CONTENIDO.- Insólito enlace de Custodio García Rovira.-, El General Maza, vengador de Tenerife.-, Francisco José de Caldas, Precursor de la ciencia colombiana.
No siempre el heroísmo y la política han guardado buenas relaciones con el séptimo sacramento, o sea con el matrimonio. La guerra y las alternativas de la vida pública no son tan buena garantía para ese “hogar, dulce hogar”, que con tanta emoción, pero a veces poca información, cantan los poetas solteros. Vamos hablar aquí de tres enlaces que tuvieron extraños comienzos, o se frustraron en pleno verdor, o fueron truncados por una descarga de fusiles. Fueron ellos, los de Custodio García Rovira, Hermógenes Maza y Francisco José de Caldas.
Empezaremos con Custodio García Rovira. A partir de la toma de Cartagena, el 6 de diciembre de 1815, luego de ciento seis días de un sitio en cual se sufrieron todos los rigores que eran de esperarse, un profundo desaliento se apodera de las pocas tropas que en el interior de la Nueva Granada se encontraron en condiciones más o menos aceptables para enfrentarse a los “pacificadores”, nombre que les dio la historia y que por lo menos resulta inexacto, si no perfectamente equivocado.
Porque no es acaso un error denominar a Pablo Morillo “el Pacificador”, cuando precisamente por temperamento y por formación, este militar, de oscura estirpe, cruel e impolítico, es nulo para restablecer amistades y carente de sentido diplomático, esto es, la antítesis de un pacificador. Se entiende que un apaciguador o un conciliador era precisamente lo que con mejor inteligencia ha debido escoger España para la misión que se encomendó a Morillo, que bien pudo ser un buen director de operaciones bélicas, pero jamás un hombre en el cual pudiera remotamente hallarse la paz.
Si hemos de ser objetivos, podemos perfectamente calificarlo como una persona déspota o tirana, lo cual se tiene bien ganado por los procederes sanguinarios de que hizo víctima a la Nueva Granada, luego del recibimiento temeroso, pacífico y cordial que la ciudad le había tributado, y al que correspondió con siete mil fusilamientos en el Virreinato, según lo afirma el propio Virrey, don Francisco Montalvo. Que Morillo fuera inteligente o de apreciable talento, como pretenden algunos autores, es algo que ponemos muy en duda. Fundamenta nuestro concepto la conducta asumida por él con hombres, esos sí, de singular talento, como lo eran Francisco José de Caldas o Camilo Torres, o con entidades científicas de renombre universal, como lo fue la Expedición Botánica.
Hombre rencoroso, nos quiso hacer expiar el fracaso inicial experimentado en la Isla de Margarita, sin haber podido entender que entre venezolanos y granadinos existía esa gran diferencia que se condensó afirmando que “Venezuela era un cuartel y la Nueva Granada una Universidad”. La distancia que suponen estas dos apreciaciones y por ende señalan dos pueblos de cultura totalmente distinta, y que merecían, por consiguiente, una actitud consecuente, nos libera de cualquier comentario adicional. Fríamente cruel, usó un lenguaje sarcástico que lo pinta de cuerpo entero, cuando dijo en Santafé, a una distinguida dama prisionera que le reprochó su conducta: -“Señora, no me obligue a forrar un banquillo en terciopelo”.
Los soldados patriotas del interior fueron presa del desaliento, motivado por la actitud vacilante de la autoridad civil, las rivalidades y la falta de una firme y acertada dirección de las operaciones militares, que no concibió una estratégica concentración de tropas y una adecuada utilización de los elementos de que se disponía para enfrentarlos, acaso en forma ventajosa, a los expedicionarios. Pero lejos de hacerse esto, que era apenas una norma elemental del arte militar, se abandonó a Cartagena en los días del asedio, cuando lo lógico hubiera sido atacar a Morillo, cogiéndolo así a dos fuegos.
Sólo se produjeron hechos aislados, operaciones inconexas y, cómo no, derrota tras derrota. No era precisamente el cuartel, era la universidad, y por eso la última presidencia se confió a las manos y la “inteligencia” de un General Presidente, al cual llamaban “el Estudiante”, como rezó incluso su infame sentencia. La situación planteada trajo, como inevitable consecuencia, la renuncia del Presidente Fernández Madrid, al no sentirse la persona requerida para el mando.
En su reemplazo nombró el Congreso, por segunda vez, al bumangués Custodio García Rovira, y como Vicepresidente a Liborio Mejía. Éste, en una acción precipitada y sin esperar la llegada de su superior que marchaba con el batallón “Socorro”, integrado en su mayor parte por gentes de esa aguerrida provincia y que era el más selecto cuerpo de que disponía la República, el 29 de junio de 1816, atacó con 700 soldados y más coraje que táctica las fortificaciones que en la Cuchilla del Tambo había erigido Sámano, defendidas por 2.000 realistas, para sufrir la penúltima derrota, porque la última sería en La Plata, once días después.
