llegáis a serlo, prestáis un servicio al Estado, hacéis lo mejor que puede hacer el hombre, dar vida a un ser que piensa; hay en el acto de ser padre algo divino; pero si sólo sois abad para que os tonsuren, para llevar una pequeña golilla, una capa corta y esperar un beneficio simple, no merecéis el nombre de abad.
Los antiguos monjes dieron este nombre al superior que se elegía; el abad era su padre espiritual; los mismos nombres, con el transcurso del tiempo, significan cosas muy diferentes. En los tiempos más antiguos, el abad espiritual era un pobre que estaba al frente de otros muchos pobres, pero luego los pobres padres espirituales llegaron a disfrutar de doscientas y cuatrocientas mil libras de renta; actualmente hay pobres padres espirituales en Alemania que tienen a sus órdenes un regimiento de guardias.

El pobre que hace juramento de ser pobre, y que por consecuencia de este voto llega a ser soberano, es intolerable. Las leyes protestan contra este abuso, la religión se indigna, y los verdaderos pobres que carecen de vestido y de alimento, lanzan al cielo gritos de indignación desde la puerta del palacio de abad. Pero oigo que replican los abades de Italia, de Alemania, de Flandes, de Borgoña, preguntando: “¿Por qué no hemos de acumular bienes y hogares?, ¿por qué no hemos de ser príncipes, cuándo sí lo son los obispos?; los obispos eran originariamente pobres como nosotros, se han elevado y se han enriquecido, uno de ellos ha llegado a ser superior a los reyes; le imitaremos, pues, hasta donde podamos”
Tenéis mucha razón; podéis invadir el mundo, que pertenece al más fuerte o al más débil que se apodera de él. Supisteis aprovecharos de los tiempos de ignorancia, de superstición y de demencia, para despojarnos de nuestros bienes y para pisotearnos y para engordar con la sustancia de los desgraciados. Pero temblad cuando llegue el día en que alumbre al mundo la luz de la razón y de la verdad.
ABADÍA:- Abadía es una comunidad religiosa dirigida por un abad o una abadesa. La palabra abad, abbas en latín y en griego, abba en sirio y en caldeo, proviene de la voz hebrea ab, que significa padre. Los doctores judíos adoptaban por orgullo esa denominación; por eso Jesús decía a sus discípulos: “No llaméis padre a ningún hombre en el mundo, porque no tenéis más que un padre, y es el que está en los cielos”.
Aunque San Jerónimo se enfureció contra los frailes de su época, a pesar de prohibirlo el Señor, daban y recibían el título de abad, el sexto Concilio de París decidió que, siendo los abades padres espirituales y engendrando para el Señor hijos espirituales, había motivo para llamarles abades.
Después de publicado el referido decreto, si alguno mereció el título de abad, indudablemente fue San Benito, que en el año 529 fundó en Monte Casino (destruido por acción de la guerra el 17 de febrero de 1944), su regla sabia y discreta, clara y grave. Según la opinión del Papa San Gregorio, todos los benedictinos que mueren en Monte Casino se salvarán. No debe, pues, sorprendernos que dichos religiosos cuenten en su orden dieciséis mil santos canonizados. Los mismos benedictinos suponen que les advierte la proximidad de su muerte un ruido nocturno que ellos llaman el golpe de San Benito.
Debe creerse que este santo abad no olvidará pedir a Dios la salvación de sus discípulos. El sábado 21 de mayo de 543, víspera del Domingo de Pasión, día en que murió San Benito, dos religiosos, uno de los que estaban en el monasterio y el otro lejos de allí, tuvieron la misma visión: se les apareció un largo camino, tapizado y alumbrado por infinidad de hachas, que se extendían hacia el Oriente y llegaba desde el monasterio, hasta el cielo. Un personaje venerable se les presentó, preguntándoles quien era el que había de pasar por aquel camino, y los monjes le contestaron que no lo sabían. Entonces, el personaje venerable les hizo saber que por ese camino el Abad Benito se remontaría al cielo
La orden religiosa que aseguraba la salvación eterna se extendió muy pronto a otras naciones, cuyos soberanos se persuadieron de que era conveniente proteger una institución que les aseguraba un sitio en el Paraíso, y podían conseguir el perdón de sus injusticias y crímenes con sólo hacer donaciones a favor de las iglesias de la orden.
