Linda historia de total desprendimiento de un ser humano como todos.
Conocí a la mejor persona del mundo de la cual aprendí dos de las cosas más difíciles del mundo: a emanciparse, gracias a la libertad de ánimo, y de la sujeción al poder mayor que hay sobre la tierra, como es el que ejerce el dinero; y a vivir entre los hombres sin echarse encima un solo enemigo. Conocí a esa persona singular de un modo muy sencillo: cierta tarde paseaba con mi perro por el pueblecillo en donde por entonces residía; sucedió que el animal comenzó a dar muestras de gran agitación. Frenéticamente se revolcaba algunas veces, otras corría a restregarse contra los árboles, gruñía algunas veces y revelaba a las claras que algo le sucedía.
Trataba de averiguar qué era aquello, cuando advertí que alguien se me acercaba; era un hombre que podría tener unos treinta años; la vestimenta que llevaba, de aspecto pobrísimo, llevaba la cabeza al aire, sin sombrero ni gorra que lo defendiera de los vientos de la tarde. Juzgándolo un pordiosero, buscaba una moneda para socorrerlo, cuando él, sonriéndome con delicadeza, detuvo su mirada en el perro y me dijo:
- “¡Pobrecillo el animal!, lo tiene loco una garrapata; ven conmigo, se la quitaremos”.
Aunque me tuteara como si me conociera de antes, la mirada y el tono eran tan amistosos que no llevé a mal la confianza. Lo seguí hasta la plazoleta en uno de cuyos bancos tomamos asiento. Llamó entonces al perro con un agudo silbido. Y cosa extraña, Kaspar, que siempre receló de los extraños, acudió en seguida, obediente a la primera señal que le hizo aquel hombre y puso la cabeza sobre las rodillas del desconocido; el hombre exploró con agilidad la espesa pelambre, y al cabo lanzó un ¡ajá!, y procedió a una especie de operación un poco dolorosa, a juzgar por los quejidos que varias veces se le escaparon al animal. Con todo, se estuvo quieto, sin hacer nada por retirarse, hasta que el hombre lo soltó y levantando la mano derecha, entre el pulgar y el índice en la cual tenía algo muy apretado, dijo en tono triunfal:
- “¡Ya la pesqué!, anda, vete tranquilo”.
Mientras que el perro se alejaba, él se levantó, y sin más que una inclinación de cabeza y un rápido saludo, tomó el camino; tan repentinamente ocurrió todo esto, que fue solo después cuando vine a caer en la cuenta de que hubiera debido gratificarlo, o por lo menos haberle dado las gracias antes que se marchara; pero aquel extraño sujeto había desaparecido en la misma forma en que se presentó, silencioso.
Mi cocinera, con quien comenté el incidente, me dijo, al referirle lo ocurrido:
-“¡Ah, si!, ese es Antón, una persona muy querida aquí por todos; es un estuche, sabe de todo y no se le escapa nada”.
Y al preguntarle quién era Antón y qué oficio tenía, me respondió:
- “Ninguno, ¿qué falta le hace?”.
- “Pues mira, -le respondí-, a todos nos hace falta ganarnos la vida!
- “Es verdad, pero no Antón –repuso ella-, él siempre encuentra quién le de lo que necesita; por eso no se preocupa en nada por el dinero., para qué?”.
El caso era verdaderamente curioso. Harto sabía yo que en ese pueblecillo, como en cualquier parte, el pan que uno se come y la cerveza que se bebe, la cama en que se duerme y la ropa que se lleva encima, no se consigue si no hay con qué pagarlo. ¿Cómo entonces, se las componía aquel dichoso Antón para eludir esta ley general de la vida; para andar por ahí, pobre y raído, es verdad, pero libre de cuidados y tan a gusto?.- Resolví averiguarlo y descubrir la fórmula.