Si bien las acciones militares que dejamos mencionadas, significaron un gran fracaso para la causa libertadora, en buena parte por la precipitud de Liborio Mejía, condujeron por otra a la realización de un enlace que tuvo el más singular inicio de amor que registra nuestra historia, dada, no sólo su fugacidad sino la posición de los personajes y las circunstancias novelescas en las cuales se produjo. Al día siguiente del combate en Cuchilla del Tambo, se reunió con el Presidente y la oficialidad, al pie del páramo de Guanacas, un grupo de familias respetables que huían de la persecución española. El objeto del penoso encuentro era determinar el camino a seguir en esas inquietantes circunstancias.
En vista de la gravedad del momento y después de estudiar varias alternativas, se escogió como solución más adecuada, si bien en extremo penosa, la de internarse en la selva, buscando el Caquetá, pasando luego al río Marañón, para salir al Brasil. Bien puede apreciarse que esta ruta, acaso practicable para soldados, no lo era en modo alguno para las damas. Entre las familias presentes se encontraba la joven Pepita Piedrahita, terca y decidida como ella sola, que una vez conocida la determinación, sin temor alguno y sin pensarlo dos veces, le pide insistentemente a García Rovira que la lleve con él, a lo cual se excusa el Presidente, pintándole, no sólo las penalidades que esto implicaba, sino la situación personal de los dos. Como la chica seguía insistiendo y sin que aceptara las caballerosas razones, el Presidente opta por decirle que para ello es necesario que contraigan primero matrimonio, a lo cual accede sin vacilar la agraciada joven. Tal vez dentro de la confusión del momento, en medio de la amargura causada por los sucesivos desastres militares, considerando que todo estaba perdido para la causa de sus luchas y sacrificios, coincidieron en la ilusión de encontrar, en un hogar, la paz y la libertad que las armas no habían logrado conquistar.
Lo que sigue es una de las escenas más singulares que pueda ofrecer una unión nacida por la fuerza de las circunstancias, que nada tuvieron que ver con lo que hoy, como ayer, se llama un romance. García Rovira se apea de su mula y pide al padre Florido, Capellán de las tropas, que haga lo mismo, para que proceda a casarlos. Se dirige luego a Liborio Mejía y le solicita que le sirva de padrino, en unión de su futura suegra. Los testigos, sin desmontarse de sus cabalgaduras, hacen un círculo en torno a los contrayentes y al celebrante. Las pálidas luces del amanecer de aquel 30 de junio de 1816, iluminan tenuemente la escena. Un viento cortante y frío azota a los “invitados”. La niebla desciende del páramo, que como velo nupcial cubre las cabezas de los contrayentes. Concluido el ceremonial se dispersaron los asistentes, tomando cada cual su camino. Los “recién casados” se quedaron atrás. Días después son aprehendidos García Rovira y su esposa. Ella es respetada, mientras él conducido a Santafé y fusilado el 8 de agosto de 1816. Del matrimonio, a la detención, como podrá verse, había transcurrido prácticamente un mes. Pepita, luego de su novelesco enlace, continúa viviendo con sus padres y con la pensión decretada por Bolívar. En 1824, contrae segundas nupcias en Bogotá, con don Manuel Julián del Páramo; como puede verse, la joven enmarcó su vida romántica en dos páramos: en el primero, el de Guanacas, donde se unió con el héroe santandereano y el del apellido, el de su segundo esposo, posiblemente menos frío.
GENERAL MAZA, EL VENGADOR DE TENERIFE.- Viene ahora una serie de episodios de la vida de otro héroe, el General José Hermógenes de la Maza y Lobo Guerrero, conocido sintéticamente con el nombre de el General Maza. Un personaje que es la antípoda de Custodio García Rovira. El Estudiante Mártir fue un hombre equilibrado, culto, generoso y apacible, el contrarío de Meza que era taciturno, cruel y cínico. El siniestro personaje entra en escena.
En la mañana del 27 de junio de 1820, un hombre de vigorosa contextura, piel blanca, cabellos rubios y ojos azules, de mirar acerado y que aún no ha cumplido los 30 años, se dispone a dar comienzo al más sangriento tribunal de la muerte que registren las crónicas de las campañas cumplidas en las riberas del Magdalena. A un costado se halla la población de Tenerife, cuyos muros aún humeantes, dan cuenta de la acción librada en ese trágico amanecer, y del otro, el río en el cual se bambolea el navío “La Comandancia”. Junto a la borda, que a partir de este momento será el sitio de la ejecución, se encuentran dos soldados, con el torso desnudo y afilados machetes en sus manos. Y entre el mísero poblado y las calcinadas arenas de la playa, una vieja silla abacial, en la que antaño se entonaban Salmos y Maitines, único mueble del tribunal llevado al efecto del vecino y deshabitado convento de las Carmelitas. En ella toma asiento, de espaldas al sol, el Coronel Hermógenes Maza.
Frente a este juez único, inexorable y breve, que tiene sobre sus piernas un sable desnudo, en el cual se advierten las rojas huellas del combate que acaba de librarse, se halla una larga fila de más de 200 prisioneros temerosos, que, celosamente custodiados, esperan la incierta sentencia. Las contingencias de una guerra a muerte llevan angustia y temor a aquellos desventurados. Pero, ¿podrá el Coronel juzgar y sentenciar tan crecido número, en esta mañana?: Sí, mediante el más original sistema que pueda haberse ideado para definir una causa, como será el que va a poner en práctica, a partir del tercer ajusticiado.