En las Gestas del rey Dagoberto, fundador de la abadía de San Dionisio, situada cerca de París, se refiere, que cuando dicho príncipe murió, fue condenado al juicio de Dios, y que un santo ermitaño, que se llamaba Juan y vivía en las costas del mar de Italia, vio su alma encantada en una barca, y que varios diablos la molían a golpes conduciéndola hacia Sicilia, donde debían precipitarla en los abismos del monte Etna; y que de repente San Dionisio se apareció en un globo luminoso precedido de rayos y de truenos, puso en precipitada fuga a los espíritus malignos, arrancó el alma a los que se habían apoderado de ella y la remontó al cielo en triunfo.
Carlos Martel, por el contrario, fue condenado en cuerpo y alma por haber dado a sus caudillos abadías en recompensa de sus servicios. Aquéllos, aunque eran laicos, usaron el título de abad, así como mujeres casadas obtuvieron más tarde el título de abadesas, y poseyeron abadías hasta las jóvenes solteras. El santo obispo de Lyon, llamado Eucher, estando entregado a la oración, se vio arrebatado en espíritu y conducido por un ángel al infierno, donde vio a Carlos Martel, y supo por el ángel, que los santos que dicho príncipe dio a las iglesias le habían sentenciado a arder eternamente en cuerpo y alma.
San Eucher participó la revelación que tuvo a Bonifacio, obispo de Maguncia, y a Fulrad, primer capellán de Pipino el Breve, rogándoles que abrieran el sepulcro de Carlos Martel para ver si se encontraba allí su cadáver. Abrieron el sepulcro y vieron que el fondo estaba quemado, y que salió de él una gran serpiente entre una nube de humo hediondo.
Bonifacio escribió detalladamente a Pipino el Breve y a Carlomagno todos esos detalles de la condenación del padre, y cuando Louis de Germania, en 858, se apoderó de algunos bienes eclesiásticos, los obispos que se reunieron en la asamblea de Crecy le recordaron en una carta todos los pormenores de esta terrible historia, añadiendo que lo sabían por referencia de ancianos dignos de crédito, que fueron testigos oculares.
San Bernardo, que fue el primer abad de Clervaux, tuvo en 1115 la revelación de que se salvarían todos los que recibieran el hábito de sus propias manos. El Papa Urbano II, en la bula publicada en el año 1092, concedió a la abadía de Monte Casino la jefatura de todos los monasterios, porque en dicho sitio la religión monástica “manó del seno del venerable Benito, como de un manantial de paraíso”.
El emperador Lotario, confirmó esta prerrogativa por medio de un privilegio del año 1137, en el que dio al monasterio de Monte Casino la preeminencia de poder y de gloria sobre todos los conventos que existían o que se fundaran en todo el universo, mandando que los abades y los frailes de toda la cristiandad le honren y le reverencien.
Pascual II, en la bula que publico en el año 1113, dirigida al abad de Monte Casino, se expresaba en los siguientes términos: “Decretamos que tanto vos, como vuestros sucesores, por la superioridad que tenéis sobre todos los abades, tengáis asiento en todas las asambleas de obispos o de príncipes y que deis vuestra opinión o vuestro consejo antes que todos los de vuestra orden”. Habiéndose atrevido el abad de Cluny a calificarse de abad de los abades en el Concilio que se celebró en Roma en el año 1116, el canciller del Papa decidió que esa distinción sólo le correspondía al abad de Monte Casino, y el de Cluny tuvo que contentarse con obtener el título de abad del cardenal, que consiguió luego de Calixto II, cuyo título más tarde se arrogaron el abad de la Trinidad de Vendome y algunos otros.
