Érase una vez un hombre pobre y sencillo; por la noche volvía a casa cansado y de mal humor, mirando con rabia y con cierta envidia a la gente que pasaba en sus carros, mientras a él le tocaba caminar cuadras y cuadras; ellos sí que viven bien ,-se decía para sus adentros-, no tienen ni idea de lo que es sufrir, que tal que tuvieran que cargar con la cruz que yo llevo. El Padre Dios había escuchado una y otra vez las quejas y lamentaciones de aquel pobre hombre, con infinita paciencia. (que es lo más tiene, Dios, ¿no les parece?).
Una noche lo esperó a la puerta de su casa, “¡Ah, eres Tú?, -le gritó el hombre al verlo-; no me vengas ahora con sermones, ni consejos, pues bien sabes lo pesada que es la cruz que pusiste sobre mis hombros”; el Señor lo miró con dulce sonrisa y le dijo: “Ven conmigo, te voy a dar otra oportunidad, podrás hacer una nueva elección”; el hombre, menos malgeniado que antes, se fue detrás del Señor hacia una enorme cueva, llena de cruces: pequeñas, grandes, doradas, de plata, adornada con joyas, lisas, con espinas, en fin, había de toda clase para escoger.
“Son las cruces de los seres humanos, -dijo el Señor-, elige la más te guste y la sienta menos pesada”;
El hombre llevó su cruz a un rincón, la dejó allí, se sacudió y frotándose las manos, ahora muy sonriente, se puso a escoger: vio una cruz que parecía liviana, se la probó , realmente pesaba un poco, pero era muy larga y la arrastraba la punta; caminó un poco y encontró una pequeña, pero pesada: –Ah, un pectoral de esos que llevan los Obispos-, pensó para sus adentros-, se la llevó al cuello, pero sintió el peso de la responsabilidad, no le servía. Más allá había una muy lisa y fácil de llevar, se la echó al cuello, pero empezó a matarle la nuca, así que la dejó.
-Aquella cruz de plata”, pensó, al menos es bonita y valiosa, pero, al tenerla encima experimentó una gran soledad, y rápido la desechó; siguió su recorrido, -allí hay una con piedras preciosas, esta va a ser, pensó: se la midió, cada una de esas piedras preciosas se le clavaban en el hombro, así que la dejó. Se probó unas cortas, otras largas, unas torcidas, otras derechas, unas bien labradas y otras toscas…., pero a cada una le encontró un defecto, ninguna le sirvió.
Al fin vio en un rincón una cruz pequeña, ya gastada por el tiempo y el uso, se la probó y vio que le encajaba muy bien sobre el hombro: esta si creo que fue hecha para mí, pensó, y la tomó. Con ella a cuestas se le acercó al Señor y sonriente le dijo: “Gracias, Señor, me quedo con esta, ésta sí me sienta como la quería, suave, sin tantas angustias, no me pesa nada, de modo que, gracias Dios mío”, y feliz salió de la cueva; el Señor lo miró con dulzura e inmenso amor y sonriente lo despidió, y en aquel instante el hombre se dio cuenta que había escogido precisamente, la que él siempre había llevado. .
Cuál es el significado de esta hermosa historieta o leyenda?; sencillamente, no podemos envidiar la suerte de los demás, Dios no nos da algo que no podamos llevar con calma y serenidad, sobre nuestros hombros; cuando nos estemos quejando de nuestro propio destino, miremos un poquito a nuestro alrededor y nos daremos cuenta que hay muchos, pero muchos que tienen problemas mucho más grandes y pesados que nosotros, y comprobemos igualmente que esas personas, no viven quedándose; de modo , amigos, sigamos llevando nuestra propia cruz y pidámosle al Señor, que así como a Él lo ayudó Simón de Cirene a llevar su cruz, nos ayude también a nosotros en el difícil camino de nuestra vida.