El primero en suerte, o mejor, en desgracia, es un oficial español. El peninsular trata de justificarse, invocando sus deberes. En mitad de la frase, Maza exclama, con voz enérgica y tajante: -“¡Al baño…!”. Al oírlo, dos soldados lo arrastran hasta “La Comandancia” y, colocando su cuello sobre la borda, con un certero golpe de machete es decapitado. Las turbias aguas del Magdalena empiezan a convertirse en una fosa común. Apenas si tienen tiempo los verdugos de cuadrarse en señal de haber cumplido la singular orden, cuando ya Maza ha repetido por segunda vez, la original y macabra sentencia: - “¡Al baño…!”, y otro oficial español deja de existir.
A partir del tercero, y temeroso quizás de ajusticiar en su precipitud algún granadino, recurre al más singular expediente que pueda concebirse, para establecer el origen de los prisioneros, cual es de obligarlos a pronunciar la palabra “Francisco”. Hombre que lo hiciera con C a la española, era hombre muerto. Cuánto lamentarían, en esos instantes los peninsulares, que aterrorizados y sedientos, esperan el turno, no haber sabido cambiar el acento nativo que, sin bien en días pasados era distintivo de supremacía propio del orgullo español, hoy era sinónimo de muerte. Pero, como toda regla tiene su excepción, también la prueba fonética la tuvo aquel día. Al llegar al número 60, un negro samario, reconocido realista, pronunció la C a la criolla. Maza, quien se queda pensativo, es por un instante magnánimo, cuando pregunta si alguien puede responder por él. Un silencio angustioso es la única respuesta. Así que, una vez más, la sentencia se deja oír: -“¡Al baño…!”. De esta manera continúa la fatal procesión, hasta llegar al prisionero 72. Se trata de un español de edad avanzada, que al tocarle el turno, exclama aterrorizado: -“General, yo soy su padrino y fui su maestro., por Dios no me mate…”.
Maza lo reconoce, es Juan Sordo, el buen maestro que en la niñez lejana le enseñó las primeras letras, en la escuela de Las Nieves, en la distante Santafé; unos segundos de silencio, que al anciano debieron parecerle una eternidad, y en los que tal vez bien pudo rememorar las pilatunas del díscolo discípulo, preceden a la sentencia de Maza: “¡Suéltenlo, que se largue inmediatamente!”, y luego agrega, -“Que pasa el siguiente.”. Y así fueron desfilando, por la trágica borda de “La Comandancia” más de doscientas cabezas esa tórrida mañana. Las aguas del Magdalena se agitaban por la presencia de miles de peces y rugosos caimanes que fueron los convidados de un banquete, tan inesperado como horripilante y que no tiene parangón en la historia de la Independencia.
Enrojecidas quedaron las amuras de la vieja embarcación, conturbados los semblantes, horrorizadas las almas, jadeantes los ejecutores y estremecido el ambiente, con las estériles demandas de clemencia; sólo una persona permanecía imperturbable: Hermógenes Maza. ¿Qué llevó a este hombre, que procedía de las más respetables familias de Santafé, que había sido en su primera juventud un niño mimado de la aristocracia criolla, que se divertía a la sombra del régimen virreinal, para obrar así con los prisioneros de Tenerife?
En la vida de todo ser humano pueden producirse cambios radicales, por el efecto traumatizante de hechos que golpean y transforman la estructura sicológica; esto fue lo que le ocurrió al oficial patriota. Cautivo en Venezuela durante dos años, luego de la evacuación de Caracas, fue sometido a las más penosas torturas, que van desde el cepo y los grillos, hasta la más humillante flagelación que destroza el torso y afecta los riñones. Cuando logra huir y luego de tres años de penoso viaje a pie, de Caracas a Santafé, al llegar se encuentra con una patria que padece la más sangrienta tiranía, a lo cual se agrega la noticia de la persecución de su familia, el sacrificio de su hermano, la confiscación de los bienes familiares por el gobierno español, el fusilamiento de sus antiguos compañeros de colegio y la dolorosa muerte de su madre. Esta acumulación de dolor, tragedia y ruina, determinó el viraje radical de su personalidad y lo convirtió en un ser amargado y lleno de odio a todo lo que oliera a español; había nacido un nuevo Maza, el vengador de Tenerife, el hombre sombrío, que a partir de ese momento, va a pasar el resto de su vida sacrificando españoles despiadadamente, haciendo chistes crueles, cometiendo impertinencias y bebiendo aguardiente.
Al referirse a la acción de Tenerife, Bolívar le manifestó a Santander: “Me alegro mucho del suceso de Maza; el niñito es pesado, por cada herido nuestro, mata cien españoles sin más novedad”.