El Papa Juan XXII, en 1326, concedió al abad de Monte Casino el título de obispo, cuyas funciones desempeñó hasta 1367, en que Urbano V creyó que debía privarle de semejante dignidad, y desde entonces se intitula “Patriarca de Santa Religión, abad del santo monasterio de Monte Casino, Canciller y Gran Capellán del Imperio Romano, Abad de los Abades, Jefe de la Jerarquía Benedictina, Canciller Colateral del Reino de Sicilia, Conde y Gobernador de Campana y Príncipe de Paz”; vive con gran parte de sus descendientes en la pequeña villa de San Germano, situada en la falda de Monte Casino, en un edificio espacioso, en el que todos los viajeros, desde el Papa hasta el último mendigo, encuentran habitación, comida y trato, según su edad y condición.
En 1638 dieron hospitalidad allí a San Ignacio, pero le instalaron en una casa situada a seiscientos pasos de la abadía hacia el occidente; allí fue donde fraguó el proyecto de su célebre instituto, lo que indujo a decir a un dominico que Ignacio vivió algunos meses en aquella Montaña entregado a la contemplación, y que, como otro Moisés, redactó las segundas tablas de las leyes religiosas, que no valen menos que las primeras.
A decir verdad, el fundador de los Jesuitas no fue recibido por los benedictinos con tanta complacencia, como lo fue San Benito cuando llegó a Monte Casino, cuando el ermitaño San Martín le cedió el sitio que ocupaba y se retiró al Mont-Marsique. La relajación de las costumbres que siempre ha imperado en el mundo, y también en el clero, infundió a San Basilio el proyecto en el siglo IV, de reunir bajo una regla común a los solitarios que estaban dispersos en los desiertos para que se sujetaran a una misma ley. Carlomagno, en un escrito que redactó sobre lo que iba a proponer al Parlamento en el año 811, se expresa de esta manera: “Deseamos conocer los deberes de los eclesiásticos con el objeto de no exigirles más de lo que les sea permitido, y para que no nos pidan más que lo que les debemos conceder.
Les rogamos que nos expliquen con claridad qué es lo que ellos llaman “dejar el mundo”, y en qué podemos distinguir a los que lo dejan, de los que permanecen en él; si esta diferencia consiste sólo en que no llevan armas y en que no se casan públicamente; si ha dejado el mundo el que no cesa nunca de aumentar sus bienes por toda clase de medios, prometiendo el Paraíso, amenazando con el infierno, empleando el nombre bendito de Dios o de los santos para convencer a los incautos de que deben desprenderse de sus bienes, privando de ellos a sus herederos legítimos; si ha dejado el mundo el que se entrega a la pasión de adquirir hasta el extremo de comprar, por medio del dinero a testigos falsos para conseguir los bienes ajenos, y el que busca abogados y prebostes crueles, que se interesan en sus negocios y que no tienen temor de Dios”.
Para juzgarse de las costumbres de los clérigos por el discurso que el año 1493 dirigió a sus cofrades el abad Trithemo: “Vosotros, los abades, que sois ignorantes y enemigos de la ciencia de la salvación, que pasáis días enteros entregados a placeres impúdicos, a la embriaguez y al juego, ¿qué cuentas daréis a Dios y a vuestro fundador, San Benito?. Este
mismo abad sostenía a continuación que pertenece de derecho la tercera parte de los bienes de los cristianos a la orden de San Benito, y que si ésta no los posee, es porque se los roban. “La orden es tan pobre en la actualidad –dice el citado abad-, que sólo posee cien millones de oro de renta”.
Trithemo no dice a quién deben pertenecer las otras dos partes de los bienes de la cristiandad, pero como en su época sólo existían quince mil abadías de benedictinos, sin contar los pequeños conventos de dicha orden, y en el siglo XVII, llegaron a contarse treinta y siete mil, es indudable, siguiendo una regla de proporción, que esa santa orden debía de poseer, en la actualidad las dos terceras partes y media de los bienes de los cristianos, si no lo hubiera impedido los funestos progresos de la herejía durante los últimos siglos.
En virtud del Concordato celebrado en el año 1515, entre León X y Francisco I, éste concedió beneficios a casi todas las abadías de Francia, y casi todas las encomiendas las obtuvieron los seculares tonsurados. Este procedimiento, casi desconocido en Inglaterra, hizo decir burlescamente, en 1694 al doctor Gregori: “El buen padre se figura que hemos retrocedido a los tiempos fabulosos, en los que era permitido decir a un fraile todo lo que se quería”.