Puesto a ello, no tardé en percatarme que la cocinera no había exagerado en lo más mínimo: Antón carecía de un oficio fijo; vagaba por el pueblo durante todo el día, al parecer sin ningún objetivo, pero mirándolo todo. De esta manera, ahí se le acercaba a un carretero para advertirle que llevaba la mula mal enganchada; mas allá entraba en conversación con el dueño de alguna casa, pues según se lo hacía notar Antón, estaba pidiendo gritos que la pintaran. Lo regular era que le encargasen de ejecutar el trabajo, pues a todos les constaba que, al hablarles de ello, lo movía la amistad, y no el interés de ganarse unas monedas.
¡Cuántas y cuán diversas fueron las ocupaciones en las cuales me tocó ver a Antón; una vez lo encontré arreglando unos zapatos en la tienda de un remendón; otra, ayudando a servir la mesa en una fiesta; otra más, convertido en ayo de los niños que le habían confiado para que los llevara de paseo. Saltaba a la vista que Antón era el paño de lágrimas, la persona más querida, más socorrida, el hombre en el cual pensaban inmediatamente en un caso apurado. En cierta ocasión me lo encontré en la plaza de mercando vendiendo manzanas, en reemplazo de la dueña del puesto, que le había pedido la sustitución durante los días de la maternidad.
Por de contado, no faltan en todo pueblo personas, que por carecer de ocupación fija, están siempre prontas a trabajar en lo que caiga; la diferencia, en cuanto a Antón, consistía en que, por rudo o engorroso que fuera el trabajo que le encargaran, sólo aceptaba en pago el dinero que necesitaba para solventar las necesidades de ese día. Y cuando, por haber soplado la fortuna, no le hacía falta nada, pues nada recibía, por más que se empeñaran en dárselo; mucho menos aceptaba bebidas alcohólicas cuando alguien lo invitaba a tomar un refresco.
- “Ya vendré por aquí si algo se me ofrece”, - decía entonces al marcharse con las manos vacías.
Pronto eché de ver que este hombre, tan fuera de lo común, tan mal vestido y tan simpático, había dado con un nuevo principio al cual ajustaba sus acciones; confiaba él tanto en la gratitud humana, que, en lugar de depositar dinero en alguna cuenta de ahorros, prefería acumular motivos de agradecimiento entre los vecinos del pueblo. Y como quiera que se mostraba muy parco en girar contra lo que iba depositando en esa especie de cuenta corriente invisible, resultaba de ahí que a todos, hasta a los más prácticos y egoístas, les fuese imposible sustraerse al sentimiento de que tenían contraída una deuda de gratitud para con ese Antón que siempre se mostraba deseoso de servirles y que jamás lo hacía pensando en lo que hubieran de pagarle por ello.
Debo confiar con franqueza que en un principio, a raíz de lo sucedido con mi perro, me causaba cierto resquemor que Antón se mostrase poco menos que indiferente cuando tropezaba con él en la calle; un simple saludo, como el que cruzaríamos con cualquier conocido y nada más; lo que ocurría era que él se abstenía de aparecer muy comunicativo, por temor de que yo pensara que se juzgaba con derecho a mi agradecimiento. Mas lo cierto era que aquella cortés reserva suya me hacía sentirme excluido del extenso y gran círculo de sus amistades. Así pues, en cuanto hubo en casa algo para arreglar, que fue una canal con varias goteras, dije a la cocinera que llamara a Antón.
- “Y, ¿a dónde he de ir? –contestó ella -, Antón no tiene casa, ni está fijo en ninguna parte; pero –añadió enseguida-, no se preocupe el doctor, ya habrá modo de avisarle”.
Quedé enterado con esto de que mi extraordinario personaje carecía de domicilio; y además de que, pese a ello, nada le era tan fácil como dar con él cuando se le necesitaba, pues con decirle a la primera persona con quien uno tropezara en la calle, y manifestarle nuestro deseo de ver al hombre, había para el redado, pues corriendo de boca en boca, llegaba prontamente a su destino. De hecho, aquella misma tarde, se presentó nuestro amigo.