Su singular matrimonio y su posterior destino.- Cuatro meses después, todavía coronel, hace su entrada triunfal a Santa Marta, en unión de José Prudencio Padilla, y para tal fecha los procederes de Maza son el comentario nacional, pero sobretodo virreinal. Todos hablan de su bravura, de su arrojo, pero especialmente se le señala como el jefe que no perdona chapetón. Su presencia produce una natural mezcla de temor, admiración y curiosidad. Y es ésta, precisamente, la que divide a las muchachas samarias: mientras unas se sienten atraídas por el rubio de ojos azules y mirada inquisitiva, ya para esos días cargado de anécdotas, las otras prefieren el moreno lobo de mar, el guajiro Padilla. Tan distintos el uno del otro, como distantes son Trafalgar de Tenerife, lo cierto es que ambos cautivan la atención femenina.
Los dos bandos celebran la victoria: del primero hace parte una criolla de grácil silueta y cautivante simpatía, que al ofrecerle al vengador rosas y sonrisas, lo seduce en el acto. A la noche siguiente, en el baile de la victoria, los convidados no salen de su asombro, cuando ven a Maza, el militar despiadado, tornarse en un hombre amable y galante, que, contra su costumbre, está parco en el tomar, culto en el hablar, pródigo durante toda la fiesta en atenciones a Manuelita Conde. Ha vuelto a ser junto al mar, el más grande de los elementos naturales, el caballero que años atrás conocieron los salones santafereños.
Pero en Maza todo es breve, hasta el noviazgo, pues dos semanas después, bajo el arco de aceros formado por los machetes de Tenerife, esto es, el 11 de noviembre de 1820, sale la pareja de la Catedral. Todo hacía pensar que el nuevo estado significaría un cambio en el temperamento y la conducta del Coronel. Los hechos posteriores darían la respuesta. Corta es también la luna de miel: un mes más tarde viene la separación que impone la continuidad de la guerra, y, quien lo creyera, la definitiva, no obstante que juntos van a vivir largos años una vida extraña, a partir de ese día.
Maza viaja a Cartagena, siguiendo luego a Quito y Guayaquil; a medida que la guerra prosigue, su fama de terror acrecienta. Bolívar da orden a Sucre de que le encomiende el mayor número posible de operaciones, quizás por su eficiencia, o por tratar de evitarle su continua embriaguez, que lo lleva a cometer repetidas faltas contra la disciplina militar.
El tiempo pasa sin que este hombre extraño vuelva a sentir preocupación alguna por su hogar, pero no así su esposa. A principios de 1822, encontrándose en Quito, recibe una carta de Manuela, en la cual se informa que, no obstante el corto tiempo que permanecieron juntos, había tenido una niña, a la cual desea darle el nombre de Cruz, si él está de acuerdo en ello. Así mismo le pide informes sobre su vida y sus campañas; la carta es, para este mujer olvidada, el único y último recurso que le queda de reiniciar las relaciones con su esposo, así sea por la vía epistolar. Sólo un año después, desde Cartagena, responde Maza la comunicación de su mujer. Curioso enlace éste, un mes permanecen juntos y solamente una carta cada uno, habían de cruzarse en la vida.
Concluida la campaña, no regresó al hogar, como era de esperarse, sino que se trasladó a Bogotá, y he aquí otro cambio total en la existencia del militar. El que había residido en el aristocrático barrio de la Candelaria, vino a vivir a una modesta casucha del barrio Egipto; el que había tenido una juventud opulenta, merced a los cuantiosos bienes de su familia, depende sólo de una modesta pensión oficial, cuyo pago era entonces tan difícil, como lo es ahora, y, el que hizo parte de los excluidos salones, sólo frecuenta sórdidas cantinas. Tal es el Maza de 1826 y el de los años siguientes, hasta su muerte: un dipsómano, un ser taciturno que no se mezcló en las luchas partidistas, como sí lo hizo la mayor parte de sus compañeros de armas, que no contó nunca con el aprecio de Bolívar, ni de Santander, que se aisló hasta de sus viejos camaradas, que vive sólo para el aguardiente, que intimidaba al Tesorero para que le pagara su mesada y guardaba en la vaina de su espada las exiguas monedas que recibía, lo cual frecuentemente le significó borracheras gratuitas, pues al ir a pagar y echar mano de su arma para sacar el dinero, el dueño de la tienda o cantina se apresuraba a decirle que nada debía, convencido de que Maza lo iba a agredir; tal era la fama que tenia este hombre.
Indudablemente Maza vagaba en las nebulosas de una sicopatía; hay un detalle revelador: un día en el mercado de la plaza, tuvo la ocurrencia de matar a sablazos más de cien pollos, alegando que los animales estaban tuberculosos y eran un peligro; éste es un brote de crueldad inútil, matizado de infantilismo, pero demostrativa de una indudable anomalía síquica.
En el mes de septiembre de 1832, abandonó por última vez Bogotá, en compañía de unos arrieros que se dirigían a Honda, primera parte de su viaje. ¿Cuál era la segunda?, ni él mismo lo sabía. Estaba hastiado, quería cambiar, pero no sabía cómo, ni dónde hacerlo. Luego de un penoso viaje, y más por fuerza de las circunstancias, que por otra causa, llegó a Mompós, donde habría de permanecer los últimos quince años de su atormentada existencia. El arribo al puerto fue todo un acontecimiento: en la plaza mayor lo recibe su amigo, don Vicente Gutiérrez de Piñeres, quien desde el primer saludo se dedicó a la difícil tarea de regenerarlo. Los dos primeros meses fueron en realidad una nueva vida, abandona el licor y vuelve a ser sociable.
