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BARRANQUILLERA PROTAGONISTA DE HISTORIA DE AMOR Y TRAGEDIA

Amigos, los que ya vamos transitando en el último tren de la mañana, de regreso a la estación de donde salimos un día a recorrer el mundo, recordamos aquellas lecturas de nuestros primeros años de estudio, donde se nos decía que en muchas ocasiones nada perdíamos con soñar, porque a veces las cosas se nos podían dar.

Familia Francesa en Desgracia FamiliarPues bien, esta historia, este cuento de hadas se hizo realidad en una plebeya, nada menos que colombiana, barranquillera para más señas, donde, en una hermosa mañana de primavera”, el príncipe azul se le aparece entre nubes de ensueño; pero, como muchas veces aparece un “pero” en el destino, lamentablemente este lindo cuento terminó mal para ella. Vean o mejor dicho “lean” la historia para poderla asimilar en todo su hermoso, pero fatal contenido.

CUENTO DE HADAS EN BARRANQUILLA

Hace unos pocos meses la nobleza francesa perdió a uno de sus más preciados integrantes: la barranquillera Irasema Pantoja Álvarez, Condesa de Pusy Lafayette, quien murió en un accidente de tránsito mientras conducía con sus tres hijos, dos de los cuales también fallecieron. El pasado 23 de enero, la aristócrata celebró el 59 cumpleaños de su esposo, el conde francés Gilbert Bureaux de Pusy Dumottier de Lafayette, en el Castillo de las Campiñas de Bergéres-sous-Montmirail, a una hora de la capital francesa.

Después de la fiesta, se despidió de su marido, tomo a sus tres pequeños hijos, los subió a su Peugeot 206 y empezó a conducir, rumbo a la muerte, por la vía de Jossigny, en el Valle del Marne, hoy considerada una de las rutas de mayor accidentalidad en los suburbios parisienses.

Las causas del accidente aún son materia de investigación; sólo se sabe que el auto de Irasema colisionó con otros dos carros, dio varias vueltas de campana y que sus niños, Caroline, de 8 años, y Arthur de 6, murieron junto a ella. Alexandre, de 9 años fue el único que sobrevivió, sufrió una herida en la rodilla.

Los juegos del destino

La historia de Irasema Pantoja Álvarez se asemeja a un cuento de hadas, sólo que con un final trágico. El Conde de Lafayette no conoció a su esposa en los salones de Versalles, ni en los clubes a los que asisten los demás de su misma condición social y económica, mujeres de alcurnia, sino muy lejos de allí, en la bulliciosa y parrandera Barraquilla. En 1995, por aquellas cosas del destino, el respetado caballero viajó a la ciudad del carnaval por sugerencia de su amiga, la dermatóloga Cristina Pantoja.

Con ella trabajaba en el hospital Tarnier-Cochim, donde él se desempeñaba como biólogo, pero sin apartarse de su gran vocación de historiador y politólogo. Cuando descubrió que uno de sus antepasados, el legendario Marqués General Lafayette, no sólo había sido muy cercano al Libertador Bolívar, sino que fue artífice e ideológico de la campaña independista de América, el Conde empacó maletas y partió rumbo a Colombia. Sin proponérselo, el señor Pusy Lafayette siguió al tiempo los pasos del Libertador, y del amor que le había sido esquivo a pesar de su prestancia social.

A Irasema la vio en una fiesta del Carnaval, en un ambiente muy lejano a él. Los “celestinos” de aquel romance afirmaron que el aplomado hombre se sintió extrañamente cursi al revelar que se había enamorado de la barranquillera a primera vista. Pero no se lo dijo a ella de inmediato.

Las primeras expresiones de afecto las envió por fax desde Francia, en unas cuantas cartas que demostraban su estilo compuesto y poco eufórico de la nobleza. Pero la chica, quien había hablado con sus deseos de formar una familia, quedó rendida ante aquel “enigmático” personaje.

En una de las pocas entrevistas que él ha concedido, afirmó que “se enamoró de la sonrisa, la alegría y amabilidad de su mujer”. El romance duró dos largos años, entre intercambio de cartas, hasta que por fin la invitó a la Ciudad Luz, donde se casaron por lo civil, con el consentimiento de la madre de él. Luego, en 1998, contrajeron nupcias por lo católico en la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, donde Irasema cantaba en las misas dominicales.

Después de la boda, Irasema dejó su Barranquilla del alma, la humilde propiedad de sus padres, para irse a vivir al castillo parisino de su “príncipe azul”, donde durante años estuvo rodeada de costosas joyas, servidumbre, antiguas obras de arte, conserjes y muebles estilo Luis XV. La relación de estos dos aristócratas se construyó sobre los intereses mutuos por los aspectos históricos y culturales de Colombia y Francia. Él aprendió a bailar salsa, y ella se llevó una pequeña muestra del carnaval de su tierra a Europa.

Su pequeña hija, quien murió en el accidente, fue reina infantil del carnaval barranquillero, en París. Incluso, la Condesa le mandó construir una carroza para pasearla entre los carnavaleros latinos que viven en la Ciudad Luz. La pasión de los Condes por los asuntos de la capital atlanticense también los llevó a construir la Asociación Bolívar-Lafayette, que se convirtió en una especie de albacea de proyectos, como la recuperación del Centro Histórico y la Catedral de Barranquilla; ella jamás de olvido de su cuna natal.

Los restos mortales de la familia fueron sepultados en los jardines del Castillo Bergéres. Como dijo un periodista de El Heraldo, el periódico de su ciudad: “Su cuento de hadas fue demasiado corto”.

(Tomado de la Rev. Jet- Set)