A los terapeutas judíos sucedieron los monjes en Egipto, que llamaban idiotai: idoit, significaba entonces solitario, pero muy pronto formaron una corporación que indica todo lo contrario de lo que significa la palabra con que los calificaron. Cada corporación de frailes escogió su superior, porque todas las elecciones se verificaban por pluralidad de votos en los primeros tiempos de la Iglesia. Se esforzaban entonces los hombres por adquirir la libertad primitiva de la naturaleza humana, tratando de evitar las trabas y la esclavitud que son inseparables en los grandes imperios.
Todas las sociedades religiosas se escogieron padre o abad, a pesar de que el Evangelio dice: “No llaméis a nadie vuestro padre”. Ni los abades, ni los monjes, fueron sacerdotes en los primeros siglos. En grupos se dirigían a la aldea inmediata a oír misa; estos grupos llegaron a ser muy considerados; según se dice, llegó a existir más de sesenta mil monjes en Egipto. San Basilio, que primero fue monje y después Obispo de Cesárea, en Capadocia, redactó un código para todos los monjes, en el siglo IV. La regla de San Basilio se adoptó en Oriente y en Occidente; casi no se conocieron otros monjes, y éstos se enriquecieron en todas partes, se inmiscuyeron en todos los asuntos profanos y contribuyeron a las revoluciones que estallaron en el Imperio.
Sólo se conocía esta única orden, hasta el siglo VI, en que San Benito instituyó una nueva potencia en Monte Casino. San Gregorio el Grande, asegura en sus Diálogos, que Dios le concedió el privilegio especial de que todos los benedictinos que murieran en Monte Casino se salvarían; como consecuencia de esto, el Papa Urbano II, en 1092, publicó una bula en la que declaró al abad de Monte Casino, jefe de todos los abades del mundo. Pascual II le concedió el título de abad de los abades. Como ya se dijo, se titula Patriarca de la Santa Religión, Canciller colateral del Reino de Sicilia, Gobernador de la Campania, Príncipe de la Paz,etc, etc. Todos esos títulos nada significarían, si no los hubiera sostenido una riqueza fabulosa.
No hace mucho tiempo recibí una carta de uno de mis corresponsales de Alemania, que empieza del modo siguiente: “Los abades príncipes de Rempter, Elvaugen, Eudertl, Murbach, Beylesgaden, Corvey y los demás abades que no son príncipes, disfrutan entre todos de novecientos mil florines de renta, que equivalen a dos millones cincuenta mil libras francesas, de lo que deduzco que Jesucristo no gozó las comodidades de la vida que ellos llevan”. No debo pasar en silencio que, en 1575, se propuso en el Concejo de Enrique II, rey de Francia, erigir en encomiendas seculares todas las abadías de monjes, y conceder estas encomiendas a los empleados de la corte y a los oficiales del ejército; pero como poco después excomulgaron a dicho rey y murió asesinado, no se realizó ese proyecto.
El conde de Argenson, Ministro de la Guerra, proyectó en 1750, establecer pensiones sobre los beneficios a favor de los Caballeros de la orden militar de San Luís. Este proyecto era fácil, justo y útil, pero por lo mismo tampoco llegó a realizarse. Sin embargo, en el reinado de Luís XIV, la princesa de Conti poseyó la abadía de San Dionisio; antes de dicho reinado, los seculares poseían beneficios, y el duque de Sully, que era hugonote, poseyó una abadía.
El padre de Hugo Capeto era rico, por ser dueño de abadías, y le llamaban “Hugo, el Abad”. Se concedían éstas también a las reinas para que sufragaran sus gastos personales. Orgina, madre de Luís de Ultramar, abandonó a su hijo porque éste le quitó la abadía de Santa María de Laon, para dársela a su mujer, Gesberga.
Hubo ejemplos de todo; todo el que pudo se aprovechó de los usos, de las innovaciones, de las leyes derogadas, de los títulos falsos o legítimos, del pasado, del presente o del futuro, para apoderarse de los bienes terrenales, dejando muchas veces a los pobres frailes humildes con las manos vacías y en muchos casos, pereciendo de hambre y de miseria, pero siempre… para la mayor gloria de Dios.
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