Pronto se esfuman los buenos propósitos; nuevamente se aísla y pasa los últimos años sumergido en las nieblas alcohólicas, enmarcadas en una terrible ansiedad; ningún interés manifiesta por su familia y no hace nada por comunicarse con su esposa e hija, acaso ignorante del lugar donde se hallaban. Así llega el mes de julio de 1847, en el cual la cirrosis hepática, fatal consecuencia de sus excesos, hace crisis en su menguado organismo, que lo obliga a recluirse en el modesto hospital de la población. La manera como solicita el ingreso es apenas una muestra de su incurable cinismo: “Vengo en busca de una cama en qué tenderme y a probar que son falsas las Sagradas Escrituras, cuando dicen que el que a cuchillo mata, a cuchillo muere, porque yo moriré en mi cama”. La religiosa que lo recibió debió santiguarse medrosamente al escuchar palabras tan blasfemas y en silencio procedió a acomodarlo en un lecho, donde a los pocos días, el 13 del mismo mes, vio cumplido su vaticinio. Nada habla mejor de su espíritu conturbado, como las últimas palabras con que José Hermógenes Maza se despidió de la vida y de los hombres, dando despectivamente la espalda a quienes presenciaron la escena y luchaban por conseguir que el sacerdote lo bendijera: -“! Ahí les dejo su mundo de mierda ¡”.
Todo fue extraño en la vida del General Maza; pero quizás lo más singular fue su inconcebible conducta como padre y como esposo, que hizo de su enlace uno de esos capítulos insólitos en la historia sentimental de nuestros próceres, y el cual cerramos relatando que, el 2 de agosto de 1847, doña Manuela Conde de Maza dirigió un documento al Presidente de la República, en el cual solicita le sea trasferida la pensión de su esposo. Por impedimento físico de la madre, la petición fue firmada por su hija Cruz Maza. Como melancólica rúbrica de este escabroso relato, podemos añadir, finalmente, que el controvertido militar murió sin pagarle, al General Santander una deuda de cien pesos, como quedó consignado en el metalizado testamento del Hombre de las Leyes.
FRANCISCO JOSÉ DE CALDAS, PRECURSOR DE LA CIENCIA COLOMBIANA.- Don Francisco José de Caldas tenía, en 1810, cuarenta y dos años, meses más, meses menos. Su figura física era bastante desgarbada, no era propiamente lo que hoy se llama un “play boy”. De regular estatura y constitución que los historiadores califican de robusta, pero que al parecer, era más grasa que fibra. Rostro ligeramente alargado, con una frente ancha y mandíbula fina; su tez tendía a ser morena, apergaminada y un tanto amarillenta, porque poco era el contacto que tenía con el sol, ya que la vida del Precursor de la ciencia colombiana era la de un solitario encerrado con sus libros y experimentos. Tenía unos ojos oscuros, bordeados por ojeras muy definidas, de mirada lánguida, andar lento, con ademanes de hombre nervioso, pues tenía la manía de estar permanentemente jugando con los botones de su camisa, que con frecuencia se desprendían. Casi nunca dejaba de llevar en su boca un pequeño cigarro y distraía sus manos con un bastón delicado, que hacía girar cuando charlaba con alguien, o iba por la calle, o no estaba estrujando sus botones.
Tal es el retrato del hombre más erudito que conoció en su época el Virreinato de la Nueva Granada. Título más que merecido, pues dentro de ese ser común y corriente, de franco carácter e índole apacible, que nunca tuvo ambiciones de notoriedad ni de riqueza, se ocultaba un científico que llegó hasta donde era posible llegar en su tiempo, en el campo de las investigaciones de la Física, las Matemáticas, la Química, la Botánica, las Ciencias Naturales, la Geología, la Astronomía, etc. Payanés de nacimiento, se doctoró en Derecho en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario; no hay indicios de que hubiera ejercido esta profesión, fuera de un largo pleito que ventiló por cuestiones de bienes familiares y cuyo desenlace judicial nos es desconocido.
Su vocación era definitivamente científica: vinculado a la Expedición Botánica, la enriqueció con 6.000 plantas de nuestra flora, disecadas y estudiadas, al tiempo que cultivaba amistad y tenía permanente correspondencia con sabios como Humboldt, Bonpland y Linneo. Igualmente, y ya en el terreno nacional, se carteaba con Santiago Pérez Arroyo, Antonio Arboleda y otros hombres eruditos de la Nueva Granada, lo mismo que con el padre Eloy Valenzuela, médico y botánico, con quien sostuvo polémicas interesantes sobre temas científicos, que casi siempre concluían en forma virulenta por parte del clérigo.
Caldas era un hombre recursivo; dentro de las muchas dificultades que afrontaban sus investigaciones, sin contar con elementos ni aparatos, él mismo construyó algunos de ellos. Fue el descubridor de la Ley de la Hipsometría, que permite establecer las altitudes a partir del punto de ebullición del agua y de la presión atmosférica, ideando el instrumento para realizar esta operación, llamado Ipsómetro.