Abarcando con rápida mirada cuanto hallaba al paso mientras cruzaba el jardín, señalaba tal macizo al que según él “no le molestaría alguna posadita”, como igual “aquel arbolito saldría ganando mucho si se pudiera trasplantar”, “a ese promontorio de florecillas le falta una buena regada”, en fin. Llegado a la canal que era el objetivo, tras breve examen, puso manos a la obra; la despachó en cosa de algunas horas, y se marchó sin que yo tuviera tiempo ni de hablarle. Sólo que esta vez no me había pillado desprevenido, pues, sabiendo de antemano con quien me encontraba, tuve buen cuidado de encargarle a la cocinera que le pagara bien por el trabajo.
- ¿Y qué tal, quedó satisfecho?” –le pregunté a la buena mujer cuando él se retiró.
- ¿No había de quedar?, –me respondió-, vea doctor, quería darle seis chelines, y no hubo forma de que me recibiera más de dos; dijo que con eso tendría para hoy y hasta para mañana; eso sí me recomendó que, si el doctor tendría por ahí alguna chaquetica vieja y que fuese bastante abrigada porque el frio a veces lo molestaba mucho.
No acierto a explicar la satisfacción que sentí al decirme que podía darle a ese hombre algo que él deseara; el único hombre del mundo –hasta donde yo supiera- que se empeñaba en tasar sus servicios en menos de los que otros querían pagarle por ello.
- ¡Antón!, grité lanzándome en seguirlo-, venga para darle la chaqueta que necesita!”.
Nuevamente vi frente a mi aquellos ojos azules de mirada serena y clara. Noté que, ni en ellos, ni en nada que hiciera Antón, había indicios de que a éste le causara la menor extrañeza que yo hubiera corrido a alcanzarlo; antes bien, le parecía muy natural que quien tenía una chaqueta que no le hiciera falta se hubiera dado prisa a ofrecérsela. Le solicité a mi empleada que me trajese, a más de la chaqueta, otras prendas, amén del calzado. Antón lo repasó todo.
- “Esta me servirá”, - dijo por fin eligiendo una chaqueta ya raída, en cambio de una nueva que le ofrecía. El tono de la voz de lo siguió, la actitud toda, no eran los de un pobre: correspondían mas bien a los de un señor que, en una sastrería elegante dice después de haber visto los trajes que le ofrecen: “Señor, me quedaré con esta – mostrándome la vieja- que guarda la actitud de una persona honorable y humana; la otra usted aun la necesita”; a renglón seguido y mostrando lo que había en el montón: -“Esos zapatos le harían bien a Fritz, él no tiene calzado adecuado a sus pies; y las camisas se las pudiera dar a José, el del mercado, él podría echarles unos remiendos y le quedarían bien. Yo podría llevarle eso a los dos –añadió con amable condescendencia, como quien se mostrara dispuesto a hacerme un favor.
Durante los años que van corridos desde que conocí a este singular amigo, con frecuencia he recordado cada una de sus palabras, pues pocas personas le han hecho tanto bien a mi espíritu, como la actitud humana, diáfana y sensible de este hermano. Muchas veces, al sentir que me acosaban mezquinas preocupaciones pecuniarias, traje a la memoria la imagen de ese hombre que vivía tranquilo, contento, porque sabía dejarle a cada día su afán. Y siempre me dije al hacerlo así: “Si todos supiéramos dar con el secreto que lleva a confiar en el prójimo, no harían falta autoridad ninguna, sobrarían los policías, los jueces, las cárceles, el dinero.
Hace años que no sé nada de Antón; pero hay muy pocas personas cuya suerte me cause menos cuidados. Estoy seguro de que, sean cuales fueren las dificultades en que pueda llegar a verse, Dios no le faltará nunca. Lo que es más: sé que tampoco habrán de faltarle sus prójimos.
(Stefan Zweig, Rev. Selecciones, 1940)