Como director del Observatorio Astronómico, tenía un modestísimo ingreso mensual de $400.oom, suma que muchas veces llegaba tardíamente a su bolsillo, debiendo apuntalarla y aumentarla en $200.oo más, que se ganaba como profesor de matemáticas. Sus apremios económicos eran frecuentes y muchas veces debió acudir a sus amigos y conocidos que le prestaban pequeñas sumas de dinero. Caldas, como se ve, no tenía arrestos ni vocación militar, aunque sabía manejar el “sable” a la manera santafereña, por lo cual no pudo librarse nunca de la fama de deudor moroso, que le causó no pocos sinsabores. Sus escritos se destacaban por la profundidad de las ideas, la mesura de los conceptos y la imparcialidad de sus juicios, cuando éstos se refieren a personas o a hechos, de los cuales ha sido testigo. Muchos de ellos quedaron consignados en el “Semanario”, publicación científica que dirigió por algún tiempo.
Alguna vez, acosado por la necesidad, trató de realizar empresas comerciales, pero fracasó en todos sus intentos: cuidaba mucho más sus equipos de estudio, termómetros, barómetros, brújulas, octantes de reflexión, etc., que las mercancías que quería vender en los mercados y que con frecuencia se deterioraban, porque don Francisco perdía las nociones del tiempo mirando la trayectoria de una estrella, el vuelo de un cucarrón, las características de una planta, o tomando una altura, o fijando una posición geográfica, o examinando un mineral.
Su devoción por la ciencia lo llevó a cometer el único acto incorrecto de su vida, - si así puede calificarse-, como fue el retiro de la lápida conmemorativa de los trabajos del sabio francés La Condamine, así como el péndulo que se encontraba en Tarquí, Ecuador, considerando que no estaban colocados en las condiciones deseables para su importancia, y procediendo a obsequiarlos, por su cuenta, al Observatorio Astronómico de Santafé, hasta que, en 1856, fueron devueltos por el Gobierno Colombiano.
Con semejantes características se comprende entonces por qué Caldas fue un tímido cerval para las lides románticas; quizás sus múltiples ocupaciones, unidas a su desfavorable situación económica, o la carencia de atributos seductores, que generalmente son incompatibles con el cultivo de las ciencias, fueron la causa de que este varón virtuoso por excelencia, se preocupara más por el paso de los astros es el espacio, que por el de las hijas de Eva sobre el Planeta. Él mismo lo dice: “Soy dichoso en el retiro y tengo gusto a la pureza, aspecto que admiré en Newton….”.
Esta frase es una especie de explicación de su irreductible timidez frente a las mujeres, a las que tal vez miraba como seres dignos de análisis y estudio, más que de atracción apasionada. Por eso nunca frecuentó reuniones sociales, ni fiestas, ni tuvo amistades que no fueran las de personas que por su veneración científica o política, pudieran ofrecerle una oportunidad de satisfacer su insaciable sed de conocimientos. Así transcurre su vida, solo, entre los muros del Observatorio Astronómico, cuya ubicación fijó con extraordinaria exactitud, en relación con los medios disponibles para hacerlo.
Matrimonio por poder.- Sin embargo, a pesar de su existencia monástica, un día sintió, como Adán en el Paraíso, la necesidad de una compañera. Pero, las circunstancias para hallarla estuvieron muy lejos de las que rodean este movimiento instintivo del hombre común y corriente. Veamos: A mediados del de agosto de 1807, su amigo, Santiago Pérez de Arroyo le cuenta que, su esposa, María Teresa Mosquera, con quien se casado recientemente, es la persona que le ayuda en la realización de sus experimentos, por cuanto Pérez de Arroyo también es persona dedicada a estudios científicos. Esto interesó profundamente a Caldas y bien pudo haber incidido en la determinación de contraer matrimonio, tal vez en la espera de hallar en “otra payanesa”, según sus palabras, una buena auxiliar de laboratorio.
Caldas meditó largamente el proyecto de casarse, pero no tuvo arrestos suficientes para insinuárselo a ninguna santafereña; en su corazón no cabían dos coordenadas y figuras geométricas, teoremas y logaritmos. Fue entonces cuando se decidió, a comienzos de 1810, a escribir a su amigo y coterráneo, con Agustín Barahona, una carta en la que le manifestaba el deseo de contraer matrimonio con “una hija de esa villa, pues prefería las jóvenes de su tierra a las extrañas”, como bien lo expresó en la misiva.
Don Agustín, ese sí hábil negociante, inmediatamente vio un risueño porvenir para sobrina Manuela, pues estimaba que esa unión sería relievada por la personalidad de don Francisco José, ya reputado como uno de los hombres más ilustres e importantes del Nuevo Reino. De ahí que no vaciló en proponérselo a la joven, quien probablemente halagada por estas mismas perspectivas y pensando en un apuesto galán, de finas maneras y de una elevada cultura, aceptó, sin muchos ruegos.
El buen tío contestó la carta, haciéndole al sabio una detallada descripción de su “sobria, hermosa y encantadora sobrina”. El solitario del Observatorio suspiró hondo y tranquilo. Veía allanado ese camino que su temperamento de corto vuelo no pudo recorrer y con el entusiasmo de un bachiller inició, por vía epistolar, las relaciones con la bella desconocida.
El primer disparo de la historia romántica de Caldas ocurrió el 6 de febrero del mismo año, y, como tímido irremediable, hizo un desborde de frases adocenadas y floridas, de párrafos melifluos y de ponderaciones a esa dama que no había visto. Y con el apresuramiento de esos espíritus recortados que temen perder una conquista, que no pudieron hacer por sus propios medios, de una vez le propuso matrimonio, diciéndole: -“Hoy mismo comienzo a purificar mi corazón delante de Dios, y a repasar los años de m vida, para obtener su gracia a la celebración de nuestra unión pura y santa. Purifique usted también el suyo y reunámonos en la inocencia y la virtud”. Como se ve, en este sentimiento no hay nada pasional, nada sombrado por los impulsos de la sensualidad y todo es casto y oloroso a nardo, en esta literatura almibarada.
En carta del 20 de febrero le dice: - “Mi amor no es una llama devoradora, cruel, que ciega, que apasiona, que embrutece; es un fuego sagrado, tranquilo, puro, casto, luminoso, que dilata el corazón sin oprimirlo”. Y más adelante añade: -“Usted me ha costado mucho, cuántas dudas, cuántos pasos, cuántos días de incertidumbre, de pena, para que usted lo sepa todo; cuántas lágrimas he derramado por usted, cuántas noches en vela….”. Doña Manuelita nunca se había desayunado con semejante cargamento de frases, con juramentos de amor tan vehementes. Su almita provinciana debió sentirse seducida por alguien que escribía cosas que nunca había leído, pero que le sonaban a música celestial.
El matrimonio se concertó, y ya, Manuelita, feliz y encantada, se llamaba a sí misma, “la astrónoma de Bogotá”, lo cual hizo mucha gracia a Caldas. En carta del 21 de abril, el novio le informó del envío de dos pañuelos para el pecho y de seis pañuelos más para las narices, al tiempo que le dice: -“Necesito, y espero que usted me mande la medida del largo de su pie, y del grueso tomado en el empeine, en unas dos tiritas de papel, para prepararle los zapatos que deben servirle para presentarse ante el Virrey y la Virreina”. Luego viene una serie de cartas en las que Caldas se disculpa por no poder viajar a Popayán al matrimonio. Le pide que se venga y que él iría a encontrarla al camino, pues sus ocupaciones y compromisos le impiden hacerlo. Como se puede ver, la ciencia sigue ocupando su tiempo, y esta vez, los terrenos de Cupido. Finalmente, y ante semejantes inconvenientes, convinieron en un matrimonio por poder, celebrado en esa ciudad, habiendo actuado como apoderado don Antonio Arboleda. Y el epílogo hizo que se mostrara al sabio en su verdadera imagen: encargó su esposa sobre medidas y se casó por poder. Cumplida la ceremonia del enlace, doña Manuela salió hacia Santafé a reunirse con su marido. Tenía la esperanza de conocerlo en el pueblo de La Plata, como se lo había prometido. No ocurrió tal, ni tampoco salió a darle la bienvenida a La Mesa, como así mismo se lo había anunciado. Total que este enlace había comenzado un poco mareado.
Una tarde estaba don Francisco en su mesa de estudio del Observatorio, lupa en mano, estudiando una planta, cuando fue interrumpido por la presencia de alguien que entraba en su refugio. Con un gesto de desagrado miró hacia la puerta y vio una agraciada jovencita que, entre ruborizada y gozosa se le acercó, diciéndole: “Yo soy Manuela Barahona”. A Caldas por poco le da un infarto ante semejante sorpresa. Se puede dejar la escena en este punto, para que el lector pueda imaginar lo que ocurrió después de tan singular encuentro. En efecto algo debió ocurrir, porque exactamente a los once meses nació Liborio, el primer hijo de la pareja. Luego vino Ignacia, pero lamentablemente ambos murieron de muy corta edad. Solamente sobrevivieron las siguientes hijas, Juliana y Ana María.
La vida de este hogar no pudo acercarse mucho a lo que llamamos felicidad; don Francisco tenía que ser forzosamente un marido aburrido, siempre absorbido por su total dedicación a sus investigaciones, al punto que sus más íntimas conversaciones giraban alrededor de las plantas, los insectos, los cucarrones, temas ácidos que no son propiamente los indicados para hacer amable la vida de una mujer. En las noches, junto al candil o la vela, el sabio llegaba a su alcoba después de largas horas de lectura, cuando ya su esposa se encontraba dormida. Se levantaba al amanecer, se iba al Observatorio, regresaba a las once a tomar su almuerzo, tornaba al trabajo, y no pocas veces la cena se enfriaba, porque la noche era clara y el hombre la aprovechaba para medir la trayectoria de un astro, observándole las manchas a la luna, o estar en medio de sus animales y plantas disecadas, en lugar de llegar al hogar con su esposa y sus hijas.
A esta existencia sosa se añadieron los acontecimientos políticos que tuvieron su origen el 20 de julio de 1810. Caldas tuvo directa participación en los hechos que culminaron con el Acta de Independencia y, una vez consolidado el nuevo gobierno, tomó partido al lado de Camilo Torres, como ferviente partidario del federalismo, en la etapa de la llamada “Patria Boba” y en los conflictos subsiguientes. Este ciclo de su vida le ocasionó no pocos sinsabores. Los bandos comandados por don Antonio Nariño y por Torres se hicieron irreconciliables. Sobrevino la guerra civil y hasta doña Manuela estuvo en la cárcel, aunque por poco tiempo. El episodio lo llevó a producir una carta violenta, en la cual tilda a Nariño de “tirano disfrazado”, según sus propias palabras. Es la expresión más hiriente y fuerte que se le conoce, en sus reacciones que siempre fueron las de un hombre tranquilo y reposado.
Por su parte, su esposa no logró amoldarse a su nueva vida. Le faltaba algo que no se encuentra en los textos de astronomía, ni en las matemáticas, ni en la física, ni en la química, ni mucho menos, en los animales disecados que su marido guardaba con más esmero, que las atenciones que a ella le prodigaba. Ella era una mujer en el total sentido de la palabra; su espíritu era expansivo y cordial, necesitaba proyectarse a través de las relaciones y amistades, y las obtuvo, pero, al parecer, por otros senderos.
Su casa empezó a ser frecuentada por jóvenes estudiantes, alegres y charlatanes; como se verá después, tuvo intimidades dentro de la misma casa que no fueron ignoradas, aunque si calladas con mansa prudencia por el sabio esposo, quien a pesar de su entrega compulsiva a la ciencia, tenía fibras muy espirituales que vibraron para rechazar y censurar la conducta de su esposa.
Los acontecimientos políticos se precipitaron: Luego de la toma de Cartagena, por Morillo, el Pacificador se disponía a marchar sobre Santafé, lo que produjo la desbandada de numerosos patriotas, algunos de los cuales, entre los que se hallaba Caldas, tomaron la ruta del sur, en lugar de irse para los Llanos Orientales que era lo indicado, pues los primeros sucumbieron en los patíbulos, casi en su totalidad, y los segundos fueron los que con Francisco de Paula Santander a la cabeza, reorganizaron las huestes de la independencia.
En su huida a Popayán y desde la Mesa, el 31 de marzo de 1816, Caldas le dirigió una carta a su esposa, en la cual le habla en los términos siguientes: “Tu conducta en mi ausencia no deja de darme motivos de inquietud, que han amargado mi corazón delicado y sensible. Es verdad que no te condeno, y si ahora te hablo con esta claridad, es para hacerte más prudente y más celosa de tu buena reputación. Te hablo más claro: yo no puedo sufrir la amistad de mozos que no han probado su conducta, y esas visitas de confianza en los últimos rincones, me son abominables”. Y más adelante agrega: “Teme menos morir, que cometer un horrible adulterio, que no te dejará sino crueles remordimientos y espantosas amarguras”. Esta carta, impregnada de la más profunda tristeza, no ofrece dudas de dolorosas realidades. Es un digno reproche y una clara condenación, expresados con una conmovedora dignidad. Y no puede dejarse oculta entre las penumbras que se tienden sobre ciertas verdades, porque estamos haciendo historia, y la historia es cruel, pero es historia.
Esta misiva puede considerarse como la auténtica “O larga y negra partida” del sabio mártir, y no como la que ha sobrevivido como una leyenda, en la cual se afirma que con la letra O, cruzada por una raya, el sabio quiso expresarla, a manera de un jeroglífico, en el muro frío de la prisión donde esperaba su muerte. Tres meses después de haber escrito esta dolorosa carta, Caldas fue tomado prisionero por los realistas, y en la tarde del 28 de octubre de 1816 le fue notificada su sentencia. . En la mañana del siguiente día, pocas horas antes de su ejecución, dictó su testamento, en el cual dice que sus bienes son tan insignificantes, que lo único que puede hacer con sus acreedores es pedirles perdón, por cuanto no puede pagar las deudas que contrajo.
El sacrificio de Francisco José de Caldas es una página oscura y vergonzosa para España. No se había fusilado a un faccioso, sino a un sabio verdadero, honra de América y la de la ciencia; hombres eminentes de muchas latitudes del mundo castigan, con los más severos conceptos, un acto de tan sanguinaria arbitrariedad. Destacamos lo que, al respecto dijo el ilustre pensados español, don Marcelino Menéndez y Pelayo. “Francisco José de Caldas, víctima nunca bastante deplorada de la ignorante ferocidad de un soldado, a quien en mala hora confió España la delicada empresa de la pacificación de sus provincias ultramarinas”.
Doña Manuela, con sus dos hijas, siguió viviendo en Santafé, y, al parecer, ni hizo mucho caso de las postreras recomendaciones de su esposo, como que en 1819, o sea cerca de tres años después de su muerte, tuvo otra hija a la cual le dio el nombre de Carlota, que hizo pasar por descendiente del sabio… No nos atrevemos a juzgar qué razones tendría para obrar así, y lo único que se puede pensar es que el nacimiento de Carlota, como el matrimonio de sus padres, fue igualmente “por poder”.
(Norberto Serrano Gómez – Manuel Menéndez Ordoñez)